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Tradición y tradiciones - presentación por Rev. Dr. Susan Durber

10 de octubre de 2009

Maestros y testigos de la Iglesia primitiva: ¿una fuente común de autoridad, recibida de formas diversas? Introducción e informe de una comoderadora

Presentación por Rev. Dr. Susan Durber

Una forma significativa de experiencia cristiana es la de rendir testimonio unos a otros y escuchar ese testimonio. Sabemos que tomamos las medidas más valientes cuando escuchamos relatos de experiencias profundas, incluso cuando resulta difícil dar testimonio de esas experiencias con palabras normales. Desde los primeros testigos hasta el día de hoy, tomamos el testimonio en la iglesia seriamente. Así pues, yo vengo como testigo, para dar testimonio de las experiencias que otros y yo hemos compartido desde que nos hemos empeñado en este proyecto. No ha sido únicamente, si algo puede serlo alguna vez, un mero ejercicio académico, sino que nos ha empeñado profunda y espiritualmente, y ha resultado ser el tipo de ecumenismo que muchos de nosotros hemos ansiado. Puede ser irritante que alguien nos cuente su propio placer en algo que no hemos compartido (como las fotografías de vacaciones o relatos de viajes). Por eso, les rogaría que vinieran conmigo cuando les cuento algo sobre nuestro viaje en este proyecto y, en particular, de mi propia experiencia como comoderadora.

Tengo que decir que quienes participaron en el proyecto, y en particular en la consulta de Cambridge, procedían de experiencias y perspectivas muy diferentes para emprender esta tarea juntos. Algunos venían dispuestos a compartir conocimientos y experiencias de escritores y textos que significaban mucho para ellos y que han configurado sus vidas intelectuales y espirituales y, lo que es aún más importante, la tradición cristiana en la que tienen el placer de habitar. Otros venían con mucho menos experiencia, y se sentían cohibidos a causa de su ignorancia e inexperiencia comparativas. Otros aún venían con toda una serie de preguntas, sospechas e incluso temores, no estando seguros de dónde les llevaría éste tipo de debate, y conscientes de lo difícil que podía ser expresar estas cosas con claridad e integridad suficientes o que fueran escuchadas. Había varias formas en que cada participante esperaba que no iba a ser una conversación fácil o cómoda. Pero, para muchos, ha resultado ser un encuentro profundamente significativo y que nos ha cambiado. Los debates llegaban a veces a lugares profundos en que la comunidad cristiana empieza a significar algo importante y en que se iba creando un sentido de unidad entre nosotros. La calidad de la escucha, la reflexión y el respeto mutuo era alta y, como podemos testificar otros y yo, ésta fue una de las experiencias más hermosas, verdaderas y esperanzadoras que hemos tenido. Esto no quiere decir que no tuviéramos momentos difíciles o debates intratables, que no combatiéramos con medios poco familiares de entender o hablar; quiere decir que ocurrió algo importante cuando nos reunimos.

En el centro de nuestros debates estaba la cuestión de la autoridad. No nos ocupábamos sólo de compartir unos con otros nuestros niveles de interés en los maestros y testigos de la iglesia primitiva, de empeñarnos en un intercambio intelectual de ideas sobre ellos o ni siquiera de manifestar unos a otros su significado espiritual para nosotros. Aunque ocurrieron también estas cosas, el campo de prueba de nuestros debates eran las cuestiones que giran en torno a la autoridad. ¿De qué modos nos hablan con voces autoritativas? Y ¿cómo se compara o relaciona su autoridad con otras formas de autoridad a las que recurrimos cuando tratamos de hablar del Evangelio? No dimos por supuesto que sabíamos ni siquiera qué significa autoridad y dedicamos algún tiempo a un atento debate y reflexión. Todos nosotros teníamos un fuerte sentido de unidad al describir la autoridad verdadera como algo enraizado en la autenticidad e integridad, y no en algo como un poder político desnudo. La verdadera autoridad no necesita forzar, sino que se manifiesta desde dentro. Compartimos juntos nuestras convicciones de que los maestros y testigos de la iglesia primitiva tienen autoridad para nosotros debido a su misma ‘primitividad’, por pertenecer a las primeras generaciones de cristianos y a las primeras que comenzaron a reunir e interpretar las Escrituras. Pero tienen también una autoridad derivada de las vidas que vivieron con integridad y santidad, en muchos casos sufriendo e incluso muriendo por su fe. Aunque no quisimos dar una imagen romántica de los primeros maestros y testigos ni borrar su realidad como seres humanos en contextos concretos, tomamos conciencia de que frecuentemente dieron testimonio en épocas y circunstancias que apenas podemos imaginar, que eran pastores y teólogos prácticos de sus tiempos, y que sus testimonios se dieron en muchos casos con sangre y lágrimas, así como con la alegría del Evangelio.

Dedicamos también tiempo a reflexionar sobre lo que significa hablar de una Tradición viva y, para muchos, fue una comprensión renovada del movimiento dinámico del Espíritu Santo, el cuál hace que lo que algunos ven simplemente como ‘el pasado’ sea parte de un proceso vivo, porque Dios trabaja tanto en el pasado como en el presente y el futuro para dar cumplimiento y esperanza. Reconocimos que la verdad no consiste en ver el pasado como perdido para nosotros o irrelevante, como tampoco en ver el presente como, por comparación, vacío de la presencia viva de Dios. Aprendimos a hablar del tiempo y la tradición de formas nuevas, enriquecidas por el lenguaje de recuerdo y esperanza del Evangelio. Y hemos compartido juntos un sentido de vivir la realidad de la comunión de los santos, en la que nos hallamos en una unidad real y vivida con los primeros testigos, que tienen una importancia específica para nosotros como nuestros padres comunes en la fe.

Permítanme ser sincera con ustedes. Provengo de una experiencia de vida en la iglesia en la que los testigos y maestros antiguos de la iglesia no siempre han sido considerados hasta ahora como una fuerza viva en mi fe. Y yo no estaría sola en esto dentro de mi iglesia, mi tradición o mi contexto cultural. Vivo en una iglesia y, más aún en una cultura, que no siempre se encuentra cómoda mirando al ‘pasado’, y para la que estas actividades son frecuentemente signo de conservadurismo e incluso de obscurantismo. Se ve con frecuencia el pasado o bien como un ’país extranjero’, un lugar ajeno y extraño que no necesitamos visitar, o quizás como una herencia de tipo bastante sentimental para nuestro entretenimiento. Me encuentro también entre quienes toman muy en serio las ideas del feminismo, para quienes el grupo denominado frecuentemente ‘los Padres’ no resulta fácilmente aceptable. Tengo colegas y amigos que no pueden ver por qué sería pertinente o útil leer a los ‘padres’ y por qué tenemos que escuchar su testimonio cuando configuramos una iglesia para la misión en el mundo de hoy. Conozco a personas que no son indiferentes a los escritores patrísticos pero se preocupan ante todo de poner a prueba sus testimonios o su significado para nosotros. Algunos dirían hoy en nuestras iglesias que fueron ‘los padres’ quienes hicieron la fe innecesariamente complicada, quienes cambiaron el mensaje sencillo de Jesús en las complejidades de la teología filosófica. Algunos han interpretado también a ‘los padres’ como aquéllos que, quizás en contraste con Jesús mismo, han hecho una iglesia en la que la mujer tiene poca o ninguna voz y en la que el poder está decididamente en manos de los hombres. Señalan, por ejemplo, los pasajes de Juan Crisóstomo en que interpreta Génesis 1 a la luz de 1 Corintios 11 para decir que sólo los hombres han sido hechos a imagen de Dios. Describen una imagen de la iglesia primitiva en la que el Evangelio original y radicalmente transformador de Jesús se cambió y en la que las poderosas fuerzas de patriarcado se reafirmaron rápidamente. Eran éstas algunas de las cuestiones con las que yo misma vine a la conferencia y algunas de las preocupaciones que traje conmigo, que a veces difícilmente me atrevía a nombrar. Pero son preocupaciones reales e importantes.

En cambio, salí de la consulta profundamente convencida de que los maestros y testigos de la Iglesia primitiva son y deberán ser honrados como nuestros padres comunes. Sigo reconociendo que todas las épocas de la historia humana son extrañas para nosotros (incluso la nuestra para ser sinceros) y ciertamente que ningún tiempo es puro. No creo que haya habido nunca ni habrá jamás dentro de la historia humana una edad de oro en la que todos los que hablan lo hagan por motivos puros y con una verdad sin compromisos. Esto vale tanto para los actuales discursos feministas como para los primeros tiempos de la Iglesia primitiva y es parte de la naturaleza humana. He aprendido a celebrar el milagro de que los santos dones de Dios pueden mediarse a través de los seres humanos y sus palabras, con todos nuestros prejuicios y complejidad. Hay un lugar adecuado para todas las críticas y sospechas a las que hemos aprendido a escuchar, pero hay también un lugar para una hermenéutica de la confianza. Y yo he aprendido que los tesoros del Espíritu Santo pueden venir a nosotros transportados en vasos de tierra o incluso agrietados. He aprendido esto de la Biblia, ciertamente, y también se puede aplicar esto a los maestros y testigos de la Iglesia primitiva, así como a la iglesia algo posterior y a la iglesia que todavía ha de llegar.

Llegué a ver durante la consulta, que el aprender lo que se llamó ‘patrística’ en una sala fría, hermosa y civilizada de la Universidad de Oxford me indujo gravemente error. Me imaginaba a cada uno de los autores que leía que se hallaba en un estudio tapizado de libros, con una ventana sobre un jardín de limoneros iluminado por hermoso sol, escribiendo palabras hermosas y elegantes durante el día y quizás disfrutando del vino por la noche, vestidos con togas limpias y teniendo los estómagos llenos. Pude aprender algo sobre los monjes del desierto y los imaginaba en cuevas tranquilas, no perturbados más que por sus sueños. Llegue a saber algo sobre el trabajo de los Concilios, pero imaginaba a los delegados sentados limpia y cortésmente como en una conferencia académica. Por supuesto, tenía que haber comprobado que era una imagen completamente falsa de la Iglesia primitiva. Aprendí también algo sobre persecución y sufrimiento, sobre martirio y política, pero en otra clase, otro día. Ahora veo lo importante que es conectar estas cosas. Y veo que lo que da tanta autoridad a los escritores y testigos de la Iglesia primitiva (incluso a los que se hallan en los lados opuestos de un argumento) es que eran personas capaces de entregarse a sí mismas a Cristo incluso hasta la muerte, y que renunciaron a sus propios espíritus, siguiendo a Cristo, para transmitir en la tradición lo que para ellos era más querido que sus propias vidas. Cuando Felicidad sufría con Perpetua, declaró su convicción y fe de que Cristo sufriría por ella como ella por él. El tiempo de los padres y las madres es un tiempo de sufrimiento, de lucha y de martirio quizás tanto como es un tiempo para formular la doctrina, y es en este poderoso testimonio de fe donde reside parte de la autoridad de ese período. Muchos de los primeros testigos cavilaban sobre su fe mientras estaban escondidos en minas o cuevas, no en estudios tapizados de libros. Y proclamaron su fe en la arena, tanto como en el púlpito. Eran ciertamente aquéllos que siguieron a Cristo, frecuentemente hasta la muerte y al camino de la cruz. Muchos de ellos estuvieron reexaminando lo que significa el ser humano ante Dios, el vivir, e incluso el morir. Se enfrentaron frecuentemente al ridículo, al conflicto y a la muerte por esta nueva fe que da la vida.

Si tengo que hablar muy personalmente como comoderadora, diré en verdad que la participación en este proyecto me ha llevado a un espacio más amplio, un espacio en el que quizás temía habitar, pero en el que encontré una amada familia ampliada, que todos compartimos. Cuando ahora me ocupo de los maestros y testigos de la Iglesia primitiva, de nuestros padres comunes, y de las cuestiones sobre la autoridad de sus escritos y enseñanzas para la fe de hoy, reconozco que deseo profundamente la auténtica tradición con la que debo seguir también forcejeando y luchando. Se relaciona tanto con el amor y la comunidad como con la verdad. Mi fe se prueba y se enriquece con la de ellos. No puedo ser yo sin ellos y no quiero dejar el espacio que habitan, aunque no vivo necesariamente en él sin incomodidad. Las preguntas con las que vine y las críticas que me inquietaban no han sido borradas por esta experiencia positiva, pero se les ha dado un nuevo contexto y nuevos asociados con quienes compartir.

El paso siguiente de este proyecto sobre Tradición y tradiciones será el de invitarnos unos a otros a entrar en nuestros propios ‘espacios’ y escuchar cuando exploramos juntos las fuentes de autoridad dentro de la historia y familia cristiana que proceden de otros lugares distintos a los de los primeros maestros y testigos. Prevemos celebrar una segunda consulta sobre estos temas. Quedo a la espera de ese viaje, esa exploración y ese descubrimiento. Ofrecemos en el informe algunas formas concretas de volver a descubrir y estudiar a los primeros maestros y testigos para que aporten algo valioso y precioso a nuestras conversaciones y encuentros ecuménicos. Nuestra oración es siempre que los cristianos juntos caminen de forma más profunda y amplia en la herencia que Dios nos da y que es una tradición viva mediante el poder del Espíritu Santo.