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Conferencia de los Estados Unidos para el CMI

14 de febrero de 2006

Carta de la Conferencia de los Estados Unidos para el CMI a la 9ª Asamblea

Gracia y paz a vosotros de Dios, Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Como dirigentes de comuniones de miembros del Consejo Mundial de Iglesias de los Estados Unidos saludamos a los delegados en la 9ªAsamblea con gozo y gratitud por su colaboración en el Evangelio durante los años transcurridos desde que nos encontramos por última vez en Harare. Durante estos años se han mantenido ustedes constantes en su amor hacia nosotros. Recordamos en particular cómo nos abrazaron ustedes con compasión en los días que siguieron a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, y después del Huracán Katrina, hace sólo algunos meses. Sus palabras pastorales, sus dones y sus oraciones nos sostuvieron, recordándonos que no estamos solos sino unidos en el Cuerpo de Cristo a una comunidad de profundo aliento y consuelo. También ahora nos han recibido ustedes en esta Asamblea con una rica hospitalidad. Sepan ustedes que estamos profundamente agradecidos.

Con todo, reconocemos también que somos ciudadanos de una nación que, en estos años, ha hecho mucho por poner en peligro a la familia humana y abusar de la creación. Después de los ataques terroristas, ustedes enviaron "cartas vivas" invitándonos a una solidaridad más profunda con los que sufren diariamente a causa de la violencia en todo el mundo. En cambio, nuestro país respondió tratando de recuperar un lugar privilegiado y seguro en el mundo, esparciendo terror sobre los realmente vulnerables entre nuestros vecinos mundiales. Nuestros dirigentes hicieron oídos sordos a las voces de los dirigentes de la iglesia de toda nuestra nación y del mundo, embarcándose en proyectos imperialistas encaminados a dominar y controlar en beneficio de nuestros propios intereses nacionales. Se ha demonizado a naciones y se ha incluido a Dios en programas nacionales que son realmente idolátricos. Lamentamos con angustia especial la guerra de Iraq, desencadenada con el engaño y la violación de las normas mundiales de justicia y derechos humanos. Lloramos a todos los que han muerto o han sufrido heridas en esa guerra, reconocemos con vergüenza los abusos realizados en nuestro nombre; confesamos que no hemos elevado una voz profética lo suficientemente alta y persistente para apartar a nuestros dirigentes de este camino de guerra preventiva. Señor, ten piedad.

Los ríos, los océanos, los lagos, las selvas tropicales y los humedales que nos sostienen, incluso el aire que respiramos, siguen siendo violados y el calentamiento terrestre continúa sin freno, al tiempo que permitimos que la creación de Dios avance hacia la destrucción. A pesar de ello, nuestro propio país se niega a reconocer su complicidad y rechaza los acuerdos multilaterales encaminados a la revisión de estas tendencias catastróficas. Consumimos sin reponer; nos apropiamos de recursos finitos como si fueran posesiones privadas; nuestros apetitos descontrolados devoran una parte cada vez mayor de los dones de la tierra. Confesamos que no hemos elevado una voz profética lo suficientemente alta y persistente para exigir a nuestra nación la responsabilidad mundial de la creación, reconocemos que nosotros mismos somos cómplices de una cultura de consumo que reduce la tierra. Cristo, ten piedad.

La inmensa mayoría de los pueblos de la tierra vive en una pobreza aplastante. La muerte por inanición, la pandemia del VHI/SIDA, las enfermedades curables que no se curan nos acusan, poniendo de manifiesto las nefastas características de la injusticia económica mundial que con demasiada frecuencia hemos dejado de reconocer o de afrontar. Nuestra nación disfruta de una riqueza enorme, pero, en cambio, nos aferramos a nuestras posesiones en lugar de compartirlas. No hemos incorporado la alianza de vida a la que nos llama nuestro Dios; el huracán Katrina puso ante los ojos del mundo a quienes quedan marginados en nuestra propia nación a causa de la ruptura de nuestro contrato social. En cuanto nación, nos hemos negado a afrontar el racismo que existe en nuestras propias comunidades y el racismo que infecta nuestra política en todo el mundo. Confesamos que no hemos elevado una voz profética lo suficientemente alta y persistente para exigir a nuestra nación que busque estructuras económicas justas a fin de que la repartición entre todos no signifique escasez para nadie. Frente a la pobreza de la tierra, nuestra riqueza nos condena. Señor, ten piedad.

Hermanas y hermanos de la comunidad ecuménica. Venimos a vosotros en esta Asamblea agradeciendo una hospitalidad de la que no somos dignos, un compañerismo que no nos hemos ganado, un abrazo que no merecemos. Con la esperanza que se nos promete en Cristo y agradeciendo a las personas de fe de nuestro propio país que han sostenido nuestro anhelo de paz, venimos a vosotros deseando ser copartícipes en la búsqueda de la unidad y la justicia. Desde un lugar seducido por el reclamo del imperio, venimos a vosotros en actitud de penitencia, sedientos de gracia, de una gracia suficiente para transformar a espíritus cansados de la violencia, degradación y pobreza que nuestra nación ha sembrado, una gracia suficiente para transformar los espíritus apesadumbrados por el delito, una gracia suficiente para transformar el mundo. Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad. Amén.