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Meditación sobre la paz por el Arzobispo Prof. Dr. Anastasios

Sermón pronunciado en la oración matutina del Comité Central del CMI el 16 de febrero de 2011 en Ginebra Sermón por el Arzobispo Prof. Dr. Anastasios

16 de febrero de 2011

Reunión del Comité Central del CMI, 16 - 22 de febrero de 2011

Sermón pronunciado en la oración matutina del Comité Central del CMI el 16 de febrero de 2011 en Ginebra
Sermón por el Arzobispo Prof. Dr. Anastasios

La violencia más trágica hoy es el uso incorrecto del término paz por parte de las personas que realmente no creen en ella. No obstante, el anhelo humano de una coexistencia pacífica en todo el mundo sigue siendo permanente. La Iglesia siempre ha proclamado “¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz!” (Lc 2:14) y orado “por la paz de todo el mundo…”. Mientras los medios de comunicación de masas proyectan los dramáticos acontecimientos públicos, la paz se debilita y destruye en nuestras comunidades, nuestras familias y dentro de nuestros corazones de diferentes maneras insospechadas. Estas últimas con frecuencia no hacen mucho ruido, sin embargo, envenenan cual cáncer dentro del cuerpo.

Ya que nosotros los cristianos seguimos desempeñando un papel destacado en los acontecimientos locales y mundiales, debemos estudiar, una y otra vez, los principios cristianos de la paz y fortalecer nuestra voluntad en la lucha por la paz. Meditemos sobre algunas de esas verdades básicas en este primer día de nuestro Comité Central.

1. La paz es un don de Dios. Cristo “es nuestra paz”. La paz no es algo que un ser humano pueda adquirir solo por medio de sus propios poderes. Sigue siendo un don divino. La Realidad Suprema, el Creador y Sustentador del universo, se revela en la Biblia como el “Dios de paz” (Ro 15:33, Flp 4:9, Heb 13:20). Es un don que, para ser dado, todas las personas deben desear recibirlo.

La revelación divina alcanza su realización con la encarnación de la palabra de Dios. En la persona de Cristo se hace realidad la profecía de Isaías sobre el “Príncipe de paz” (9:6) como “siervo sufriente” (53:5). En su nacimiento se definen las consecuencias fundamentales de su misión: gloria y paz.

“Gloria a Dios… y en la tierra paz” (Lucas 2:14). No es un simple deseo sino una promesa esencial que está relacionada con la salvación de toda la humanidad. En la vida de Cristo, que ha culminado en la cruz y la Resurrección, la multifacética paz que ofrece al mundo ha sido revelada.

“La paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14:27), aseguró a sus discípulos antes de la Pasión. Y después de su Resurrección enfatiza: “¡Paz a vosotros!”, una paz arraigada en su victoria sobre la muerte.

“Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20:19-22). Al recibir el Espíritu Santo, adquieren un nuevo poder con el que vencer el pecado, la amenaza constante para la paz en la vida de la humanidad. Como eterno vencedor de nuestra reconciliación con Dios, Cristo es “nuestra paz” (Ef 2:14; véase Col 1:18-20) a nivel personal, comunitario y universal. Su paz es multidimensional, holística, santificadora, escatológica.

2. La primacía de la paz interior. La paz comienza desde dentro, en las profundidades de la existencia humana. Está relacionada con la humildad, el perdón, la ausencia de odio, de resentimiento, de celos, y la resistencia ante el sufrimiento. Prospera en constante comunión con el Dios trino. El significado cristiano de la paz interior es más profundo y amplio que la impasibilidad de los estoicos o la nirvana de los budistas. No está relacionada con la apatía por lo que ocurre a nuestro alrededor.

Manteniendo nuestra paz interna, seremos capaces de vivir en paz con otros. “Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro 12:18). San Serafín de Sarov (+1833), vinculando la paz interior a su irradiación benévola más amplia, dijo: “Adquiere el espíritu de la paz y mil almas de tu alrededor se salvarán”.

3. Colaboradores de las actividades pacíficas de Dios. Aquellos que han sido bendecidos con la paz interior tienen asimismo la responsabilidad de convertirse en promotores de la paz. No podemos permanecer indiferentes a las tensiones y los conflictos que tienen lugar a nuestro alrededor, en nuestras familias, comunidades, sociedades. Debemos contribuir a superar los malentendidos y las tensiones, trabajar por la reconciliación de personas y grupos con nuestras sabias palabras, nuestro silencio meditado, nuestra presencia pacífica. Lo que caracteriza verdaderamente a un cristiano es ser, en toda situación, un pacificador. El Señor le prometió la mayor recompensa: “Bienaventurados los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios” (Mt 5:9).

4. La relación de la paz y la justicia. Desde sus inicios, el pensamiento cristiano identificó la paz con la justicia, con la rectitud. “La justicia y la paz se besaron (según otras traducciones de la Biblia: se besarán)” (Sal 85:10). Un anhelo sincero de paz a nivel local y mundial significa un verdadero deseo y lucha por la justicia. Un mundo injusto no puede ser pacífico. Hoy, la paz y la justicia también han adoptado otro nombre: desarrollo. Y todos nosotros, todas las iglesias pueden y deben contribuir al desarrollo de las zonas más pobres. La pobreza sigue siendo el peor tipo de violencia. Cuando las personas, cerca o lejos de nosotros, se ven privadas de las necesidades básicas para su supervivencia, no es extraño que tomen otras direcciones y adopten creencias religiosas extremistas sobre el significado de la vida y la muerte.

5. El amor como base de la coexistencia pacífica. La experiencia cristiana, en particular, es categórica en lo que respecta a que la fuerza que verdaderamente se opone a la paz es el egoísmo; egocentrismo que se manifiesta a nivel personal, comunitario o nacional. El único antídoto eficaz contra el egoísmo es el amor. El poder del amor que conquista el amor del poder, que a menudo destruye la paz. Amor con dinamismo y aplicaciones prácticas como se pone de manifiesto en la parábola del buen samaritano. El amor, el gozo, la paz están unidos como el fruto del Espíritu Santo (Gl 5:22). “… vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros” (2 Co 13:11).

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En el siglo XXI, se hace cada vez más evidente que la paz mundial no prevalecerá sin paz entre las religiones. Esta realidad fue más obvia a raíz del 11 de septiembre de 2001 y los posteriores conflictos que siguen afectando a millones de personas en la última década. El tema es muy complejo y, por supuesto, no abogamos por ningún tipo de sincretismo. El verdadero respeto por la libertad religiosa de cada persona, por su dignidad humana sigue siendo la base sólida de una coexistencia pacífica. El diálogo interreligioso que el CMI inició hace cuarenta años supone también un desafío crucial. Hay elementos importantes e inspiraciones pacíficas en los estratos doctrinales de las grandes religiones que es preciso descubrir detenidamente, utilizar y sacarles provecho para la paz mundial.

La búsqueda común de la paz mundial puede contribuir más que nada a la coexistencia pacífica de las comunidades religiosas. “Quien busca la paz, busca a Cristo, porque él es la paz” (Hom. en Sal 33), declaró san Basilio el Magno (+379), el renombrado “profesor ecuménico” de la Iglesia indivisa. Visto desde esa perspectiva, uno podría distinguir a las personas que buscan encarecidamente la paz, no solo compañeros de peregrinación, sino personas que buscan con ansia, al final, la fuente de la paz. En otra ocasión, San Basilio afirmó: “No es posible persuadirme de que sin… estar en paz con todos merezco ser llamado siervo de Jesucristo” (Ep. 203,1). Incluso con quienes tienen opiniones o creencias diferentes a las mías.

Por último: Que “la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento” (Flp 4:7), guarde nuestros corazones y nuestras mentes en Cristo Jesús. Que la lucha por la paz, intensa en nosotros, para construir comunidades de hombres y mujeres justas y pacíficas pase a ser una de nuestras principales preocupaciones. Con la certeza de que “Dios es paz” y siempre está al lado de los promotores de la paz, inspirándoles y apoyándoles en su lucha.