World Council of Churches

Una comunidad mundial de iglesias que buscan la unidad, el testimonio común y el servicio

Palabras del Patriarca Ecuménico Bartolomeo I

Palabras del Patriarca Ecuménico Bartolomeo I a la reunión plenaria de la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias

07 de octubre de 2009

Palabras del Patriarca Ecuménico Bartolomeo I
a la reunión plenaria de la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias

 

LLAMADOS A SER LA IGLESIA UNA”

(Creta, Grecia, 7 de octubre de 2009)

Con gran alegría hemos aceptado la amable invitación de la apreciada Comisión de Fe y Constitución para que nos dirigiéramos a esta auspiciosa reunión plenaria. Quisiéramos también dar la bienvenida a todos ustedes –académicos y pastores, ministros y dirigentes laicos de diversas regiones del mundo- a nuestra Academia Ortodoxa en esta isla de excepcional belleza.

El tema de la reunión plenaria es: “Llamados a ser la Iglesia Una: que sean uno solo en tu mano”. Fue en esta bendita isla de Creta donde, en junio de 2005, la Comisión de Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias revisó y finalizó la declaración sobre eclesiología que se recibió más tarde en la Novena Asamblea General del Consejo Mundial de Iglesias celebrada en Porto Alegre (febrero de 2006). Este texto constituye la culminación de un largo proceso y de una perspectiva de las iglesias miembros que maduró –a través de numerosas fases e interpretaciones- desde una época tan temprana como la de la Primera Conferencia de Fe y Constitución celebrada en Lausana en 1927, si no antes, en una ansiosa búsqueda de la unidad visible, que todos anhelamos y a la cual estamos llamados. Por lo tanto, renovemos nuestro compromiso de diálogo y unidad como un modo de reflexión y renovación. Y hagamos de nuestra reunión una piadosa ofrenda a Dios en nuestro sincero deseo de que “seamos uno” (Juan 17.21) en respuesta al mandamiento de nuestro Señor.

 

  1. La unidad como vocación

 

En este compromiso empecemos con una acción de gracias y una alabanza que nos impongan lo que, en el pensamiento y la espiritualidad ortodoxos, llamamos el método apofático. La enseñanza del método apofático se vincula a la convicción de que Dios por definición y por naturaleza está fuera de la comprensión humana; porque si pudiéramos entender a Dios, Dios no sería Dios. Esta es la enseñanza de los grandes místicos, como San Gregorio de Nyassa en el siglo IV y de San Gregorio Palamás en el siglo XIV, que destacaron la trascendencia radical así como la inmanencia relativa de Dios. Basando su teología en sólidos principios bíblicos según los cuales “nadie puede ver a Dios” (Éxodo 33.20; Juan 1.18 y 1Juan 4.12), los mencionados Padres de la Iglesia definieron a Dios como profundamente incognoscible y sin embargo conocido en forma personal; como invisible y sin embargo accesible; como distante y sin embargo intensamente presente; el infinito e incomprensible Dios, que intima con el mundo y se encarna en él. La incognoscibilidad y la inaccesibilidad de Dios finalmente nos obligan a tener un espíritu de humildad y de adoración.

Si partimos de la actitud apofática, podemos apreciar cómo la unidad de la Iglesia, como la unidad de Dios, es también una búsqueda interminable, un viaje en permanente evolución. Incluso en la era que vendrá, como diría San Gregorio de Nyassa, el desarrollo de la vida divina es infinito y con una perfección infinita; es, en efecto, un progreso constante a través de etapas de continuo perfeccionamiento. Esta actitud nos exige un sentido de indulgencia más que de impaciencia. No debemos sentirnos frustrados por nuestras limitaciones humanas, que desafortunadamente determinan nuestros desacuerdos y divisiones. Nuestra permanente búsqueda de la unidad es un testimonio del hecho de que lo que buscamos ocurrirá en el tiempo de Dios y no en el nuestro; por la misma razón, es el fruto de la gracia celestial y del kairós divino.

 

  1. La unidad como conversión

 

Si la unidad, que tenemos como objetivo permanente, es ciertamente un don de Dios, exige de nosotros un profundo sentimiento de humildad y no una insistencia orgullosa. Esto significa que estamos llamados a aprender de los demás así como aprender de las formulaciones probadas por el tiempo. Implica también que imponer nuestras posiciones –sean “conservadoras” o “liberales”- a los demás es arrogante e hipócrita. En cambio, la humildad genuina exige de todos nosotros un sentimiento de apertura al pasado y al futuro; en otras palabras, de modo muy parecido al antiguo dios Jano, estamos llamados a manifestar respeto por las posiciones del pasado probadas por el tiempo y consideración por la ciudad celestial que buscamos (cf. Heb 13-14). Esta “vuelta” al pasado y el futuro es seguramente parte esencial de la conversión.

De modo que es fundamental que aprendamos de los primeros Padres y Madres de la Iglesia, que abracemos el pensamiento de la Iglesia primitiva empapándonos del espíritu de los clásicos cristianos. En una palabra, la teología ortodoxa se refiere a esto como “tradición”. Esto de ninguna manera significa un apego sentimental al pasado o una fascinación intelectual con la literatura patrística. Más bien, deberíamos aprender de quienes –en cada generación- mantuvieron la integridad e intensidad de la fe apostólica. La Iglesia de nuestra época debe caracterizarse por esta continuidad y coherencia con el pasado, que forma parte de la Iglesia moderna. Respecto a esto, al menos para los cristianos ortodoxos, San Basilio y San Gregorio están muy vivos, muy presentes, no solo en nuestra liturgia, sino también en nuestra doctrina y nuestra práctica.

Sin embargo, al mismo tiempo, tenemos que prestar atención al futuro, a la era que vendrá, al reino de los cielos. Para comprender esta actitud, la teología ortodoxa utiliza el término “escatología”. Sin embargo, por “escatología” no debemos entender escapismo o alejamiento del mundo. Centrarse en “el final de los tiempos” o en “las cosas finales” es una manera de ver este mundo a la luz del que viene. Una visión escatológica ofrece una salida al atolladero del provincialismo y del confesionalismo. Nos insta a “oír lo que el Espíritu dice a las iglesias” (Ap 1.10-11). Nos permite creer que la luz de Dios es más fuerte que cualquier oscuridad en este mundo y que el Alfa y la Omega está trabajando en nosotros y a través de nosotros por la salvación del mundo y por la unidad de la Iglesia. Por eso rogamos con convicción: “Ven, Señor Jesús”. Maranatha. (Ap 22.20.)

 

  1. Unidad en la misión

 

Por último, el sentido de vocación y la urgencia de la conversión nos permiten discernir los ámbitos de nuestro ministerio común y nuestra misión unida. Como comunidades por separado somos “leños frágiles”, para utilizar las palabras de nuestra conferencia sobre el pasaje bíblico del profeta Ezequiel (capítulo 37, versículos 15-28). Sin embargo, juntas podemos llegar a ser un solo pueblo con un solo Dios y no divididas unas de otras ni deshonrando el pacto del Señor. En efecto, las condiciones de este nuevo camino son evitar la idolatría (versículo 23) y hacer la paz (versículo 26). En términos modernos, es la preservación de la creación como modo adecuado de adorar al Creador y el fomento de la tolerancia y la comprensión entre las religiones y pueblos del mundo. Trabajar juntas sobre las cuestiones de la conciencia ecológica y el diálogo ecuménico es un reflejo fundamental del “pacto perpetuo” (versículos 25-26), por el cual el Dios de Ezequiel proclama: “Yo seré el Dios de ellos, y ellos serán mi pueblo … para siempre” (versículos 27-28).

Para los profetas, así como para la comunidad apostólica, la justicia y la paz están estrechamente vinculadas a la preservación y el equilibrio de la tierra como creación de Dios. Esto significa que nuestras iglesias están llamadas a un ministerio y una misión comunes, en los que se proclama y se fomenta una concepción del mundo en la que la autoridad de Dios –la autoridad del reino- orienta nuestros caminos y determina nuestros actos. No debemos olvidar nunca que este mundo es heredado; es un regalo del cielo, que se nos ofrece como un medio de comunicación con Dios.

Entonces, si tenemos que someternos a la autoridad de Dios, la autoridad del reino, debemos pues ser auténticos y proféticos al criticar el consumismo del mundo. Debemos recordar y recordar a nuestros fieles que la tierra –y toda su plenitud- pertenece al Señor (cf. Salmo 24.1), que los recursos del mundo deben orientarse hacia los demás. Debemos recordar la bienaventuranza del Señor, según la cual “los mansos recibirán la tierra por heredad” (Mt 5.5). Porque el manso es el único que cambia las actitudes del mundo respecto al poder y las posesiones; de lo contrario, la tierra se vuelve un lugar de división y violencia. En el fondo, la mansedumbre es una manera de amar, una manera de compartir y representa un contraste y la corrección de la profanación que hemos introducido en la creación de Dios.

Amados hermanos y hermanas, la unidad que buscamos es un don del cielo, que debemos perseguir con perseverancia y paciencia; no es algo que dependa exclusivamente de nosotros, sino principalmente del juicio de Dios y del kairós. Sin embargo, este don sagrado de la unidad es algo que también exige de nosotros una conversión y una reorientación radicales para que podamos volvernos humildemente a nuestras raíces comunes en la Iglesia Apostólica y la comunión de los santos, pero también para que podamos encomendarnos y someternos al reino celestial y la autoridad de Dios. Sin embargo, por último la unidad nos obliga a cumplir un propósito común en esta era mientras esperamos la era por venir, pues nos compromete en un ministerio y una misión sagrados en la realización del Reino, como decimos en la oración del Señor “en la tierra como en el cielo”. Tal es el don sagrado que hemos heredado y tal es, también, la tarea sagrada que tenemos por delante. En consecuencia “Vayámonos en paz”1 a proclamar las buenas nuevas al mundo.

Al terminar, quiero recordar a todos los pioneros ecuménicos que sirvieron en esta Comisión con competencia y profundo compromiso en los últimos treinta años, ya sea como moderadores, directores y miembros del personal, y con quienes tuve el privilegio y la oportunidad de trabajar en tantos temas importantes, pero que ya no están con nosotros. En particular, quisiera mencionar al conocido teólogo griego Prof. Nikos Nissiotis y al profesor John Deschner, que se desempeñaron como moderadores, sin olvidar al Prof. John Meyendorff, quien sirvió en esa capacidad. También quisiera mencionar al Dr. Lukas Vischer y el Obispo William Lazareth que se desempeñaron como directores, así como al Protopresbítero Vitaly Borovoy, quien fuera director adjunto. Que el recuerdo de ellos sea eterno y que puedan seguir descansando en paz en las reparadoras manos de nuestro Dios misericordioso. Sigamos honrando su recuerdo imitando la dedicación y el celo que tuvieron.

Quiero también dar las gracias a la Dra. Mary Tanner y al Obispo David Yemba Kekumba, que se desempeñaron como moderadores, y al Dr. Günther Gassmann, al Dr. Alan Falconer y al Dr. Thomas Best, que se desempeñaron como directores, por sus inmensas contribuciones a la Comisión.

No quiero olvidar tampoco a quienes durante varios años sirvieron a la Comisión en calidad de miembros del personal procedentes de nuestra iglesia, el Patriarcado Ecuménico, a saber S. E. el Metropolitano Prof. John de Pérgamo, miembro de la Academia de Atenas, y S. E. el Metropolitano Prof. Dr. Gennadios de Sasima, quien durante diez años se desempeñó como miembro del personal, más tarde me reemplazó como vicemoderador y después se desempeñó como moderador. Quiero darles las gracias a ambos y felicitarlos por su dedicado servicio a la Comisión.

 

Que la gracia, la paz y el amor de Dios estén con todos ustedes.


1  De la Divina Liturgia de San Juan Crisóstomo