Y Dios vio todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno. (Génesis 1:31)

Los seres humanos somos parte integral de la buena creación de Dios y dependemos de la red de vida creada por Dios para nuestro bienestar. Como portadores de la imagen de Dios, también tenemos la responsabilidad de cuidar la creación de Dios. Sin embargo, debido al cambio climático antropogénico, estamos a punto de que se cumpla la profecía de Miqueas: "Y la tierra llegará a ser una desolación por causa de sus moradores, como fruto de sus obras" (Miqueas 7:13). Además, el amor está en el centro de nuestra creencia cristiana (1 Juan 4:16), y sabemos que, si un miembro del cuerpo mundial de Cristo sufre, todos sufren junto con él (1 Corintios 12:26). Sin embargo, las hermanas y hermanos de las comunidades pobres, vulnerables y marginadas se enfrentan a los peores impactos del cambio climático, mientras que los responsables de la crisis continúan oponiendo resistencia a las exigencias de solidaridad y justicia.

Por lo tanto, el comité ejecutivo del Consejo Mundial de Iglesias, que se reúne en Bossey (Suiza) del 12 al 17 de noviembre de 2021, expresa su decepción y consternación por el resultado inadecuado de la Conferencia sobre el Cambio Climático, COP 26. Si bien en Glasgow se lograron algunos avances importantes y nuevas iniciativas, éstas distan de ser suficientes para cerrar la brecha entre la aceleración de la emergencia climática y la falta de compromiso y acción suficientes para enfrentarla.

La ciencia del cambio climático es implacable, no se presta a la negociación y no perdona el cortoplacismo político. La evaluación más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) ha demostrado de forma aún más clara y categórica la responsabilidad que tienen los seres humanos, o, más concretamente, los países industrializados ricos en el cambio climático, y la urgencia de actuar para hacer frente a este desafío.

El tiempo que queda para hacer los importantes cambios necesarios en nuestras economías y sociedades para evitar un cambio climático catastrófico es ahora extraordinariamente corto, quizá tan sólo un ciclo político en muchas democracias. Pero el último análisis conjunto de los organismos de las Naciones Unidas para el clima y el medio ambiente muestra que, incluso con las últimas promesas y compromisos asumidos en la COP26, lejos de mantenerse dentro del límite más seguro de 1,5°C de calentamiento global, el mundo sigue en una trayectoria que podría superar sustancialmente el límite superior de 2°C, lo que traería consecuencias devastadoras para las naciones insulares de baja altitud y las comunidades de las zonas costeras y fluviales debido al gran aumento del nivel del mar, el aumento de la incidencia y la intensidad de los fenómenos meteorológicos extremos, y las consecuencias altamente imprevisibles para la biodiversidad y los ecosistemas a nivel mundial.

No obstante, el Consejo Mundial de Iglesias reconoce los desarrollos importantes alcanzados durante la COP 26, en particular:

- El aumento de la movilización mundial de los jóvenes, de los representantes de las comunidades vulnerables y marginadas, y de las iglesias y los interlocutores interreligiosos en favor de la justicia climática, a pesar de que, debido a las restricciones por la COVID-19, el acceso físico a la conferencia y a las sesiones de toma de decisiones en Glasgow fue muy restringido.

- Un compromiso de más de 120 países, que representan alrededor del 90% de los bosques del mundo, para detener y revertir la deforestación para el año 2030.

- Un compromiso de más de 100 países, encabezados por Estados Unidos y la Unión Europea, para reducir las emisiones de metano en un 30% para el año 2030.

- Un acuerdo de más de 40 países, entre los que se encuentran grandes consumidores de carbón como Polonia, Vietnam y Chile, para abandonar el carbón, uno de los mayores generadores de emisiones de CO2.

- La creación por parte de 11 países, incluyendo algunas autoridades subnacionales, de la Beyond Oil and Gas Alliance (BOGA) para fijar un plazo de finalización de la exploración y extracción nacional de petróleo y gas.

- El acuerdo de casi 500 empresas de servicios financieros mundiales para alinear 130 billones de dólares, que representan alrededor del 40% de los activos financieros del mundo, con los objetivos establecidos en el Acuerdo de París.

- La inclusión de referencias, aunque todavía no hay compromisos claros ni mecanismos efectivos, sobre pérdidas y daños, subvenciones a los combustibles fósiles, pueblos indígenas y una transición justa, y, quizás de mayor importancia geopolítica.

- El acuerdo bilateral entre Estados Unidos y China para trabajar juntos en la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero en la próxima década.

Además, mientras que el Acuerdo de París de 2015 exigía la revisión de las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC por sus siglas en inglés) cada 5 años, el resultado de Glasgow exige revisiones anuales. Dado que los recortes de emisiones prometidos en la COP26 quedaron muy por debajo de los necesarios para limitar el aumento de la temperatura a 1,5 °C, la revisión anual de estos compromisos es la condición mínima para mantener cualquier esperanza de mantenerse dentro del umbral de 1,5 °C.

Aunque el lenguaje relativo a la eliminación del carbón, el combustible fósil más sucio, se debilitó en el resultado final, la COP26 dio por primera vez una clara señal del principio del fin del carbón y otros combustibles fósiles. Sin embargo, como observó el Secretario General de la ONU, las promesas parecen vacías cuando la industria de los combustibles fósiles sigue recibiendo billones en subvenciones, cuando los países siguen construyendo centrales de carbón y cuando el carbono sigue sin tener un precio.

Las conclusiones científicas son claras: para no sobrepasar el límite de 1,5ºC, las emisiones deben reducirse en un 45% para el 2030. El carbón debe ser eliminado. Más del 40% de las 8.500 centrales de carbón existentes en el mundo tendrán que cerrar de aquí a 2030, y no podrán construirse otras nuevas. El consumo de todos los combustibles fósiles debe reducirse masivamente y hay que poner fin a las subvenciones a los combustibles fósiles. Se debe aumentar masivamente el compromiso con la producción y el consumo sostenibles, y la inversión en una transición justa hacia las energías renovables.

Una de las mayores decepciones de la COP26 es el persistente incumplimiento por parte de los países ricos de la promesa hecha en la Conferencia sobre el Cambio Climático de 2009, en Copenhague, de proporcionar 100.000 millones de dólares al año a las naciones más pobres para el 2020, para su adaptación y mitigación de los efectos del cambio climático. Los países más ricos deben cumplir sus promesas y proporcionar la financiación (en forma de subvenciones, no de préstamos) que corresponda tanto a la necesidad como a su responsabilidad histórica por las pérdidas y los daños que ya han sufrido los países más pobres y vulnerables. 

El Consejo Mundial de Iglesias lleva casi cuatro décadas abogando por la acción climática, ha participado activamente en todas las Conferencias de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y ha insistido continuamente en la necesidad de la justicia climática y de una transición justa que respete los derechos y las perspectivas de las naciones y comunidades pobres y vulnerables, de los pueblos indígenas, de las mujeres y las niñas, y de aquellos menos responsables de la emergencia climática. Entre otras innumerables declaraciones realizadas durante estas décadas, recordamos la declaración del comité ejecutivo del CMI de noviembre de 2019, en la que nos unimos a otros líderes religiosos, comunidades y organizaciones de la sociedad civil para declarar una emergencia climática, exigiendo una respuesta urgente y sin precedentes por parte de todos y a nivel local, nacional e internacional.

Esta es la última década crucial para que la acción climática evite la catástrofe que se viene anunciando desde hace tiempo. En Glasgow, nuestros líderes políticos han vuelto a postergar la adopción de las medidas que exige la emergencia climática, y han reducido la oportunidad de emprenderlas.

El comité ejecutivo del CMI pide justicia para los pobres y marginados que se enfrentan a las peores y más inmediatas consecuencias del cambio climático. Exigimos la necesaria respuesta de emergencia de todos los gobiernos, en cuyas manos están ahora no sólo los intereses de sus ciudadanos actuales, sino de todas las generaciones futuras de vida en este planeta. Pedimos que se renueve el compromiso con la realización de los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la promoción de medios de vida y comunidades sostenibles.

Reconocemos y afirmamos la acción y el liderazgo de los pueblos indígenas, los gobiernos y los pueblos de las naciones insulares de baja altitud, y otras comunidades vulnerables y marginadas en la COP26 y en muchos otros contextos. Expresamos nuestro profundo agradecimiento por las numerosas iniciativas ecuménicas e interreligiosas en favor de la justicia climática en las que el CMI y sus iglesias miembros y asociados han participado en relación con la COP26 y a través de los años.

Ahora, en este momento crucial, instamos a todas las iglesias miembros, a los asociados ecuménicos y a las comunidades cristianas a que sean líderes, y no sólo seguidores, en la realización de los cambios por los que abogamos. Recomendamos a la comunidad ecuménica mundial los recursos puestos a disposición por el Consejo Mundial de Iglesias, incluida la " Hoja de ruta para las congregaciones, las comunidades y las iglesias para una economía de vida y una justicia ecológica» y el conjunto de herramientas "Walk the Talk" («De las palabras a la acción») para inspirar y ayudar a tomar acciones prácticas y eficaces a nivel de las iglesias y las comunidades. Además, invitamos a todas las iglesias, organizaciones religiosas, familias e individuos a que se aseguren de no participar indirectamente, especialmente a través de sus bancos, inversiones en fondos de pensiones y otros acuerdos de servicios financieros, en la continuación de las industrias de combustibles fósiles que son las principales impulsoras de la crisis climática, sino que promuevan activamente la transición hacia economías energéticas sostenibles.

Seguimos exigiendo una reforma y transformación económica más amplia para apoyar el logro de los objetivos de París, en especial :  dejar de lado el PIB y promover indicadores alternativos de progreso y bienestar, la cancelación de la deuda, especialmente en el caso de las naciones que sufren impactos climáticos recurrentes e intensificados, los impuestos sobre el carbono y otras medidas para frenar las emisiones y dotar de recursos a la financiación y las reparaciones climáticas, la reasignación de los recursos que se gastan en la compra de armas a la promoción del desarrollo sostenible, la reducción de la corrupción y el robo de fondos públicos que deberían utilizarse para las respuestas al cambio climático, y el incentivo para invertir en soluciones climáticas reales como la agroecología, la reforestación comunitaria y los sistemas de energía renovable.

Hacemos un llamado a una conversión fundamental -una metanoia- en todas nuestras naciones, sociedades, iglesias y comunidades, para alejarnos del camino de explotación destructiva que nos ha llevado a este precipicio, y acercarnos a un futuro justo y sostenible.