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Mensaje interreligioso sobre las finanzas, la deuda y las reparaciones justas
16 de octubre de 2020

Contexto y fundamentos  

La pandemia de la COVID-19 sigue causando estragos en las vidas de muchas personas de todo el mundo y, aunque todavía es pronto para asimilar todas las repercusiones de la pandemia, es evidente que esta crisis está agravando la carga de la deuda de muchos países pobres y de ingresos medios.

Como parte de la iniciativa de la Nueva Arquitectura Financiera y Económica Internacional (NIFEA), el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), la Federación Luterana Mundial (FLM) y el Consejo para la Misión Mundial (CWM) convocaron una conferencia electrónica interreligiosa sobre las finanzas y las reparaciones justas los días 2, 12 y 16 de octubre de 2020 para dialogar y aprender de las diversas perspectivas religiosas, además de profundizar en la cooperación interreligiosa en relación con la justicia económica.

Todas nuestras tradiciones religiosas tienen la visión de un mundo justo y compasivo. Inspiradas por esta visión, nuestras diferentes tradiciones religiosas reflexionaron sobre la avaricia humana y la vida económica, así como sobre el papel del dinero y las finanzas en la sociedad. Si bien pudo haber un momento en que la deuda se encuadrase en el marco de la obligación mutua en la sociedad, con el tiempo ha pasado a hacerlo en sistemas injustos de usura que exigen intereses. Esto se ha visto exacerbado por la actual pandemia de coronavirus y el cambio climático, que se han añadido a los legados de la colonización.

Reuniendo voces bahá'ís, budistas, cristianas, hindúes, islámicas, judías y rastafaris, la conferencia electrónica interreligiosa abordó las siguientes cuestiones: ¿Qué tienen que decir nuestras perspectivas religiosas sobre el tema de la deuda y cómo afecta a la vida de las personas? ¿Cómo se puede lograr que las estructuras financieras internacionales se alineen con nuestras visiones y valores religiosos? ¿Qué tipo de propuestas podemos presentar para tomar medidas en relación con la deuda y garantizar un futuro que afirme la vida después de la COVID-19, las deudas y la expansión económica?

Este mensaje conjunto recoge reflexiones sobre las finanzas y las reparaciones justas desde las perspectivas religiosas, identifica los puntos comunes y pide que se adopten medidas urgentes para hacer frente a la crisis de la deuda y establecer estructuras financieras y económicas más justas, reparadoras y restaurativas.

Perspectivas sobre el contexto

Nosotros, los participantes en la conferencia electrónica interreligiosa sobre finanzas y reparaciones justas en el marco de la NIFEA, estamos unidos por nuestra preocupación común por nuestros hermanos y hermanas que sufren la pandemia de la COVID-19 y sus profundas consecuencias socioeconómicas. La pandemia está agravando los ya escandalosos niveles de desigualdad y agudizando la experiencia del hambre, el empobrecimiento, el desempleo, la falta de vivienda y el endeudamiento, así como las consecuencias negativas de la contaminación, el cambio climático y la degradación ambiental, para miles de millones de personas en todo el mundo, especialmente para las que están marginadas por el color de su piel, su género, su etnia o su clase social. 

La pandemia de la COVID-19 ha puesto de relieve la cuestión de la deuda soberana por razones obvias: organizar una respuesta a las crisis sanitarias y económicas interrelacionadas y garantizar una recuperación justa y sostenible requiere recursos ingentes. Muchos países del Sur global se enfrentan ahora al dilema imposible de pagar el servicio de la deuda por un lado o salvar vidas, recurrir a más préstamos y caer más profundamente en la trampa del endeudamiento por el otro. A medida que la recesión económica mundial se hace más profunda, se prevé que los impagos de la deuda se disparen.

La deuda es una cuestión de poder. A lo largo de la historia, la deuda ha sido utilizada por la élite política y económica para controlar, generar y distribuir recursos, así como para someter a las comunidades. En el entorno actual, la deuda se ha convertido en un arma que se manifiesta a través de las severas e implacables medidas de austeridad impuestas a los países endeudados por las instituciones financieras internacionales y los acreedores nacionales y privados, lo que ha dado lugar a un debilitamiento del apoyo social y de los sistemas de salud pública que ahora luchan por hacer frente a una crisis sanitaria mundial sin precedentes.

En última instancia, la deuda es una cuestión moral y espiritual. Más allá de las fronteras religiosas existe el sentimiento de que las expresiones religiosas no pueden desvincularse de los aspectos materiales, sociales y políticos que determinan en tan gran medida la vida o la muerte de las personas. Por lo tanto, es necesario que volvamos a examinar la cuestión de “quién debe a quién” y que pidamos cuentas a nuestra economía política desde las diversas perspectivas religiosas.

Perspectivas religiosas sobre la deuda y visiones de sistemas financieros y economías alternativas

Desde la perspectiva bahá'í, los dos pilares del diálogo y la compasión deberían guiar los enfoques para abordar la crisis de la deuda. Todas las instituciones y estructuras están destinadas a promover el bienestar de la humanidad en su totalidad, y no a sacrificar a la humanidad por el bien de las instituciones. A pesar de la utilidad que tuvieron en su día, la pandemia de la COVID-19 ha puesto de manifiesto la deficiencia de los sistemas que hemos estado utilizando y los supuestos que los sustentan y ofrece la oportunidad de orientar los mecanismos económicos hacia la justicia en lugar de hacia el lucro.

Las enseñanzas budistas ven el deseo (tanha) y el apego (upadana) como la base de todo el sufrimiento. El deseo es una aflicción (kilesa) basada en un sentimiento de insuficiencia nacido de la ignorancia (avijja). En el ámbito sistémico, el paradigma económico actual considera que los humanos están separados de la naturaleza y tienen dominio sobre ella. Comenzar a cambiar esta perspectiva requiere comprender el estado de suficiencia o satisfacción (santutthi), reducir el deseo (tanha), y estar satisfechos con lo que tenemos. Sin embargo, es esencial ir más allá de lo personal y reconocer que, a mayor escala, el sufrimiento es causado por la injusticia y la desigualdad. Desde una perspectiva budista, la crisis de la deuda forma parte de un sistema de sufrimiento económico que fluye desde el ámbito personal hasta el ámbito internacional. Una actividad económica que crea estilos de vida consumistas, basados en la deuda y la codicia generalizada, no puede ofrecer seguridad ni serenidad. La economía dhármica es una visión budista basada en el descubrimiento de sistemas naturales (dharma) que coexisten de forma interdependiente, a diferencia de la mayoría de los sistemas económicos modernos, que se alimentan de la codicia y la ignorancia.

Desde una posición cristiana, las organizaciones que patrocinan la iniciativa NIFEA han hecho hincapié en los llamados a la reparación, en forma de compensación tanto por las pérdidas y los costos continuos de la esclavitud y la colonización como por los costos y el impacto del cambio climático. Esto se refleja en la historia de la figura bíblica de Zaqueo, que se da cuenta de que está implicado en la explotación colonial y, al tiempo que lo confiesa, tiene intención de hacer una reparación cuadruplicada por haber obtenido beneficios injustamente (Lucas 19:1-10). A esta historia la preceden las siguientes palabras del Padrenuestro que nos enseñó Jesús: “y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todos los que nos deben” (Lucas 11:4). Las posteriores interpretaciones de este texto a lo largo de la historia y las tradiciones cristianas sirven para recordar que la dimensión espiritual del perdón de los pecados y la dimensión explícitamente material de la cancelación de las deudas monetarias son indisociables, así como para abordar los sistemas que crean las condiciones de esclavitud y servidumbre por deudas.

En relación con los principios de obligación mutua, la cosmovisión hindú considera la deuda una forma de obligación, una deuda “no dada”. Todos los humanos se rigen por la perspectiva de una triple deuda moral (Rinatraya). Se trata de una deuda con la divinidad, reinterpretada como nuestra obligación con respecto a los dioses de la naturaleza o el medio ambiente; con respecto a nuestros ancestros, reinterpretada como generaciones y linajes futuros a través de nuestros hijos y, por último, con respecto a los sabios: en otras palabras, una obligación con respecto a la transmisión y el desarrollo del conocimiento y con respecto a aquellos que lo proporcionan. Esto ofrece una alternativa a las formas modernas de deuda internacional, que son excluyentes y explotadoras. Dentro de las estructuras jerárquicas, la noción de “dar refugio” es una forma en que los poderosos se relacionan con los que tienen poco poder. El ejemplo de la naturaleza (Prakruti), que nos da refugio a todos, llevado al mundo fiscal requiere que los poderosos refugien moralmente y cuiden a otros que cuentan con menos recursos. Las enseñanzas hindúes mencionan la forma en que la sociedad debe funcionar en tiempos de crisis (Apathdharma). El énfasis principal es el sustento de la vida y los medios de vida antes que cualquier otra ley, natural o divina.

En la tradición islámica, la justicia entendida a través del término árabe Adl tiene sus raíces en el restablecimiento del equilibrio (mīzān) y la reparación (i) de las disparidades y las ventajas injustas. El Corán [Corán 2:275-279] denuncia la falsedad que confunde el comercio justo (bay, que es permitido por Dios) con la usura (ribā, que es prohibida por Dios). Aboga por la renuncia a cualquier riqueza adquirida de manera injusta mediante intereses y otras formas de prácticas usurarias manifiestas o encubiertas, incluidos los tratados comerciales y los acuerdos de negocios injustos. El Islam afirma además la caridad (adāqah), y de hecho, la magnanimidad mutua (isān), como la antítesis del interés, la usura y todas las demás formas de explotación de las estructuras comerciales, económicas, monetarias y financieras. Esas estructuras y contratos se consideran inválidos (il) en el derecho transaccional islámico (muʿāmalah) debido a la opresión sistémica inherente (ulm) de la parte desfavorecida. En la salvaguardia del bien público (malaah), incluso las estructuras aparente o formalmente legítimas están proscritas cuando generan “externalidades negativas”. Abogando por el arrepentimiento por el pecado de la usura y todas las demás formas de explotación, este versículo afirma claramente: “No oprimas y no serás oprimido”. De ahí que la tradición islámica propugne leyes transaccionales que garanticen la justicia, la magnanimidad, la transparencia, la honestidad, la reciprocidad y la equidad en todos los tratos comerciales y monetarios sin excepción, promoviendo así una economía de medios de vida adecuados para el bien común entre todos los pueblos y naciones. 

La tradición judía, basándose en la Biblia hebrea, reprende enérgicamente el cobro de intereses y advierte de las consecuencias perjudiciales de desobedecer esta prohibición (Éxodo 22:24, Levítico 25:36-37, Deuteronomio 23:20-21, Ezequiel 18:8, 18:13, 18:17, 22:12, Proverbios 28:8, Salmos 15:5). Las prácticas de Shmita (año sabático, cada séptimo año) y Yovel (jubileo, cada 50 años) destacan los mandatos divinos de liberar a los trabajadores (incluidos los animales no humanos) del trabajo, de las deudas y de la esclavitud para garantizar la equidad social en la sociedad. Además, yendo más allá, la condonación de la deuda y las reparaciones están estrechamente relacionadas, ya que los trabajadores liberados deben ser compensados por su trabajo. La tierra debe ser redistribuida, reestructurando radicalmente el sistema económico en el que la riqueza se hereda generacionalmente. Estas normas de la tradición judía que conectan el trabajo y la tierra nos proporcionan nuevas formas de interpretar los antiguos textos de las escrituras, ofrecen puntos de contacto con otras tradiciones religiosas e inspiran la acción colectiva para abordar la actual crisis económica y ecológica.

La cultura rastafari se enfoca en la necesidad de abrazar las tradiciones de nuestros antepasados africanos junto con la revisión de las narrativas pesimistas que rodean al continente africano y sus gentes. Según la visión rastafari, la descolonización y una transformación que se aleje de la lógica y los fundamentos de la supremacía blanca hegemónica son esenciales para lograr liberarnos de los actuales sistemas financieros esclavizantes. Estos últimos sistemas están anclados en instituciones neocoloniales internacionales eurocéntricas que todavía funcionan con la explotación y la servidumbre de otros. Es urgente pasar del pensamiento centrado en el capital/dinero al pensamiento centrado en el trabajo/persona para lograr una justicia reparadora.

Reconocemos que las religiones organizadas han sido atrapadas por los intereses culturales, estatales y corporativos dominantes y que han sido cómplices de la injusticia y de respaldar los sistemas de explotación y violencia, incluyendo el colonialismo y la esclavitud. Por lo tanto, reconocemos que este mensaje es un mensaje tanto para nuestras propias instituciones y sistemas religiosos como para nuestras instituciones financieras y económicas.

Transformación de la arquitectura financiera internacional a través de la descolonización

Conscientes de las profundas desigualdades e injusticias a las que se enfrenta nuestro mundo y de los valores más elevados de nuestras tradiciones religiosas y espirituales, pedimos que se reinventen las finanzas y la economía desde la perspectiva de los oprimidos por estos sistemas, de modo que las economías puedan proporcionar profundas libertades a todas nuestras comunidades y no beneficios escandalosos a unos pocos.

Nuestra reunión pone de relieve la urgente necesidad de un cambio de sistema si queremos que nuestras estructuras financieras sean justas y estén al servicio de economías que nutran la vida y proporcionen prosperidad a los más vulnerables.

Debemos reparar el daño causado por un sistema financiero internacional que ha sobrecargado a los antiguos pueblos colonizados y esclavizados con deudas y normas comerciales que favorecen injustamente a las antiguas naciones colonizadoras y esclavizadoras. Aquellos que continúan explotando y disfrutando de las ventajas intrínsecas que les ha dado una larga historia de colonización y de los privilegios que les han sido concedidos como los principales arquitectos de un sistema financiero injusto deben pagar reparaciones.

Las instituciones financieras internacionales han perpetuado la dependencia económica neocolonial mediante las onerosas condiciones y políticas que se exigen para los préstamos y las subvenciones, entre otras medidas. Mediante programas de ajuste estructural, han instado a la privatización de los servicios sociales y a que el desarrollo quede relegado al mercado. Esto ha obstaculizado el desarrollo social, la sostenibilidad ecológica, la diversificación, el empleo y, en última instancia, la independencia política de muchos países.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) parecen creer que el desarrollo económico orientado al crecimiento y a la reducción de la pobreza solo requiere un ajuste adecuado para lograr el progreso para todos. No obstante, en la práctica, estas instituciones siguen favoreciendo las condiciones para que el capital se acumule en los países que ya cuentan con más poder y entre las elites del Sur global.

La liberación de la esclavitud, de una historia de empobrecimiento y del poder del dinero y el capital requiere que se hagan reparaciones, incluyendo la revisión de las estructuras de gobernanza económica y la afirmación de la libertad de vivir, y no de la libertad de explotar. Es hora de que el FMI y el Banco Mundial, así como las naciones históricamente coloniales, comprendan sus propias responsabilidades. Es necesario poner en su lugar nuevas estructuras e instituciones que reparen la injusticia del neocolonialismo en el sistema económico actual. Para ello, es fundamental desmantelar la insostenible e injusta deuda contraída por los países menos poderosos. Nuestro sistema financiero mundial debe tener en cuenta el racismo y la historia de colonialismo que conforman los valores, las prácticas y los beneficios de este sistema.

El sistema financiero actual, basado en la maximización de los beneficios, continúa sacrificando la vida en aras de este objetivo. Por lo tanto, teniendo presente la vida en su totalidad, concebimos instituciones financieras internacionales democráticas, participativas y responsables; un alejamiento de las estructuras financieras que se basan en los principios de interés y usura en favor de economías basadas en el cuidado, la reciprocidad y la solidaridad, y el desarrollo de sistemas de reparación y restitución.

Más concretamente, nos unimos para potenciar los llamados a las instituciones financieras internacionales y a los gobiernos a:

  1. Proporcionar los medios para aliviar y liberar a los países de la carga de la deuda histórica, exacerbada por la pandemia de la COVID-19, así como promover diversas formas de estructuras de financiamiento no basadas en la deuda, sino en la reciprocidad y la equidad.
  2. Garantizar un financiamiento adecuado para los países de ingresos bajos y medios a fin de que sus gobiernos puedan hacer frente a la crisis de la COVID-19, fomentando la resiliencia y los medios de vida de las personas y las comunidades, pero también como reparación social y ecológica de las deudas históricas.
  3. Promover la reforma fiscal como medio principal de movilización de los recursos públicos. Es necesario establecer impuestos especiales para las economías acaudaladas, para los fondos de cobertura y los fondos de capital riesgo, y para las multinacionales, el comercio electrónico y las empresas digitales que se han beneficiado durante la crisis, al tiempo que se adoptan medidas para frenar la evasión y el fraude fiscal.
  4. Ampliar y conceder asignaciones de Derechos Especiales de Giro (DEG) en beneficio de los países del Sur global para financiar la respuesta a la pandemia de la COVID-19 y la recuperación de la misma. 
  5. Establecer un mecanismo de reestructuración de la deuda internacional exhaustivo, justo, transparente y oportuno para hacer frente a la insolvencia soberana. Este mecanismo debe estar facultado para auditar las deudas soberanas y cancelar las deudas odiosas e ilegítimas contraídas de manera fraudulenta o por regímenes despóticos sin consentimiento público, además de evitar el cobro de intereses usurarios, las prácticas que conlleven el reembolso en grave detrimento social y ecológico, o el financiamiento de proyectos dañinos desde el punto de vista social y ecológico.
  6. Rechazar las políticas de austeridad y, en su lugar, ofrecer sistemas y niveles básicos de protección social que garanticen unas condiciones razonables ante las consecuencias socioeconómicas de la crisis presente y futura.
  7. Renovar las instituciones financieras internacionales que desplegarían fondos en tiempos de crisis sin condiciones de ajuste estructural, cuyas acciones no estarían dominadas por grupos de ricos o grupos con intereses personales y cuyas políticas serían equitativas y responderían a las consecuencias sociales y ecológicas de las actividades financieras en diferentes niveles.

En consonancia con estos llamados, reafirmamos los elementos liberadores en nuestras diversas tradiciones religiosas, que nos llaman a establecer relaciones justas basadas en la justicia, la responsabilidad, la compasión y la solidaridad. Nos recuerdan que la economía es un medio más que un fin, que el bienestar no se puede lograr a través de la acumulación material, y que la razón de ser de todo sistema económico no debe ser el lucro, sino el sustento y el cuidado de los seres humanos y de la vida en su totalidad. En solidaridad con los demás, abogamos por una visión compartida de un mundo en el que la vida en su totalidad pueda florecer en libertad, plenitud y paz, liberada de una deuda injusta.