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En Uruguay: destellos de esperanza para los niños a pesar de la violencia en Barrio Borro

En Uruguay: destellos de esperanza para los niños a pesar de la violencia en Barrio Borro

Miembros del personal con algunos niños asistidos por la Obra Ecuménica. ©Frederique Seidel/Consejo Mundial de Iglesias

14 de agosto de 2018

Versión en español publicada el: 16 de agosto de 2018

“¡¿Qué?! ¿Va al Barrio Borro? Disculpe, pero no puede llevarla y ningún otro taxista lo hará. Es demasiado peligroso ir allí.”

Esas fueron las reacciones que suscitó Frederique Seidel cuando dijo que tenía la intención de visitar la Obra Ecuménica Barrio Borro o el proyecto de apoyo ecuménico en dicho barrio de Montevideo, Uruguay.

Asesora especial del Consejo Mundial de Iglesias sobre los derechos del niño, el 7 de agosto, Frederique visitó una comunidad donde abundan los enfrentamientos por drogas y la desesperación. En la visita la acompañaron Lucía Barros, directora del proyecto, y su adjunta Katarina Lopetegui; Lucía, de la Iglesia Metodista en el Uruguay, es trabajadora social y Katarina, de la Iglesia Evangélica Valdense del Río de la Plata, maestra.

Tras el intenso tráfico matinal de Montevideo, Lucía conduce por una amplia avenida vacía a un lado de la cual se alinean casuchas destartaladas y calles de barro. “Esta es la línea que separa el Barrio Borro del resto de la ciudad”, explica Lucía y añade: “solo quienes viven en el ‘cantegril’ la atraviesan, pues incluso los oficiales de policía se niegan a entrar aquí porque todos los días muchas personas mueren asesinadas. Además, en esta zona hay un vertedero municipal”.

La mayoría de los habitantes se gana la vida clasificando basura para luego vender papel y plástico. El 80%  de los vecinos del Barrio Borro carece de agua corriente, saneamiento y electricidad en su vivienda.

En el Centro de la Obra Ecuménica –centro educativo para niños y adolescentes, creado hace 45 años por la Iglesia Metodista, la Iglesia Valdense y la Iglesia Alemana– se pudieron instalar baños dos años atrás. Actualmente, acoge cada día a 300 niños y adolescentes para impartirles clases y formación profesional, aconsejarles y ofrecerles talleres creativos, así como capacitación en comunicación no violenta. Lucía y Katarina trabajan con un equipo de 40 empleados y muchos voluntarios a fin de ofrecer y coordinar una amplia variedad de actividades para chicos que abandonaron el sistema educativo formal.

“La mayoría de los que vienen al centro están profundamente afectados por la violencia en su familia, otros no tienen familia y viven en bandas. Como en general no obtuvieron resultados  en el sistema educativo formal, la primera prioridad de nuestros talleres es ayudarles a volver a desarrollar el gusto por aprender y progresar”, explica Katarina.

Psicólogos, educadores, y trabajadores sociales profesionales acompañan a cada uno de ellos en su trayectoria y le ayudan a desarrollar una visión de su futuro que rompe el ciclo de la violencia y las guerras por drogas que caracterizan el barrio.

El 20% de los que asisten al centro son chicos en conflicto con la ley y otros, víctima de la trata de seres humanos.

Delante del pequeño edificio viejo con el logo de oikoumene en la entrada, niños de todas las edades juegan frente al muro pintado con palomas y otros símbolos de la paz. El  olor de galletas recién horneadas flota por todo el centro. “Es la hora de la clase de cocina, una de las numerosas formaciones profesionales que se imparten en el centro a adolescentes que desertaron de las aulas”, explica Lucía.

Franco, uno de ellos, cuenta que vende comida en un servicio de entrega a domicilio y también en eventos. “Aquí en el barrio, vivimos constantemente con miedo”, comenta.

Todos los niños tienen por lo menos un familiar que murió en algún tiroteo o está preso. “Cuando estamos en la Obra Ecuménica nos sentimos seguros y aprendemos cosas que nos pueden ayudar a encontrar un futuro mejor”, añade Franco que ha asistido al centro en los cinco últimos años.

La Obra Ecuménica también cuenta con una programa especial para chicos con discapacidad intelectual, pues en el barrio son numerosos y el porcentaje es mucho más alto que en el resto del Uruguay.

“La mayoría de los niños con esa discapacidad inscritos en los cursos de nuestro programa Paprika, nunca fueron a la escuela ni participaron en una actividad; muchos ni siquiera tienen partida de nacimiento”, señala Lucía.

Otra sección del centro se dedica a la educación ambiental. En los niños del Barrio Borro se detectó un alto nivel de envenenamiento por plomo. Juan, educador a cargo de los talleres relacionados con la protección ambiental, describe el problema: “En general, la población del Uruguay sabe muy poco sobre las formas de proteger el medio ambiente, así que hago todo lo  que puedo para enseñarle a los chicos desde temprana edad cómo se puede convertir el planeta en un lugar mejor, si todos nosotros respetamos la creación.”

Juan le enseña a los chicos a trabajar en el huerto y cultivar verduras frescas. El equipo docente también distribuye semillas a las familias y les enseñan los rudimentos de la agricultura ecológica, incluida la forma de hacer compost casero.

En medio del temor, la violencia y los asesinatos entre bandas, la Obra Ecuménica Barrio Borro es una isla de paz y esperanza para niños y adolescentes.

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