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Declaración sobre el papel de las iglesias en el contexto de la pandemia de la COVID-19: Amor, perseverancia, esperanza y valentía

Declaración sobre el papel de las iglesias en el contexto de la pandemia COVID-19: amor, firmeza, esperanza y coraje por el Comité Ejecutivo del Consejo Mundial de Iglesias, video conferencia, 1-3 de junio de 2020

03 de junio de 2020

3 de junio de 2020

Consejo Mundial de Iglesias
Comité Ejecutivo
Videoconferencia
1-3 de junio de 2020
Doc. N.º 04 rev

 

Y cuando hayan padecido por un poco de tiempo, el Dios de toda gracia, quien los ha llamado a su eterna gloria en Cristo Jesús, él mismo los restaurará, los afirmará, los fortalecerá y los establecerá. (1 Pedro 5:10 RVA-2015)

No temas, porque yo estoy contigo,

No tengas miedo, porque yo soy tu Dios.

Te fortaleceré, y también te ayudaré.

También te sustentaré con la diestra de mi justicia.(Isaías 41:10 RVA-2015)

Los impactos de la pandemia de la COVID-19 (directos e indirectos) son graves, globales y sin precedentes. En apenas cinco meses, el virus se ha extendido por todo el mundo llegando a 216 naciones y territorios, lo que ha dado lugar, sin duda, a muchos más de los 6 millones de casos de infección confirmados oficialmente hasta la fecha y a la muerte de más de

379 000 personas, incluidos muchos trabajadores de la salud y otros trabajadores de primera línea.

Los sistemas de salud pública de los países más afectados se han visto sometidos a una gran presión, el acceso a los servicios de salud esenciales para muchas otras afecciones se ha visto limitado y la interrupción de los servicios de inmunización sistemática está poniendo a unos 80 millones de niños (tanto en los países ricos como en los pobres) en peligro de contraer enfermedades como la difteria, el sarampión y la poliomielitis. Aproximadamente 1200 millones de estudiantes, el 70% de la población estudiantil mundial, han visto interrumpida su educación por el cierre de las instituciones educativas. Además, los cierres, los confinamientos y las medidas de aislamiento han ido acompañados de un aumento drástico de la incidencia de la violencia doméstica y los abusos contra las mujeres y los niños.

Las economías se han visto abocadas a la recesión, el desempleo ha alcanzado niveles sin precedentes, los medios de vida de un gran número de personas en todo el mundo están en peligro, la inseguridad alimentaria ha aumentado enormemente y la vida en los países y comunidades que ya están sumidos en la pobreza se ha vuelto aún más precaria. Si bien los servicios de agua, higiene y gestión de desechos son esenciales para prevenir la transmisión del virus, esta pandemia se está produciendo en el contexto de una crisis mundial del agua en la que miles de millones de personas de todo el mundo no tienen acceso al agua potable, a servicios de saneamiento y, en ocasiones, ni siquiera a instalaciones básicas para lavarse las manos.

Con sus repercusiones simultáneas en la salud, la educación y los ingresos, se prevé que la pandemia provoque un retroceso general en el desarrollo humano mundial y perturbe considerablemente los progresos hacia el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Entretanto, continúan sucediéndose los desastres naturales y causados por el hombre como la reciente tormenta tropical en El Salvador, la plaga de langostas en África oriental y el conflicto en Camerún, además de muchos otros problemas preexistentes que atormentan al mundo, solo que reciben menos atención y la capacidad de respuesta es menor.

La vida cotidiana de las personas y comunidades de todo el mundo se ha visto radicalmente alterada. El distanciamiento físico ha remodelado la interacción humana en muchos contextos, incluidos el culto y las celebraciones religiosas. Muchas comunidades eclesiásticas no han podido reunirse durante meses, ni siquiera durante la Cuaresma y la Pascua, los días más sagrados del calendario cristiano.

Aunque, en cierto modo, la pandemia ha sido un gran factor ecualizador en lo que se refiere a su alcance y su impacto mundial, también está exponiendo y exacerbando las profundas divisiones, injusticias, desigualdades económicas y el racismo en nuestras sociedades. El virus no respeta fronteras, riqueza o estatus y está afectando a todas las personas directa o indirectamente. Sin embargo, es una amenaza especialmente para las personas más vulnerables: los enfermos crónicos, los ancianos, los pobres, las minorías raciales, los pueblos indígenas, los discapacitados, los migrantes y los desplazados, así como todos los que viven al margen de la sociedad.

Las iglesias y las comunidades religiosas están llamadas a acompañar a las personas y comunidades más vulnerables, así como a ser solidarias entre sí. Nuestro Señor Jesucristo nos muestra con su vida, sus enseñanzas y sus obras que la preocupación, el cuidado y la compasión atraviesan todas las fronteras y, en este momento de crisis, miedo y división, es nuestro llamado como cristianos traer esperanza y sanación para la transformación de la sociedad.

Aunque, por el momento, no podamos reunirnos en gran número para el culto, recordamos las palabras de Jesús de que “donde dos o tres están congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:20) y reconocemos que nuestro Señor también está presente y en acción en estas reuniones más pequeñas regidas por los protocolos de salud pública. En muchas ocasiones durante la historia de la Iglesia, los cristianos se han visto obligados a reunirse solo en pequeños grupos y, aún así, han logrado proclamar el evangelio y continuar practicando su fe. Así pues, nosotros también podemos seguir rindiendo culto y danto testimonio en estos tiempos.

En esta pandemia, las iglesias y sus ministerios especializados han seguido sirviendo a sus comunidades, acompañando y apoyando a los necesitados y trabajando con sus miembros y con las personas marginadas para superar los desafíos a los que se enfrentan. Hemos sido testigos de cómo se han fortalecido las asociaciones entre las iglesias de diferentes lugares del mundo ante esta crisis y cómo se esfuerzan las iglesias por apoyar a las personas que están experimentando dificultades extremas en estas circunstancias. Nos ha inspirado la creatividad con la que las iglesias han encontrado formas de rendir culto y dar testimonio incluso cuando no pueden reunirse físicamente. Hemos visto cómo han florecido y crecido los vínculos locales de comunidad y solidaridad aún cuando, en el ámbito de nuestros gobiernos y sociedades, el compromiso con la solidaridad mundial se ha debilitado e incluso ha aumentado la xenofobia.

Esta crisis y sus repercusiones se han visto agravadas por la negligencia sistémica de las estructuras de salud pública, la falta de preparación para el riesgo conocido de pandemias, la prevalencia de la codicia y el egoísmo en sistemas económicos explotadores, la aceleración de la destrucción del medio ambiente y la degradación ecológica, la falta de unidad entre las naciones para hacer frente a una amenaza común para la humanidad, el oportunismo político y los intereses a corto plazo.

Enfrentarse a la crisis mundial multidimensional desencadenada por la pandemia sobrepasa claramente las capacidades de cualquier país, sin importar cuán poderoso sea. La solidaridad y la cooperación internacionales son ahora más necesarias que nunca. Las organizaciones e instrumentos multilaterales creados para facilitar esa cooperación son esenciales para este fin. Debemos hacer uso de ellos, apoyarlos y, cuando sea necesario, reformarlos y reforzarlos, en lugar de socavarlos precisamente cuando se necesitan con mayor urgencia.

Muchos países están disminuyendo actualmente las medidas impuestas para evitar la propagación de la COVID-19. Sin embargo, está claro que no puede haber un retorno al statu quo anterior (que era, en todo caso y en muchos aspectos, insostenible, injusto e inhumano) en detrimento de las relaciones en las familias y comunidades y en la creación de Dios. Este sistema ha contribuido a crear las condiciones para que surgiera una pandemia de estas dimensiones y para que esté teniendo un costo tan alto para la humanidad.

Sin embargo, de esta época de crisis hemos aprendido que las relaciones pueden restaurarse, que pueden vislumbrarse transformaciones que antes se creían imposibles y que es posible encontrar alternativas vivificantes a la anterior normalidad injusta e insostenible. Es una oportunidad salvífica para reflexionar sobre nuestros valores fundamentales y para tratar de renovar nuestras familias, nuestras sociedades y nuestras economías de acuerdo con ellos. Debemos aprovechar esta experiencia y estas reflexiones para construir nuevos y mejores modelos para unas comunidades justas y sostenibles.

La iglesia está llamada a ser la luz del mundo y la sal de la tierra. Tanto en tiempos “normales” como en tiempos de crisis, damos testimonio del amor de Dios. Reconocemos y proclamamos que el amor de Dios es inquebrantable. Aunque la oscuridad de la incertidumbre nos rodea actualmente, nuestro Dios está con nosotros y nos tranquiliza: “No tengas miedo”.

En el conocimiento del Cristo resucitado y en la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas encontramos el valor para enfrentarnos a esta pandemia y ver más allá de ella. Seguiremos protegiéndonos y protegiendo a los demás mediante la observancia de las medidas de seguridad adecuadas, en solidaridad y responsabilidad mutuas. Continuaremos siendo la iglesia de Cristo en estos tiempos inciertos, al servicio de todos los necesitados, cuya necesidad el mundo no ve. Rechazaremos el estigma y la discriminación y abrazaremos el amor, el amor que sana. Porque, al igual que el virus, el amor no conoce límites y rompe todas las barreras.

Lamentamos que, en algunos lugares, el miedo y la incertidumbre generados por la pandemia hayan proporcionado un terreno fértil para las teorías de conspiración y las interpretaciones teológicas engañosas. Oramos para que las iglesias de todo el mundo cuenten con los recursos y la capacidad de ser mensajeras de la unidad, la confianza y la verdad como contrapunto a las voces que promueven la división, la desconfianza y los rumores infundados. Promoveremos la solidaridad y la cooperación entre las naciones. Desafiaremos a los gobiernos y autoridades que se sirven del estado de emergencia no para proteger la salud pública, sino para acallar la disidencia fundamentada y violar los derechos humanos. Proclamaremos también la continuación de una peregrinación de justicia y paz más allá de la pandemia, contemplando un futuro más equitativo y sostenible y trabajando por lograrlo.

En este tiempo de Pentecostés y en este momento crítico, invitamos a todas las iglesias miembros, a los asociados ecuménicos, a los ministerios especializados y a ACT Alianza a una relación renovada de intercambio y solidaridad activa en el espíritu de la primera comunidad cristiana, en la que “todos los que creían se reunían y tenían todas las cosas en común” (Hechos 2:44). De esta manera, podremos servir mejor a todo el pueblo de Dios en este tiempo de crisis y cambio. Que nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que nos guía en nuestro camino de vida y a través de estos tiempos difíciles, nos dote de amor, perseverancia, esperanza y valentía.

Que el Dios de esperanza los llene de todo gozo y paz en el creer, para que abunden en la esperanza por el poder del Espíritu Santo.(Romanos 15:13 RVA-2015)