Abrumadas por la tristeza y la desesperación, las mujeres portadoras de la mirra fueron por la mañana muy temprano a ver la tumba de su amado Señor Jesús. Su esperanza se esfumó, pues Jesús había muerto en la Cruz y había sido enterrado.

En gran medida, nosotros sentimos esa misma desesperación hoy en día. Cuando miramos alrededor, solo vemos signos de destrucción y de muerte. El número de víctimas de las injusticias económicas y ecológicas está aumentando en todo el mundo. La pandemia ha ampliado la brecha entre ricos y pobres, entre poderosos y vulnerables. La crueldad de la guerra en Ucrania y otras partes del mundo se está cobrando miles de vidas inocentes, permitiendo todo tipo de atrocidades, destruyendo todo a su paso y multiplicando las oleadas de desplazados y refugiados. La violencia contras las mujeres, los niños, las personas mayores y aquellos que son distintos de nosotros aumenta drásticamente. Al amanecer de cada nuevo día, se tiene la impresión que la angustia, la desolación y la desesperanza imperan en todas partes.

Aun así, en medio de tantas tribulaciones y de la honda desesperación de nuestro mundo, la Iglesia sigue anunciando el mensaje de alegría y plena esperanza de la resurrección de Cristo. La voz del ángel que le habló en la tumba a las mujeres que la visitaban es el mismo para el mundo actual y lo seguirá siendo hasta el final de los tiempos. “No teman” (Mt 28:5); “No se asusten” (Mc 16:6), Jesús que fue crucificado ¡ha resucitado! ¡La vida venció y triunfó sobre la muerte!

Fortalecidos por nuestra fe y nuestra esperanza no debemos temer ni desesperarnos cuando vemos lo que sucede hoy en nuestro mundo, sino enfrentarlo con coraje. En medio de la oscuridad de nuestro mundo, al mirar la tumba vacía y escuchar la voz del ángel, descubrimos una vida de luz, alegría, amor y novedad.

La resurrección de Cristo siempre nos recuerda que en definitiva, Dios, el Dios de la vida, derrota todos los poderes del pecado y la muerte que desfiguran e intentan destruir a los seres humanos y la creación  (1 Co 15:54-55).

La resurrección de Cristo es fuente de una nueva vida que recrea y renueva todas las cosas en Él;  es fuente de sanación, integridad y renovación. Además de ser también alegría para los tristes, luz para los que viven en la oscuridad y liberación para los oprimidos, lleva al mundo a la unidad y la reconciliación.

La resurrección de Cristo es el poder de ofrecer al mundo la posibilidad y la chance de un nuevo comienzo. La muerte de nuestro Salvador nos libera. Cristo ha resucitado y la vida prevalece (2 Cor 5:17).

Este año, al preparamos para celebrar la Pascua en medio de guerras trágicas y de un mundo dividido, recordémonos los unos a los otros que el Señor Resucitado sigue permaneciendo entre nosotros hoy en día, diciéndonos como le dijo a los Apóstoles después de su Resurrección: “Que la paz sea con ustedes”. El Señor Resucitado nos concede el don de la paz y nos pide realizarlo en nuestra vida. El mayor desafió para todos nosotros es vivir esa paz, luchar por ella y no escatimar esfuerzos para que triunfe la paz del Señor que sobrepasa todo entendimiento (Fil 4:7).

¡Cristo ha resucitado!

¡Verdaderamente, ha resucitado!”

Rev. Prof. Dr. Ioan Sauca
Secretario general en funciones
Consejo Mundial de Iglesias