“Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es inútil...” (1 Corintios 15:17)
¿Cómo podemos celebrar la Pascua en unos tiempos en que los gritos de júbilo se ven tan a menudo anegados por el llanto de la desesperación? Hay que lamentar tantas víctimas de la guerra, la injusticia económica, la violencia sexual, la opresión política, el desastre climático y la persecución religiosa. ¿Podemos celebrar de verdad la Pascua obviando todo este sufrimiento?
La Pascua es el pilar de nuestra fe como cristianos y cristianas. Es la gran fuente de esperanza en estos tiempos difíciles. Jesús inspiró enormemente a sus contemporáneos pronunciando palabras de amor y de esperanza, tocando a las personas con sus manos sanadoras, reuniendo a individuos de muy diversos horizontes en una comunidad amorosa. Podían sentir la presencia del propio Dios.
En una época de ocupación y opresión política, Jesús abrió una ventana a un mundo en el que todos los seres humanos, creados iguales por Dios, pudieran vivir con dignidad. La esperanza empezó a extenderse. Pero entonces llegó la gran decepción. Arrestaron a Jesús. Lo torturaron. Lo condenaron a muerte y él exclamó: “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?”. Era una situación de desesperación. Otro líder moral y espiritual que había sido fuente de inspiración en la historia del mundo y que, al final, había fracasado. Una esperanza más que se desvanecía, como ya ha ocurrido tantas veces y como está ocurriendo claramente ante nuestros ojos en estos días de guerras, conflictos, violencia y catástrofe climática.
Pero entonces llegó el tercer día, el acontecimiento que vivieron las mujeres ante el sepulcro de Jesús, que lo cambió todo. Cuando llegaron para llorar su pérdida, el sepulcro estaba vacío. Se encontraron con Jesús vivo. Se lo contaron a los discípulos. Y ellos, tras superar su incredulidad, difundieron la buena nueva por todo el mundo, de modo que hoy innumerables personas, muchas de ellas también en situaciones desesperadas, celebran la Pascua, la fiesta de la resurrección de Jesús, y confían en su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mateo 28:20). La muerte no tendrá la última palabra. La última palabra es vida.
La Pascua no fomenta la pacificación espiritual para sobrellevar un sufrimiento que, de otro modo, sería insoportable. La muerte y la resurrección de Jesús están indisolublemente vinculadas con su vida de amor, reconciliación y justicia. Por eso, nuestra fe pascual en la resurrección no es solo una gran fuente de esperanza, sino también una protesta contra la negación de la dignidad y la humanidad, que se manifiesta en los conflictos agresivos, la propagación del odio y el desprecio hacia grupos enteros de personas, y en pecados como el racismo, el antisemitismo, el nacionalismo o la xenofobia.
Los cristianos son personas que se sustentan en un mensaje que conduce a la vida, una vida llena de esperanza en el Cristo resucitado que venció el pecado, el sufrimiento y la muerte.
Celebremos esta Pascua como un tiempo de consuelo, sabiendo que, a pesar de todos los abismos que vivimos actualmente en el mundo, aún queda mucho por venir. Y sabiendo que no es un agujero negro hacia donde nos dirigimos, sino hacia un nuevo cielo y una nueva tierra donde todas las lágrimas serán enjugadas. Esta visión nos sigue uniendo en nuestra comunidad mundial de iglesias. Nos conecta con todas las personas de esta Tierra, que, al igual que nosotros, han sido creadas a imagen de Dios.
¡Feliz Pascua!
