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Respuesta a la alocución de Su Toda Santidad Patriarca Ecuménico Bartolomé I

Respuesta a la alocución de Su Toda Santidad Patriarca Ecuménico Bartolomé I, por el Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias.

24 de abril de 2017

Rev. Dr. Olav Fykse Tveit, Secretario General del Consejo Mundial de Iglesias

Respuesta a la alocución de Su Toda Santidad Patriarca Ecuménico Bartolomé I

Centro Ecuménico, 24 de abril de 2017

Su Toda Santidad, en primer lugar quiero expresarle nuestro agradecimiento por esta importante contribución a nuestra comprensión de lo que el llamamiento divino a la unidad significa en la actualidad. Ha demostrado claramente que el llamamiento a la iglesia a ser una es un llamamiento a buscar la verdad en el amor. El llamamiento a ser una cobra la máxima relevancia para el servicio de la iglesia en un mundo polarizado y dividido. Su Santidad describió lo que implican para nuestra vida juntos en el planeta Tierra los múltiples desafíos y sufrimientos, las injusticias y las amenazas. Su historia personal y sus reflexiones transmiten la esencia de lo que es el movimiento ecuménico en general, y de lo que los 70 años del Consejo Mundial de Iglesias le han aportado a usted y a su Iglesia.

Ha explicado lo que significa para las iglesias ortodoxas compartir esta visión y esta vocación unitaria, tal y como se describió en el Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa, en junio de 2016. Por otra parte, ha reflexionado sobre el llamamiento y el propósito básicos del Consejo Mundial de Iglesias en cuanto a las dimensiones relevantes de nuestra labor en nuestra época. Sin duda, alienta usted a todas las iglesias con sus convincentes reflexiones sobre los motivos que deben llevar a las iglesias a exhortarse las unas a las otras a ser una, a través del diálogo y el intercambio, y las razones que deben llevarlas a enfrentarse juntas, una y otra vez, a las amenazas que afectan a nuestro mundo y a la humanidad, que es una sola. Eso deben hacer para ser fieles a la verdad que hemos recibido.

Su Toda Santidad, en su liderazgo, ha dado usted muchos ejemplos de la manera en que esta fidelidad a la Tradición debe traducirse en respuestas a los desafíos de hoy y de mañana. Su propio recorrido ecuménico, tal y como usted lo describe, y su comprensión de la iglesia y de la forma en que su unidad es útil para el mundo, han servido de ejemplo para la integración de las numerosas dimensiones de nuestra vocación ecuménica. Su forma de abordar algunos de los asuntos de nuestra agenda es una gran motivación para nosotros, quienes trabajamos para el Consejo Mundial de Iglesias actualmente. También nos ha ofrecido usted ideas y perspectivas de gran valor para nuestro autoconocimiento, ahora que se acerca el septuagésimo aniversario de nuestra comunidad y de nuestra organización.

No obstante, nos ayuda de diferentes maneras a desviar nuestra atención de la preocupación por aquello que limita nuestra atención, para ponerla en aquello que es relevante para nuestra autoafirmación o nuestro interés propio, aunque pueda resultar interesante examinar lo que limita nuestra atención. Esto es sin duda lo que nos motiva y también el resultado del diálogo ecuménico. Aprendemos que hay más: más por compartir, más por aprender, más por hacer juntos. Vemos ciertamente lo que Su Toda Santidad ha aprendido y lo que tiene que enseñarnos de la sabiduría del difunto Patriarca Ecuménico Atenágoras: “Venid, mirémonos a los ojos, y veamos entonces qué tenemos que decirnos”.

Me parece que esta cita –así como la totalidad de su presentación– ilustra que el diálogo ecuménico entre las iglesias tiene para ellas una gran relevancia aún vigente. Esto se expresa también a través de su constante apoyo a la labor de “Fe y Constitución”.

También ha demostrado que, precisamente el diálogo entre las iglesias –tal y como se da en el movimiento ecuménico– representa una contribución especial, con un valor añadido, al diálogo humanitario más amplio en pos de la justicia y la paz en el mundo. La manera en que usted conecta estas dos dimensiones del diálogo y de la cooperación entre las iglesias despierta el interés de muchos de nosotros: ¿por qué nuestro diálogo teológico es también relevante para la familia humana en general?

Esa pregunta nos lleva a la esencia de los fundamentos y de la labor del Consejo Mundial de Iglesias, pero su pertinencia va mucho más allá. ¿Por qué tiene lo que hacemos en esta casa y en estas organizaciones, inspirados por el llamamiento a las iglesias a ser una, un valor añadido para la familia humana?

En cierto modo esa pregunta encuentra respuesta en el tema principal del Consejo Mundial de Iglesias en este momento. Participamos en intensos diálogos teológicos y nos implicamos en múltiples contextos donde trabajamos por la paz justa junto con iglesias locales. Al definir hoy nuestra labor como un Consejo Mundial de Iglesias como hacer “juntas una peregrinación de justicia y paz", lo que buscamos es precisamente ese tipo de apertura en el diálogo entre las iglesias, e invitamos también a “todas las personas de buena voluntad” a unirse a nosotros en nuestra peregrinación. Lo hacemos para encontrar mejor el camino para seguir avanzando, juntos, en nuestro testimonio y nuestro servicio comunes por un mundo mejor, por un futuro mejor.

Como iglesias, lo que nos guía en nuestro camino común es lo que nos ofrecen las Sagradas Escrituras interpretadas a través de la Tradición de la iglesia. Estamos convencidos de que el Espíritu Santo sigue guiando nuestro entendimiento. Su Toda Santidad destaca que la participación en el diálogo actual –y no lo contrario– puede ayudarnos a mantenernos fieles a la verdad que se nos ha dado. Esto constituye ciertamente un importante estímulo para que todas las iglesias mantengan vivo el diálogo entre ellas, especialmente cuando existen posturas distintas o divergentes.

Esto es algo más que buscar el consenso entre nosotros; es una búsqueda de la verdad de la voluntad de Dios, una búsqueda de la verdad...en el amor. Por lo tanto, esta búsqueda de la verdad es también una búsqueda de la verdad sobre la realidad –a veces tan dura y tan fea– que vivimos nosotros y los demás. Su Toda Santidad ha demostrado a través de diferentes ejemplos la forma en que esto se ha hecho y debe hacerse en la búsqueda de la verdad en lo relativo al medio ambiente, a las amenazas al acceso a agua limpia y potable, o a la verdad sobre la vida de los niños en la actualidad. Esta búsqueda conjunta de la verdad se basa en la verdad que nos ofrece el Evangelio sobre la gracia de Dios, la voluntad de Dios, el amor de Dios, aplicada a la búsqueda de la verdad en el amor por los oprimidos, los marginados, los que sufren, los pobres.

También sabe usted mucho sobre el sufrimiento de las hermanas y hermanos cristianos, y la lucha por la supervivencia de las iglesias, sobre todo en Oriente Medio. Reclamar a los Estados que asuman sus responsabilidades implica que deben detener los delitos de terrorismo. En nuestros diálogos interreligiosos, que usted apoya con firmeza, debemos exigir la rendición de cuentas ante los valores comunes del cuidado de la vida, el principio de la ciudadanía compartida y el respeto mutuo. La violencia en nombre de la religión no puede ejercerse sin violar los valores de la religión. La violencia en nombre de Dios contra aquellos que han sido creados a imagen de Dios, se convierte en violencia contra Dios. De principio a fin, debemos rendir cuentas ante Dios.

El diálogo ecuménico es una búsqueda de la verdad que, como iglesias, nos debemos las unas a las otras. Tenemos ideas sobre la verdad que debemos compartir, describir y explicar. Tenemos ideas de la verdad que compartimos mediante el diálogo porque también necesitamos ver otras expresiones y dimensiones de la verdad en los demás. Por eso debemos "mirarnos a los ojos" una y otra vez, por eso no es un mero diálogo que mantenemos puntualmente para alcanzar un consenso; sino que es nuestro modus vivendi común.

Esto requiere que el diálogo se lleve a cabo con la correspondiente actitud ecuménica de rendirnos cuentas los unos a los otros. Su Toda Santidad, usted explica detalladamente en su alocución lo que esto implica para las iglesias y por qué es necesario para ellas. Permítame mencionar algunos ejemplos:

Ofrece una reflexión muy interesante y esclarecedora sobre el proceso que llevó a la formación del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa. Recientemente hemos celebrado el quincuagésimo aniversario del Centro Ortodoxo del Patriarcado Ecuménico de Chambésy. Tuve el privilegio de invitar a Su Toda Santidad y a los demás primados de las iglesias ortodoxas a cenar en Bossey cuando se reunieron aquí en la última synaxis, en enero de 2016. En su presentación, expuso lo que significa para las iglesias formar un consejo con otras iglesias y los desafíos que esto les plantea. Describió la tensión potencial entre, por una parte, la independencia de las iglesias autocéfalas mientras buscan y definen su posición respecto a sus tradiciones y contextos; y por otro lado, la necesidad de un proceso conciliar y de una evaluación conjuntos del verdadero camino ortodoxo común para seguir avanzando.

Esta tensión está presente en todas las iglesias y en todas las familias de iglesias, y Su Toda Santidad explica por qué el enfoque conciliar es también tan importante para todas las iglesias.

Asimismo, expone por qué esta responsabilidad mutua y compartida es necesaria para el futuro de la vida en común, hoy y mañana, como seres humanos creados para vivir en comunidad en nuestro hogar común.

Ser responsable ante Dios, el Creador de todo y de todas las cosas, implica que tenemos que estar atentos a las amenazas contra nuestra vida común como humanidad y contra nuestra creación. Su Santidad merece de verdad el sobrenombre de “El Patriarca Verde”, usted ha dado a muchos líderes eclesiásticos y a muchos fieles cristianos una nueva perspectiva del llamamiento cristiano a cuidar de la Creación.

Somos mutuamente responsables, no entre nosotros, como líderes religiosos o políticos a nivel nacional o internacional, sino que somos responsables ante los más vulnerables de nosotros de una forma muy profunda. Esa es nuestra responsabilidad ante Dios, el Creador. Los niños pueden pedirnos que les rindamos cuentas –y así lo harán– por lo que hicimos para protegerles, para preservar su bienestar, por la manera en que alimentamos sus cuerpos y sus mentes, por la forma en que cubrimos sus necesidades básicas de afecto y cuidado, por lo que hicimos para cuidar el medio ambiente en que viven y vivirán. Debemos buscar la verdad sobre sus vidas y lo que las amenaza hoy, pues muchos de ellos son víctimas de la violencia, de los desplazamientos o de la guerra; pero también se están viendo reducidos a la esclavitud o se les está privando de su derecho a una educación y a una atención sanitaria adecuadas. Debemos buscar la verdad sobre la vida de los niños, incluso en el ámbito de nuestras iglesias y en las propias familias. La violencia doméstica es la forma más común de violencia contra la infancia.

Buscar la verdad en la mutua rendición de cuentas ante Dios el Creador significa también que hacemos un llamamiento para que se rindan cuentas por los acuerdos comunes para proteger nuestro planeta Tierra. El llamamiento a ser responsables y aplicar el Acuerdo de París es un ejemplo muy concreto de la forma en que la búsqueda de la verdad y las relaciones mutuamente responsables van de la mano.

Su Toda Santidad, quisiera expresarle cuánto, como teólogo y pastor luterano y como dirigente del movimiento ecuménico, me siento en deuda con usted y con su forma de asumir responsabilidades ante nuestra Tradición cristiana, que es solo una, y ante el diálogo ecuménico. Como luterano, veo especial relevancia en su llamamiento a buscar la verdad en el diálogo como una afirmación del valor y la pertinencia duraderas de lo que ahora conmemoramos como la Reforma. La Reforma fue en su origen un llamamiento a rendirnos cuentas los unos a los otros, siendo honestos con Dios, siendo responsables ante las Sagradas Escrituras y en la manera en que llevamos nuestra vida espiritual. El arrepentimiento debe producirse en la mutua rendición de cuentas, y no como una forma de eludir nuestras responsabilidades.

En su discurso, Su Santidad hace que la expresión del “pecado” sea relevante para muchos asuntos y contextos de nuestro tiempo. Con ello contribuye a esta actitud de rendición de cuentas: seamos honestos y veamos lo que hemos hecho cuando contribuimos a la violencia contra otros o contra la naturaleza. Reconozcamos que es pecado, que no responde a la voluntad de Dios. Sin embargo, la cruz no es el final. La resurrección de Cristo nos indica otro camino.

Esta forma de ser mutuamente responsables en nuestro compromiso con el diálogo nos puede llevar a la liberación y puede ayudarnos a encontrar nuevas maneras sostenibles de avanzar. El diálogo ecuménico puede servir al mundo como camino para ambos: la cruz y la resurrección. Nuestra fe común en Jesucristo es, en esencia, esperanza.

Gracias, de nuevo, Su Toda Santidad, por su inspiración para continuar nuestra peregrinación de justicia y paz como personas de fe, esperanza y amor. En su liderazgo de estos 25 años Su Santidad ha reconocido la importancia del diálogo ecuménico para las iglesias y para el mundo. Hoy le damos las gracias por haber servido como modelo de conducta a muchos dirigentes eclesiásticos, así como a los dirigentes de otros estamentos, para que ejerzan su liderazgo desde la responsabilidad y el amor. Que Dios le conceda muchos años de salud y fuerzas para continuar este ministerio entre nosotros.