World Council of Churches

Una comunidad mundial de iglesias que buscan la unidad, el testimonio común y el servicio

Reflexiones sobre el tema de la X Asamblea del CMI

Reflexiones de teólogos que representan a los pueblos Ao y Chang Naga, Aymara, Igorot, Maori, Maya, Mizo, Quechua, Santal y Turtle Island que se reunieron en el Yu-Shan Theological College and Seminary, Hualien, Taiwan, del 17 al 29 de septiembre de 2012

29 de septiembre de 2012

Tema de la X Asamblea del CMI: Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz

(Reflexiones de teólogos que representan a los pueblos Ao y Chang Naga, Aymara, Igorot, Maori, Maya, Mizo, Quechua, Santal y Turtle Island que se reunieron en el Yu-Shan Theological College and Seminary, Hualien, Taiwan, del 17 al 29 de septiembre de 2012)

Dualismo y triunfalismo en las tradiciones cristianas

Debido a la influencia del pensamiento griego y hebreo, muchas tradiciones cristianas han construido imágenes de Dios de manera dual y jerárquica. Como consecuencia de esto, nos imaginamos a Dios como un ser impenetrable y todopoderoso. Este dios omnisciente, todopoderoso e incomprensible está presente en todas partes, ahí arriba, más allá de las vicisitudes de la vida aquí en La Tierra. Como los gnósticos, tendemos a pensar que un Dios de Vida no puede estar relacionado con el mundo material. Dios es un ser puramente transcendental y espiritual, mientras que el mundo está creado a partir de materia, y por ello encarna el mal, el pecado, y está destinado a la destrucción. Este Dios Divino está separado del mundo terrenal caído y no entra en contacto con él. La visión cristiana tradicional de Dios como vida está basada en esta interpretación.

A pesar de que Dios es Espíritu, construimos imágenes de Dios de manera metafórica. Muchas veces, concebimos a Dios en términos de poder y perfección, como Gobernante, Señor, Rey, Todopoderoso, Padre, Maestro y Guerrero. Todas ellas son imágenes orientadas al éxito y la conquista. A pesar de que Dios es misericordioso, un Dios de amor,  protector, compasivo, consolador y libertador, que comparte nuestros sufrimientos y, por Jesucristo, nos enseñó a amarnos los unos a los otros y a ser mutuamente interdependientes, tendemos a hacer un énfasis excesivo en la imagen triunfalista de Dios. Estas imágenes del Dios de Vida han hecho del Cristianismo una religión de los gobernantes, de la élite y de los sectores dominantes de la sociedad. Para los pueblos indígenas, un Dios así es un Dios que no libera a nadie, ni siquiera a sus propios seguidores, y por ello no puede liberar a los pobres y oprimidos, a las víctimas de las distintas formas de poder, como son los pueblos indígenas, los Dalits, las mujeres, las personas con discapacidades, los que viven con el VIH, y otras comunidades discriminadas.

Los pueblos indígenas rechazan un concepto de Dios al que se considera como un monarca ajeno al mundo, que lo gobierna desde arriba imponiendo sus propias leyes divinas. Creemos que Dios pertenece a la tierra y está presente en nuestras comidas, bebidas y charlas, y se nos revela como persona. Afirmamos que la creatividad de Dios y su participación activa en este mundo no se limitan solamente al ámbito humano. Dios trabaja y vive en todo ser. Si causamos perjuicio a la Madre Tierra, causamos perjuicio a nuestro Creador y a toda la comunidad humana. Dios sufre cuando sufren sus criaturas, porque Dios es parte integrante de su Creación. Por ello, Dios trabaja activamente en el mundo para proteger a los vulnerables y a la Tierra herida.

La encarnación de Dios

Dios se hizo carne en Jesús de Nazaret para que pudiéramos hacernos uno con él, los unos con los otros, y con toda la Creación. En la encarnación, Dios no permanece remoto y abstracto con respecto al mundo. Él/Ella se hace tangible y visible en Jesús, hecho de cuerpo y sangre, arraigado en el calor y el polvo, en la rudeza de la tierra, y relacionado con los mismos. De ahí las afirmaciones de Juan “De tal manera amó Dios al mundo” (Juan 3:16) y “y el Verbo se hizo carne” (Juan 1:14). Estas son las características que definen la presencia de Dios en el mundo. Jesús no es una aparición, una figura docética o un ser gnóstico. Jesús es de carne pecaminosa, sarx, y pertenece al cosmos, al mundo. Afirmamos que el Dios de Vida es de este mundo, y por ello tiene que ser experimentado en este mundo y en esta vida.

Nuestra visión cosmocéntrica de la vida nos enseña que el Espíritu Santo está presente en cada molécula de la Creación. No hay nada en este mundo que no haya sido tocado por el Espíritu. En el Antiguo testamento, el Espíritu de Dios se compara con el ruah; el Espíritu habita toda la Creación y le da vida. La presencia del Espíritu en las piedras y en los árboles es real. El Espíritu hace que la vida sea posible, y es por obra del Espíritu que germinan, crecen y dan fruto las plantas, y que las comunidades oprimidas luchan por la justicia. En conclusión, la presencia del Espíritu le da vida y dinamismo a la Creación (en el sentido pleno de la Creación entera de Dios).

Si queremos afirmar que Dios es un Dios de Vida, tenemos que evitar ver la vida en términos de poder, prosperidad, buena salud, sanación, perfección y éxito. Medir la presencia activa de Dios en términos de poder, bendiciones, dinero, perfección y éxito es lo que se denomina “teología de la prosperidad”. Esto no es lo que nos enseña la Biblia, sino una adaptación de Dios y un truncamiento del Evangelio.

La vida en el Dios que es vida no se mide por imposición sobre las personas, sino por amor hacia las mismas, y no en lo que tenemos, sino el no que damos; no en ser perfectos, sino en ser compasivos; no en términos de éxito, sino en términos de servicio.

Dios es vida, y la vida es la tierra

A diferencia de otras grandes religiones en el mundo, las tradiciones religiosas de los pueblos indígenas  no tienen fundadores, reformadores ni guías, ni se bailan y se cantan las alabanzas del Gran Espíritu; esta es la tradición de diversos pueblos indígenas de América del Norte, de Asia y de las tradiciones mayas. En vez de esto, se canta y se baila con el devenir de las estaciones de la tierra, celebrando las expresiones y la exuberancia de la vida. Una característica distintiva de gran parte de las formas de espiritualidad indígena es la de que sus sistemas de creencias, ceremonias, rituales, fiestas y bailes son expresiones comunitarias que se centran y están arraigadas en la propia tierra. Tanto es así, que el Dios de Vida no puede ser comprendido fuera de la relación con la tierra y el espacio (los  pueblos Ao y Sangtam de Nagaland, en la India, por ejemplo, llaman al Ser Superior Lijaba. Li significa “tierra”, y jaba significa ‘verdadera’. Esto se traduce en que el Ser Superior es la “tierra verdadera”. Otras comunidades denominan al Ser Superior Lizaba. Li significa “tierra”, y zaba significa “entrar”, lo que nos da el significado de “el que entra o reside en la tierra”. De la misma manera, el pueblo Chang Naga denomina al Ser Supremo como Mühghaü. Müh significa “cielo” y ghaü significa “tierra”. Según la tradición maya de Kaqchikel “ru K’ux rubach’ ulef”, Dios está presente en la faz entera de la tierra.

Muchas comunidades indígenas creían que Dios es el que penetra en la tierra con las semillas y crece de nuevo con los cultivos. Así, las plantas que florecen y los frutos son una manifestación de la presencia del Creador. Dios no es sólo el “Dios de Vida”, sino que “Dios es Vida” porque toda la Creación es la expresión propia de Dios, de su amor y su sabiduría. “Toda la Tierra está llena de tu gloria” (Isaías 6:1-3). La Creación entera declara que Dios es Vida. Por ello, los pueblos indígenas no pueden imaginarse al “Dios de Vida” sin una conexión con la tierra; la tierra y el Dios de vida están intrínsecamente unidos.

Las teologías indígenas rechazan cualquier concepto que sustente la trascendencia y la santidad de Dios que lo alejan de la tierra. Estas imágenes de Dios se contradicen con el verdadero mensaje de las Escrituras. La Biblia afirma que Dios se hizo carne y vivió entre los pueblos de la tierra. Jesús es la encarnación de Dios. Dio su vida por la liberación de los oprimidos. Reflexionamos teológicamente porque sentimos su presencia entre nosotros, la presencia viva de este Dios en nuestras luchas.

La tierra y la paz

La paz y la justicia no son para tener una vida de prosperidad, sino para la Creación de las condiciones necesarias para que la vida humana y la Creación entera de Dios tenga la posibilidad de vivir, aquí y ahora, y más allá. La liberación de la humanidad sería en vano sin la afirmación de la integridad de la abundancia de la tierra y sus recursos. El Shalom sin la tierra no es Shalom, puesto que llevaría a la esclavitud y a la destrucción. Por ello, la tierra y sus recursos, que sustentan y alimentan a todas las criaturas y les dan una identidad y pertenencia, no son solamente una cuestión de justicia más, entre otras cuestiones que tocan el tema de la justicia, sino la base fundamental de la historia, la existencia y la identidad. Esto implica que la pobreza, la guerra, la opresión, los conflictos étnicos y los problemas de identidad no pueden ser comprendidos o resueltos sin relacionarlos con la integridad de la Creación/la tierra.

Haciendo justicia con la Creación

Las religiones indígenas se centran en la propia tierra. Sus prácticas, rituales, ceremonias, festividades y danzas están centrados en la tierra. La justicia con la Creación/la tierra se convierte entonces es una cuestión fundamental para la paz, la dignidad humana y la plenitud de la vida. Por ello, hacer justicia para con la Creación, en el sentido más amplio de toda la Creación de Dios, es el punto de partida de la teología. La dedicación y el compromiso con la armonía de la Creación /tierra crecen con el amor, el cuidado, el esmero y la aceptación. Esta prioridad metodológica de hacer justicia con la Creación en su totalidad nos incita a redefinir la perspectiva ecuménica de “Dios de vida, condúcenos a la justicia y la paz”

El testimonio del Dios de Vida está incompleto sin la lucha por la justicia, y creer en el Dios de Vida es participar en actividades de entrega de vida o acciones concretas. Esto requiere un rechazo consciente de los sistemas injustos y opresores de la sociedad, y tiene que ser una alternativa fundamental contra las estructuras sociales opresivas y a favor de las víctimas. Para que el testimonio ecuménico sea realista y revista credibilidad en nuestro tiempo, tenemos que abandonar las imágenes idealizadas de la justicia y la paz, e integrar los valores del Reino en las estructuras sociales, en un acto colectivo de resistencia a favor de la liberación de las víctimas.

Una iglesia verdadera

Los pueblos indígenas afirman que la Iglesia tiene que participar en la creación de un orden social justo y recibir la llamada a la misión de Dios; si no, no sería la Iglesia. Una iglesia que no participa en la Creación de un sistema social justo no es una iglesia verdadera, puesto que no está realizando la misión de Dios, y se convierte en un mero instrumento de las estructuras opresoras. La iglesia debería ir más allá del mensaje pasivo de paz y amor. Ser testimonio del Dios de Vida conlleva movilizar a los pueblos para la resistencia colectiva a favor de la justicia y fomentar una nueva conciencia de los derechos de las víctimas. Permanecer aislado de los movimientos de los pueblos, o disuadir a aquellos que participan en la organización de los movimientos de los pueblos por la justicia, es contrario a las enseñanzas de Jesús, que murió en la cruz. El Dios de la Biblia es un Dios libertador, y la fe en el Dios libertador conlleva la lucha contra toda forma de opresión. Una iglesia que afirma al Dios de vida participa activamente en la lucha por la abundancia de la vida. Una iglesia que no participa en esta lucha es una iglesia muerta.