World Council of Churches

Una comunidad mundial de iglesias que buscan la unidad, el testimonio común y el servicio

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Informe del Moderador

02 de septiembre de 2009

Consejo Mundial de Iglesias
COMITÉ CENTRAL
Ginebra, Suiza
26 de agosto - 2 de septiembre de 2003

En una carta reciente al redactor jefe de International Herald Tribune, un lector escribió: “Los principales problemas con que nos enfrentamos actualmente tienen su origen en la religión. La mayor parte de los problemas de terrorismo y contraterrorismo tienen su fundamento en el fanatismo religioso y en sistemas extremistas de creencias”.1 Más o menos al mismo tiempo, un miembro de mi iglesia me escribió lo siguiente: “Estamos cansados de violencia y de odio; el mundo se está dirigiendo hacia su destrucción moral y espiritual. Sólo la religión puede conducir a la humanidad hacia la paz, el amor y la reconciliación”. Aunque percepciones tan contradictorias de la religión como éstas no son nuevas en la historia de la humanidad, durante el último decenio, la expresión de esas opiniones ha aumentado de forma patente.

Dos características dominantes atraen nuestra atención:

1. La religión como fuerza transformadora y desestabilizadora

En el siglo XX, tanto el marxismo en la Unión Soviética como el secularismo en Occidente empujaron la religión hacia la periferia de la vida pública. La religión ha resurgido en nuestro tiempo como un importante agente público. Muchos pensadores predicen que el siglo XXI será “la era de la religión”. Y la religión ya ejerce una gran influencia en los asuntos del mundo. Ha llegado a ser parte integrante de nuestra vida cotidiana, repercutiendo en nuestras vidas privadas, en nuestras comunidades y en la esfera pública de nuestra sociedad, incluso en aquellos países en los que existe por tradición y constitucionalmente una clara separación entre el Estado y la religión. Hay una conciencia cada vez más clara del lugar especial que tiene la religión en la vida de los pueblos. En un mundo dominado por una cultura de muerte, las personas buscan la vida en la religión. En una sociedad desgarrada por el quebranto y la desesperanza, las personas buscan esperanza y sentido en la religión.

La relación entre religión y política es muy inestable. Para algunos, el papel político de la religión es inherente a su naturaleza y vocación. Para otros, no existe una clara separación entre religión y política. También hay quienes consideran la religión como un asunto privado. Estos enfoques y tendencias han creado confusión en casi todas las religiones. De ahí que en algunos países se explota la religión con fines políticos, y en otros se utiliza para promover falsas ideologías y perpetuar estructuras injustas.

Como reacción ante el dominio descontrolado de las culturas antropocéntricas, el reavivamiento de la religiosidad se expresa a veces mediante un conservadurismo ciego y un fundamentalismo militante, que conllevan peligros que pueden tener graves consecuencias de largo alcance. Interpretaciones estrechas y excluyentes de la religión ganan terreno en casi todas las religiones. En realidad la religión está pasando por un período de prueba. Su presencia en la vida de la sociedad es cada vez más ambigua, y es cada vez mayor la separación entre la religión como concepto y la religión como vivencia de sus seguidores. Estas imágenes y funciones contradictorias de la religión, por un lado, como fuerza moral y catalizadora de la transformación política y social y, por otro lado, como fuerza desestabilizadora, crean confusión y ambivalencia. Es necesario una evaluación crítica del entendimiento que la religión tiene de sí misma y de su vocación.

2. La pluralidad religiosa como fuente de temor y de esperanza

En muchas regiones, el papel cada vez mayor de la religión en la vida pública se acompaña de considerables cambios en el escenario religioso. Las sociedades homogéneas desde un punto de vista religioso están siendo sustituidas por sociedades plurirreligiosas. Al vivir las religiones en permanente y estrecha interacción unas con otras, la pluralidad religiosa deja de ser un problema conceptual: influye en el tejido mismo de la vida en sociedad y crea nuevos paradigmas, nuevas formas de vida, y un nuevo entendimiento de sí. También da forma a múltiples relaciones y múltiples pertenencias en nuestras instituciones, nuestras familias e incluso en nosotros mismos.

Aunque algunos temen que se caiga en el sincretismo, otros ven la pluralidad religiosa como una oportunidad de profundizar enriquecer su fe. Desde una perspectiva, la pluralidad estimula el diálogo y la interacción, fomentando, por consiguiente, el enriquecimiento y el progreso; desde la otra perspectiva, se fomenta el resurgimiento de lealtades estrechas y del fanatismo, creando de ese modo tensión y polarización. ¿Estamos entrando acaso en una era de incertidumbre, llena de miedo y de ansiedad, de contradicciones y de conflictos? ¿Estamos llegando a ser una comunidad de prójimos o de desconocidos? De hecho, la coexistencia de religiones en muchas partes del mundo ha llegado a ser poco viable. Las religiones pueden suscitar desconfianza e intolerancia, e incluso atizar conflictos étnicos o políticos si no se encuentran puntos de convergencia entre ellas que hagan posible una coexistencia armoniosa. Así pues, la colaboración interreligiosa, apoyada por un diálogo teológico serio, es un imperativo. Por otra parte, las iglesias y el Movimiento Ecuménico deben profundizar su entendimiento de la pluralidad religiosa, que configura el propio contexto en el que la iglesia está llamada a dar testimonio de Dios en Cristo

Nuestra visión ecuménica abarca toda la humanidad, incluidas las otras religiones. En nuestro Entendimiento y Visión Comunes del CMI expresamos claramente nuestro compromiso: "promover el diálogo y la cooperación con creyentes de otras religiones a fin de construir comunidades humanas viables." En Nuestra Visión Ecuménica dijimos: “Aspiramos a una cultura del diálogo y la solidaridad, a compartir la vida con los extranjeros y a buscar el encuentro con los creyentes de otras religiones”. En realidad la “coexistencia dialógica” con otras religiones está influyendo en nuestras percepciones teológicas, en nuestras relaciones y en la forma en que expresamos y vivimos nuestra fe cristiana. En mi último informe, abordé la cuestión de “ser iglesia” en un mundo globalizado, o sea las consecuencias eclesiológicas de la globalización. En este informe, trataré la cuestión de “ser iglesia” en sociedades pluralistas y su repercusión en el entendimiento eclesiológico que tiene la iglesia de sí y en su vocación misionera.


DIALOGO INTERRELIGIOSO: UNA PREOCUPACIÓN ECUMÉNICA PERMANENTE

Durante los siglos en los que la iglesia ha vivido en medio de creyentes de diferentes religiones, el diálogo con personas de otras religiones ha sido una característica permanente y una preocupación constante en la vida de la iglesia. Desde sus comienzos, el Movimiento Ecuménico moderno ha dado mucha importancia a la manera cristiana de considerar las otras tradiciones religiosas.

1. Cincuenta años de experiencia ecuménica

El primer acontecimiento importante del Movimiento Ecuménico moderno fue la Conferencia Misionera Mundial y uno de sus temas principales fue la cuestión de las otras religiones. La Conferencia Misionera siguiente (Jerusalén 1928) examinó la cuestión de la relación con otras religiones y de la forma de entenderlas. Esta Conferencia destacó el carácter único y la universalidad de Cristo e hizo un llamamiento a todas las religiones para hacer frente a las consecuencias de la secularización. Aprensivos frente al "pensamiento sincretista" de los teólogos asiáticos, los teólogos occidentales insistieron en la singularidad de la fe biblica basada en la revelación divina por medio de Jesucristo. Aunque los teólogos no occidentales recalcaron en el carácter único y revelador de Cristo como ancontecimiento, reconocieron la presencia de signos de la revelación de Dios en otras religiones.

Las asambleas de Amsterdam y Evanston del CMI continuaron el debate. En la Asamblea de Nueva Delhi, comenzó a tomar forma la cuestión del diálogo interreligioso y tras la Asamblea de Upsala se incluyó como tema separado en el programa del Consejo. El año 1969 fue un año decisivo. La reunión del Comité Central de 1969 recomendó la celebración de una consulta sobre diálogo en Ajaltoun (Líbano) en 1970. El informe de la reunión de Ajaltoun sirvió de base al Comité Central, reunido en Addis Abeba (Etiopía, 1971), para crear la nueva sección de Diálogo con las Religiones e Ideologías de nuestro Tiempo. La Asamblea de Nairobi tuvo una importancia fundamental en el debate sobre el diálogo. Allí se insistió en la necesidad de aclarar la naturaleza, el objetivo y los límites del diálogo. La Asamblea de Vancouver prestó particular atención a la teología de las religiones, que dio lugar a un difícil debate. El proyecto de estudio sobre "La fe de mi prójimo y la mía: descubrimientos teológicos mediante el diálogo interreligioso" fue un intento de ahondar en la reflexión sobre cuestiones y problemas planteados por la Asamblea de Vancouver. Las Asambleas de Canberra y Harare, y las Conferencias Mundiales de Misión y Evangelización (CMME) en San Antonio (1989) y Bahía (1996) abrieron nuevas dimensiones al debate en curso.

En 1979 el Consejo elaboró un documento titulado: "Directrices para el diálogo con creyentes de otras religiones e ideologías de nuestro tiempo". Teniendo en cuenta las nuevas realidades que afectaban a la naturaleza y el alcance del diálogo, estas directrices fueron revisadas en 2002 por este Comité Central. Es importante observar que en el último decenio el diálogo interreligioso ha cambiado en su enfoque pasando de temas académicos a problemas y temas que conciernen la vida en sociedad. Además, ha pasado a ser una preocupación a nivel de todo el Consejo. De una u otra forma, casi todos los programas del Consejo se ocupan de cuestiones o problemas que atañen al diálogo, las relaciones y la colaboración con otras religiones. Muchos consejos de iglesias regionales o nacionales y estructuras ecuménicas, han dado al diálogo un lugar importante en sus reflexiones como forma de responder a la realidad mundial en constante evolución y a la situación religiosa en la que viven, e incluso lo han incluido en su marco programático.

El diálogo interreligioso también ha pasado a ocupar un importante lugar en el pensamiento teológico y el testimonio de la Iglesia Católica Romana. Tras el Concilio Vaticano II, el diálogo ha llegado a ser parte integrante del programa oficial de esa Iglesia. El Papa Pablo VI estableció un Secretariado especial (más tarde Consejo Pontificio) para el diálogo interreligioso. Desde entonces, muchas encíclicas y proclamaciones papales han explicado con detalle la importancia específica de las relaciones y el diálogo interreligioso para la vida y la misión de la iglesia en un mundo en constante cambio. El llamamiento del Papa Juan Pablo II a los dirigentes religiosos instándolos a orar juntos por la paz en 1986 y 2002 en Asís, y otras medidas de índole interreligiosa tomadas por el Papa, han dado un nuevo impulso al acercamiento entre las religiones.

Cabe observar que, teniendo en cuenta la situación actual en el mundo, se está prestando una atención especial a las relaciones entre cristianos y musulmanes, aunque siempre han sido una preocupación del Movimiento Ecuménico. Las raíces abrahámicas comunes y la larga historia de coexistencia de cristianos y musulmanes son muy valiosas en este diálogo. Al mismo tiempo, la situación mundial produce nuevas tensiones a las que es necesario hacer frente con urgencia y determinación.

Si examinamos de cerca los principales acontecimientos del diálogo interreligioso durante el último medio siglo sacamos inevitablemente las siguientes conclusiones: en primer lugar, el Movimiento Ecuménico siempre ha sido consciente de la necesidad de concebir una forma apropiada de hacer frente a la realidad de las tradiciones religiosas. Sin embargo, había diferencias de perspectiva y de prioridades entre las iglesias. En segundo lugar, al mismo tiempo que formulaba directrices y consideraciones ecuménicas, el Consejo ha declarado reiteradamente que no puede ofrecer una teología del diálogo, ni dar una orientación global para el diálogo con creyentes de otras religiones. En tercer lugar, el diálogo ha sido causa de controversias en y entre las iglesias. Algunas han manifestado cierto recelo en cuanto a los objetivos del diálogo y otras han planteado preguntas en relación con la validez de otras religiones. El diálogo sigue siendo la dimensión más compleja y controvertida del Movimiento Ecuménico.

2. Perspectivas "communes" sobre el diálogo

Durante los últimos cincuenta años hemos examinado con otras religiones la base, la naturaleza y la finalidad del diálogo. Hemos formulado declaraciones y directrices. ¿Cuáles son las perspectivas y experiencias comunes que hemos adquirido? y ¿ cuáles son las nuevas realidades y los nuevos desafíos?

a) El diálogo es una búsqueda de la verdad. Todas las religiones son, en cierto sentido, portadoras de verdad, aunque en formas diferentes, y cada religión tiene sus propias perspectivas y afirmaciones en relación con la verdad. El diálogo da a una religión la percepción de que es incompleta sin la otra. Esto no significa falta de plenitud o deficiencia. El diálogo es un proceso de escuchar y aprender. Puede llevar al descubrimiento de nuevas dimensiones de la verdad. También puede interpelar a una religión para que redefina y reafirme la verdad que sostiene.

b) El diálogo no compromete la propia fe. Por el contrario, ayuda a quienes participan en él a ahondar en su experiencia de fe. Por lo tanto, el diálogo no significa evitar los problemas, sino ahondar en su examen, no para eliminar diferencias, sino para instar a los interlocutores a que aborden esas diferencias de forma holística. Esta es la base y el motor del diálogo En el respeto de la integridad, las afirmaciones y creencias de cada religión son condición sine qua non para un diálogo firme, franco y crítico.

c) El objetivo del diálogo no es la negociación; su objetivo es la potenciación recíproca y la profundización de la confianza mutua. El diálogo debe permitir plantear preguntas y garantizar amplias perspectivas que lleven a un nuevo entendimiento. En el diálogo las diferencias no desaparecen; se explican francamente, se perciben correctamente y se aceptan con confianza. El diálogo puede suscitar tanto divergencia como convergencia; y hasta puede dar lugar a mayores ambigüedades. Sin embargo, también puede abrir nuevos espacios de interacción creativa y promover un mayor acercamiento. El diálogo es siempre un proceso creativo y arriesgado.

d) El diálogo entablado en un espíritu de respeto mutuo suscita esperanza en medio de la desesperanza y la desesperación. En situaciones de conflicto o de emergencia, el diálogo puede ser un último recurso que permita indicar el camino a seguir. En situaciones de desconfianza, puede desempeñar una función muy útil reduciendo el miedo y el recelo, y creando una atmósfera de confianza mutua. De hecho, en un diálogo franco los estereotipos se sustituyen por una mejor comprensión y de este modo el diálogo pasa a ser un signo de esperanza y un camino prometedor hacia la paz y la reconciliación.

e) El enfoque excluyente, el lenguaje de confrontación y el espíritu enjuiciador no tienen lugar en el diálogo. Un diálogo verdadero es un intercambio franco de información, de convicciones y de experiencias. El diálogo entraña un estímulo y un cuestionamiento mutuos. La transparencia, la sencillez y la humildad hacen que el diálogo sea un proceso aún más genuino de profundización del conocimiento recíproco y de la mutua comprensión y el respeto. Mediante el diálogo llegamos a conocer al otro desde dentro al penetrar en su propia experiencia

Cuando consideramos la difícil situación actual de las relaciones entre las religiones, es importante tener en cuenta los siguientes aspectos: En primer lugar, el diálogo ya no es una actividad académica con la participación únicamente de historiadores, profesores y teólogos. Personas de todas las condiciones están participando en un diálogo vivo. Se trata de un diálogo de vida, que abarca todos los aspectos y las esferas de la vida humana. Así pues, el diálogo ya no es un mero intercambio de opiniones; es la experiencia de vivir juntos, de reflexionar juntos y de trabajar juntos. En segundo lugar, el diálogo debe estar contextualizado. Las iglesias y las comunidades que viven en diferentes entornos se enfrentan con diferentes problemas y preocupaciones que se plantean en la convivencia con personas de otras religiones. Esta realidad nos llama a un diálogo a muchos niveles y en diferentes formas. También nos llama a determinar los temas importantes a partir de situaciones concretas.

3. Un renovado interés por el diálogo

Durante los últimos años, los conflictos étnicos, el fundamentalismo religioso y su violencia concomitante han aumentado de manera alarmante. Como respuesta, han proliferado iniciativas interreligiosas. La mayoría de esas actividades interreligiosas están dirigidas a la solución de conflictos y la pacificación. Algunas de esas actividades están destinadas a establecer un marco ético común sobre la base de valores y perspectivas compartidas. Otras, organizadas con ocasión de reuniones y procesos regionales y mundiales, tratan de estimular la participación de las religiones. A veces, se invita a los dirigentes religiosos a apoyar importantes reuniones sociales, económicas, científicas e incluso políticas. Casi todas estas iniciativas son acontecimientos circunstanciales, carecen de un objetivo claro y tienen sólo repercusiones a corto plazo. Hay una clara necesidad de contextualizar y dar contenido a las actividades interreligiosas, y de tratar de interconectar y de armonizar los diálogos bilaterales, trilaterales y multilaterales.

Los informes y declaraciones de las reuniones y las actividades interreligiosas apuntan a una “tarea inconclusa”. La tarea no sólo no se ha concluido sino que es actualmente más difícil y compleja. Sin duda alguna, estamos viviendo en un mundo vulnerable, tanto desde el punto de vista ecológico, político, económico como ético. Hasta ahora las iglesias no han superado el estadio de expresar unilateralmente, y en algunos casos multilateralmente, su profunda preocupación respecto de problemas y acontecimientos que afectan a la vida de la sociedad. Las realidades y crisis del mundo en las que estamos sumergidos instan a todas las religiones a pasar de la mera reacción a la búsqueda de una respuesta común. “Ser ecuménico” es un desafío para todas las religiones. El diálogo es la única posibilidad para las religiones de influir de forma dinámica en la situación, de poder expresar concretamente de manera concertada su voz y de participar activamente en la transformación de la sociedad. Los participantes en la reunión interreligiosa de Ajaltoun declararon: "No vemos la forma de salir de este atasco".2 Me pregunto si, como cristianos, vemos hoy “la salida”. ¡Lo dudo! En 1971, el Comité Central declaró: “Es necesario un debate permanente y franco entre las iglesias sobre la naturaleza y el significado de diálogo así como sobre las experiencias y percepciones obtenidas”. 3Estas palabras aún tienen vigencia. Un diálogo que insta a todas las religiones a ir más allá de los límites dogmáticos e institucionales no tiene otra alternativa que buscar puntos de convergencia para poder vivir, reflexionar y trabajar juntos. Con este entendimiento y esta visión nuestras iglesias están llamadas a comprometerse responsablemente en esta “aventura común”.4 Habida cuenta de la naturaleza compleja y delicada del diálogo interreligioso, las iglesias deben reexaminar y reevaluar constantemente su compromiso de manera crítica y realista.

¿ES POSIBLE UNA TEOLOGIA HOLÍSTICA E INCLUYENTE?

Si no se sitúa en una perspectiva teológica adecuada la participación de la iglesia en el diálogo puede llegar a ser confusa y arriesgada. ¿Cuáles son los límites aceptables del diálogo para la iglesia? Los cristianos comprometidos en el diálogo teológico con creyentes de otras religiones deben aprender a abordar de manera adecuada las otras religiones así como los parámetros del diálogo. Sobre la base de mi informe, el Comité Central, en su última reunión, recomendó a Fe y Constitución que, en colaboración con la CMME y Relaciones y Diálogo Interreligiosos, estudiase “el enfoque teológico adecuado para la relación entre el cristianismo y otras religiones".5 Las sociedades plurirreligiosas proporcionan un nuevo contexto a la teología cristiana; instan a la búsqueda de nuevas formas de hacer teología. El enfoque teológico del diálogo con otras religiones debe incluir necesariamente las dimensiones siguientes:

1. La dimensión cristológica

La cristología, sobre todo la economía de la salvación, ha desempeñado un papel central a la hora de adoptar una actitud cristiana en relación con otras religiones. ¿Dónde están los creyentes de otras religiones en la acción salvífica de Dios en la historia? Los teólogos cristianos se han esforzado por responder a esta difícil pregunta desde diversas perspectivas. La reivindicación del carácter único y universal de Cristo, que está en el centro de las enseñanzas cristianas, sigue siendo un tema controvertido para el diálogo. Algunos teólogos son más bien categóricos a este respecto: dicen que todas las religiones que no aceptan a Cristo están desprovistas de verdad. Otros piensan que la acción redentora de Dios va más allá de los límites del cristianismo institucional y que, por lo tanto, no debemos “hacer juicios de los otros”.6 Creen que es posible considerar a las otras religiones como parte integrante del plan universal de salvación de Dios si sus afirmaciones no contradicen fundamentalmente la revelación de Dios en Cristo.

El Movimiento Ecuménico ha ampliado el alcance de nuestro pensamiento cristológico. El centro de la economía de salvación de Dios es el acontecimiento de Cristo, pero no puede limitarse a su revelación en la historia; abarca a toda la humanidad y toda la creación y se expresa de diferentes formas.7 Ahora bien, esto no compromete, de manera alguna, el carácter único y la universalidad de Cristo. De hecho, “en Cristo todos serán vivificados” (1 Co 15:22) y la Iglesia es el sacramento, los primeros frutos de toda la humanidad redimida. En este contexto algunos hablan del “Cristo desconocido” u “oculto” (Panikkar, MM. Thomas), presente en una u otra forma en cada ser humano. Otros han formulado la noción de “cristiano anónimo” (Karl Rahner). Algunos han propuesto la noción de “sincretismo cristocéntrico” (Samartha). Y otros más se han referido a la “complementariedad y la convergencia” entre el cristianismo y otras religiones (J. Dupuis). ¿Cuál es la relación entre la economía de salvación de Dios en Cristo y Su presencia y acción en otras religiones?8 . Esta difícil cuestión requiere un minucioso examen. Lo que entienden los padres de la iglesia oriental por “teología del logos” puede ayudarnos a considerar la economía de la salvación de Dios en Cristo en una perspectiva cósmica. De hecho, la “teología del logos” fue elaborada no sólo a partir de las ideas filosóficas de los padres orientales, sino también a partir de las vivencias de las iglesias ortodoxas con los paganos, los judíos y, más tarde, con los musulmanes, Así pues, la “teología del logos” que extiende la economía de Dios más allá de límites históricos, puede abrir nuevas posibilidades de interacción teológica innovadora con otras religiones.

2. La dimensión neumatológica

La teología patrística ha destacado de forma especial la neumatología, considerándola una forma eficaz de expresar con claridad la catolicidad de la economía de Dios en Cristo. La economía del Espíritu Santo es diferente de la del Hijo; pero deben considerarse en el contexto de la economía salvífica del Dios Trino, que no es similar a la acción de Dios en Cristo y no está fuera de ella. El Espíritu Santo “donde quiere sopla” (Jn 3:8); nosotros vemos únicamente sus “signos”. La neumatología ortodoxa considera que la obra del Espíritu Santo es cósmica, continua, invisible y misteriosa. En el acto de creación y de recreación de Dios, la función específica del Espíritu Santo es la de “completar”, “perfeccionar”, “guiar”, “gobernar”, “liberar”, “renovar” y “dar cumplimiento”9, como dicen los Padres de la Iglesia.

Así pues, la neumatología amplía nuestra visión teológica y nos permite identificar las formas en las que el Espíritu de Dios está obrando en las vidas de los creyentes de otras religiones. La Asamblea de Canberra, cuyo tema era: Ven, Espíritu Santo, Renueva toda la Creación, ha hecho una importante contribución al ampliar el alcance de nuestro pensamiento teológico. Ahora bien, en la misma Asamblea también tuvo lugar una difícil controversia en relación con la forma en que las iglesias que vivían en contextos interreligiosos percibían la naturaleza y la función del Espíritu Santo. La acción del Espíritu Santo abarca toda la creación y toda la historia de la humanidad y nos induce a distinguir en la historia otras acciones de Dios además del acontecimiento de Cristo. En esta perspectiva Cristo está más allá del Jesús histórico y más allá de los límites de la iglesia. La Declaración Dominus Iesus es significativa a este respecto: “la acción salvífica de Jesucristo, con y por medio del Espíritu, se extiende más allá de los confines visibles de la Iglesia y alcanza a toda la humanidad”. 10 El Espíritu Santo nos conduce a toda verdad. Creo que con la “teología del logos” y con la importancia dada a la neumatología, los teólogos ortodoxos pueden y deben contribuir, de forma especial, a la comprensión teológica del pluralismo religioso.

3. La dimensión misiológica

Los cristianos son “enviados a los confines de la tierra” (Mt. 28: 18-19). No podemos comprometer la misión porque no nos pertenece: es de Dios. Sin embargo, en medio de sociedades pluralistas, estamos obligados a examinar y reevaluar nuestras percepciones, estrategias y metodologías misiológicas actuales. Un nuevo entendimiento de la misión por parte de las iglesias nos ayudará a resolver la dicotomía constante entre diálogo y misión. De hecho, el diálogo no es ni el fin de la misión ni un nuevo instrumento para la misión. La meta de esta tarea no es convertir al otro, sino dar testimonio de nuestra fe en interacción con el otro.

La misión cristiana está arraigada en la acción salvífica de Dios. La obra de salvación de Dios trasciende los límites de la Iglesia y se revela a sí mismo en la historia de muy diversas formas. Las religiones, por su parte, responden al ofrecimiento de salvación de Dios también de maneras muy diferentes. Un entendimiento incluyente de la acción salvífica de Dios inducirá a la iglesia a considerar a las otras religiones como parte del plan de salvación de Dios y no como mero “campo de misión”. En nuestra estrategia misionera no debemos tratar de ganar nuevos miembros, especialmente en entornos pluralistas; sino que debemos procurar determinar “los valores crísticos de otras religiones” y “despertar al Cristo que duerme en la noche de las religiones”.11 Hemos de entender la obra misionera de la iglesia como acción salvífica de Dios particular aunque no excluyente. Los participantes en la Conferencia de la CMME de San Antonio fue clara en ese sentido: “No podemos indicar ningún otro camino de salvación que Jesucristo, y, al mismo tiempo, no podemos poner límites al poder de salvación de Dios”. Y refiriéndose a la “tensión” que existe entre esas convicciones contradictorias, declararon: “Apreciamos esta tensión y no tratamos de resolverla”.12 En Dominus Iesus también se aborda esta cuestión señalando la necesidad de mantener esas dos verdades juntas, o sea “la posibilidad real de la salvación en Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación”.13 Tengo la convicción de que esta percepción y expresión misiológicas de la Iglesia no pueden poner en peligro la missio dei; sino que abren nuevos horizontes.

4. La dimensión escatológica

La escatología es un concepto básico en las enseñanzas bíblicas. El Espíritu Santo conduce a la humanidad y a la creación hacia la consumación final en Cristo. La Iglesia no es una realidad establecida, es el camino hacia la parusía. La Iglesia es el sacramento de la unidad futura. De conformidad con la teología cristiana, la escatología es una realidad “aquí y ahora” y alcanzará su cumplimiento en la parusía. Tres puntos merecen nuestra atención: primero, la escatología ofrece una percepción de la fe cristiana orientada hacia el futuro y abierta a la acción transformadora de Dios; segundo, la escatología da una perspectiva más amplia de la reivindicación cristiana de exclusividad dado que “todas las cosas” se dirigen hacia el escaton y serán “reunidas en Cristo” (Ef 1: 9-10); y, tercero, la escatología crea el espacio para una interacción dinámica con otras religiones en el contexto del plan redentor de Dios para toda la humanidad y la creación.

Las religiones no son instituciones centradas en sí mismas y autosuficientes, preocupadas únicamente por perpetuarse. Miran más allá de sí mismas y luchan de diferentes formas y por diferentes caminos para alcanzar sus objetivos. De ahí que todas las religiones contengan en potencia, en todos los aspectos de su vida, elementos de visión escatológica. Entonces ¿es posible considerar las religiones, sin temor a equivocarse, como realidades provisionales que se dirigen hacia la convergencia escatológica, hacia el futuro de Dios? ¿Es correcto considerar el diálogo como el camino que conduce a las religiones hacia el cumplimiento del plan de salvación de Dios (Ef 1: 10)?

La pluralidad religiosa es un don de Dios. Dios habla a otras religiones por medio del “Cristo oculto”. La interrelación de los enfoques cristológico, neumatológico, misiológico y escatológico nos ayudará a discernir los caminos de Dios fuera de la Iglesia por los que Él entiende cumplir su designio para toda la humanidad. Así pues, estos cuatro enfoques deberían constituir, a mi parecer, el marco de nuestro diálogo con otras religiones.

La pluralidad religiosa interpela a nuestra teología para que examine sus paradigmas y sus estereotipos, y formule una nueva hermenéutica que permita entablar un diálogo significativo con otras religiones. Un serio esfuerzo de esta índole entraña, en primer lugar, la elaboración de una teología holística que ofrezca perspectivas más amplias y nuevas posibilidades a la relación con otras religiones; en segundo lugar, un marco teológico dinámico que pueda contener, en una interacción creativa, la universalidad de la salvación de Dios para toda la humanidad y, en particular, su revelación en Cristo; en tercer lugar, un lenguaje teológico incluyente que mantenga la especificidad y la integridad de la fe cristiana y la conduzca del cristocentrismo al teocentrismo a fin de fomentar relaciones críticas con otros pensamientos religiosos; y, en cuarto lugar, una teología receptiva que sea dialógica por naturaleza y sensible a las nuevas realidades y los contextos en constante evolución. Creo que sólo mediante una teología de esta índole, que todo lo abarca, será posible reunir en interacción dialógica las afirmaciones de las religiones que son excluyentes entre sí, e instarlas para que se entiendan a sí mismas como estando “en el camino” hacia el futuro escatológico de Dios. Sólo si contamos con una tal teología podremos tratar de responder con seriedad a la cuestión ecuménica básica acerca de lo que significa “ser” iglesia en el contexto de sociedades pluralistas. De hecho, necesitamos buscar nuevas formas de comprender el Evangelio y de relacionarlo con las realidades en constante cambio. Necesitamos explorar con otras religiones formas creíbles y dignas de confianza que puedan ayudarnos a vivir juntos de manera responsable y pacífica.

CONVIVIR CON NUESTRAS DIFERENCIAS

La mundialización está juntando a la gente con independencia de la religión, la raza o la cultura. En la “aldea mundial” debemos convivir. El diálogo no es ya una mera cuestión teológica; es esencialmente un desafío existencial de convivencia. Durante siglos las religiones han construido sus propias comunidades, sus propias formas de ser espirituales, sus muros teológicos, éticos y legalistas para protegerse. Hoy toma forma una nueva cultura de coexistencia a medida que gentes de diferentes religiones se percatan de su desvalimiento común y su destino común ante Dios. Realmente, este sentido de intereses comunes y mutuos está desarrollando lo que yo llamo una “espiritualidad de convivencia”, que se expresa de diversas formas y maneras. En paralelo a esta tendencia creciente, experimentamos también una tensión profunda entre identidad y pluralidad, que conduce a muchas sociedades a la confrontación y la desintegración. De hecho, se están construyendo nuevos “muros de separación” en un mundo que está derribando los viejos muros. Una pluralidad desintegrada, unida al conservadurismo religioso, podría llegar a ser una fuente de desconfianza y nuevas divisiones si no se transforma en comunidad dispuesta a compartir e integrar.

La necesidad de convivir no proviene únicamente de la mundialización. La convivencia es un don de Dios. Todos pertenecemos a la casa única de Dios. Vivir en comunidad es un elemento integrante de todas las religiones. Debe observarse que desde el comienzo mismo del diálogo con otras religiones, el CMI hizo hincapié en la comunidad como contexto y como finalidad del diálogo. Creo que hay que seguir explorando y reforzando este planteamiento en un mundo en el que las comunidades están expuestas de manera constante y directa a los peligros de perder su identidad y su integridad. La cuestión es: ¿Qué clase de comunidad hemos de buscar con nuestros vecinos? Convivir como comunidad suscita problemas complejos y cuestiones críticas que todas las religiones necesitan considerar adecuadamente.

1. Reservar un espacio al "otro"

La comunidad puede proteger o absorber la identidad. La identidad, a su vez, puede dividir, aislar y excluir; puede incluso destruir la comunidad. Las amenazas a la identidad exacerban los conflictos. Por todas estas razones, necesitamos construir comunidades que refuercen identidades y al mismo tiempo les permitan interactuar en un proceso mutuo de aprender y compartir. Haré las siguientes observaciones:

a) La religión da un sentido profundo de identidad y pertenencia. En algunas sociedades la religión es la más fuerte expresión de identidad y una marca distintiva de diferenciación. Siendo la identidad religiosa estrecha y excluyente, puede llevar a la desconfianza, la alienación y la intolerancia. La identidad religiosa se opone a menudo a la pluralidad y por ello la pluralidad religiosa es vista como fuente potencial de conflicto. Esto es lo que ocurre actualmente en muchas sociedades, y las religiones deben hacer frente a esta realidad con la máxima sensibilidad.

b) "Ser diferente" es un don de Dios, y ser humano significa aceptar el don de Dios con humildad y gratitud. Si nos definimos aisladamente del otro, rechazamos al otro. Convivir es definir nuestra identidad en relación con el otro. La identidad religiosa no debería conducir a una autocomprensión excluyente y absolutista, lo cual aislaría una religión, y el aislamiento alimenta el odio y la violencia. Como no podemos cambiar nuestras diferencias, debemos aprender a convivir tal como somos. Debemos respetar la “dignidad de la diferencia”14 y reservar un espacio para el otro, un espacio en el que las identidades dialoguen, no en el que entren en conflicto recíprocamente.

c) Las comunidades religiosas están llamadas a rechazar percepciones excluyentes y encerradas en sí mismas de la comunidad y a examinar sus estereotipos. Esta actitud suscitará ciertamente confianza, lo que a su vez ayudará a construir comunidad. La convivencia en comunidad insta a los miembros de la misma a redescubrir y rearticular su identidad y a esforzarse por hacerla más firme y creíble. Una comunidad local diferente en los aspectos religioso y étnico que permanezca aislada dentro de una comunidad más amplia puede fomentar una mentalidad fundamentalista. En las comunidades mundializadas y pluralistas el “otro” debe ser visto como vecino, no como extranjero aislado. Si aceptamos al otro como “otro”, podemos transformar la hostilidad en creatividad y crecimiento mutuos y construir así una comunidad armoniosa.

d) La convivencia en comunidad requiere una percepción de la identidad que promueva la integración y no produzca desintegración ni alienación; una comprensión de la identidad que englobe al otro en lugar de rechazarlo, que dé espacio al otro en lugar de ocupar el espacio del otro. ¿Cómo podemos afirmar nuestro auto-entendimiento y avanzar junto a nuestros vecinos para definir nuestro entendimiento común? Cada vez más, la mundialización creará una profunda crisis de identidad. La única fuerza capaz de resistir a esa amenaza y proteger la identidad es la religión. Mediante el diálogo, los creyentes deben llegar a ver su identidad dentro de la única casa de Dios y como parte de la única identidad común en Dios. De otro modo, la pluralidad creciente y las fuerzas de la mundialización y la secularización harán más pronto o más tarde que las sociedades particularmente dominadas por la religión se vean sumergidas en conflictos de identidades.

2. Del diálogo en comunidad al diálogo para la comunidad

En las sociedades pluralistas hay relaciones de mayorías y de minorías. Para sobrevivir como comunidad, los grupos minoritarios a menudo permanecen fuertemente apegados a su identidad religiosa y cultural y excluyen a otras comunidades. Son terreno abonado para las fuerzas de la exclusión, la opresión y la polarización, que se ocultan con frecuencia tras convicciones y prácticas religiosas, y son explotadas con fines étnicos y políticos. Para contrarrestar estas fuerzas, las comunidades religiosas deben tender puentes de confianza y convivir en paz y armonía y con un sentido de responsabilidad mutua y transparencia. Construir comunidades es más urgente que nunca, y las religiones deben proponerse esta tarea como prioritaria. Es preciso que desarrollen una visión más amplia de la comunidad y un nuevo paradigma de la construcción de comunidades. Los siguientes factores y planteamientos pueden ser útiles en este proceso.

a) Por medio de su Espíritu, Dios reúne constantemente a los pueblos en comunidad. Construir comunidad implica relacionarse con Dios, con el prójimo y con la naturaleza. Estas dimensiones son esenciales para construir y sostener la comunidad. No formamos una comunidad simplemente compartiendo un espacio geográfico determinado. La formamos mediante los valores compartidos que determinan aquellas relaciones y refuerzan los lazos de confianza y la aceptación mutua. Una comunidad pluralista que carece de referencia a una base moral común se deshará o por lo menos permanecerá desintegrada y desorientada. En efecto, la ausencia de valores morales básicos, necesarios para sostener y gobernar la vida de la sociedad humana, origina muchos de los males que comprometen la integridad y la seguridad de las comunidades.

b) La tensión reinante entre aceptación y rechazo, tolerancia y extremismo, aparece en las sociedades de distintas maneras y con formas diferentes. Por sí solo, un marco ético común no disipará la tensión. Lo que necesitamos con urgencia es una cultura de confianza mutua, condición sine qua non para una verdadera comunidad. Si tenemos que convivir como vecinos, debemos establecer una relación de confianza basada en un aprecio más auténtico del credo de cada cual. Esto solo será posible si rechazamos las actitudes negativas y nos esforzamos por entender verdaderamente otras religiones. No dialogamos simplemente hablando unos con otros; dialogamos construyendo confianza y comunidad a través de barreras étnicas, religiosas y culturales. El auténtico diálogo rompe la desconfianza.

c) Para superar el recelo y la tensión que la pluralidad religiosa crea entre la identidad específica y la identidad más amplia, las partes en el diálogo deben cultivar el sentido de pertenencia mutua. Las comunidades injustas y falsas propugnan equilibrios precarios de identidades, que por su parte no promueven una pertenencia mutua y común. En una comunidad verdadera, las identidades crecen juntas con un sentido profundo de pertenencia recíproca. Vivir en comunidad no significa facilitarse unos a otros tan solo espacio geográfico, sino también espacio espiritual, intelectual, político, social y económico.

d) Es fácil que la existencia de relaciones mayoría-minoría dentro de una comunidad la lleve a la quiebra. Para evitarlo, el proceso constructivo de la comunidad debe cultivar un sentido de asociación, participación y juego limpio. Debe promover la conciencia de las obligaciones y los derechos comunes basada en la ciudadanía común. Esta conciencia puede dar fuerza a las partes en el diálogo para mantener comunidades de fe y grupos étnicos dentro de la comunidad más amplia, y puede estimularlas para que compartan preocupaciones y alegrías comunes y para que se enfrenten juntas con cuestiones en las que tienen una responsabilidad común.

e) No hay comunidad sin diversidad. En una comunidad real la mayoría acepta la diversidad, y las minorías se consideran parte integrante e inseparable del conjunto. Aceptación de la diversidad significa inclusión, un sentido de pertenencia mutua y de participación en pie de igualdad. Diversidades integradas y coherentes pueden impedir que una comunidad caiga en el tribalismo y estimularla para que sustituya la desconfianza por la confianza, la alienación por el acercamiento y la tensión por la reconciliación. La diversidad es en efecto el rechazo de la exclusión, que es la fuente del unilateralismo, el fundamentalismo, el racismo, el etnocentrismo y males similares que destruyen la comunidad y las bases morales de la sociedad.

f) Una afirmación común del carácter sagrado de la vida es esencial para construir la comunidad. Los valores que promueven la plenitud, la integridad y la dignidad de la vida constituyen los principios rectores de todo proceso constitutivo de comunidad. La comunidad es esencialmente una cualidad de la vida sostenida por valores morales y espirituales. La inviolabilidad de la vida pertenece a la esencia de la religión. Las religiones deben pues cuidar de la vida en todas sus formas y expresiones; deben afirmar una visión holística de la vida y promover una cultura favorable a una sociedad y un sistema ecológico sostenibles y con un respeto profundo de la vida.

g) Para la Iglesia, el acontecimiento de Cristo es la fundación de una nueva comunidad; en Cristo, Dios restaura la creación y la humanidad en su plenitud, integridad y dignidad. La iglesia es el fermento y el signo de la comunidad que se ha de cumplir en la parusía. Así pues, la construcción de comunidad es una misión confiada por Dios a la iglesia. ¿Qué implica nuestra comunidad en Cristo para la más amplia comunidad que compartimos con nuestros vecinos? Hay que volver, en un nuevo contexto mundial, al concepto de “comunidad de comunidades”, introducido en el Movimiento Ecuménico en los años ochenta. La búsqueda de comunidad debe permanecer en el centro del diálogo y la colaboración interreligiosos. ¿Cómo pueden personas de religiones diferentes vivir juntos en comunidad, aceptar y respetar sus diferencias, derechos y obligaciones dados por Dios? ¿Cómo puede la iglesia, junto con otras religiones, transformar la “convivencia” en una “comunidad más amplia”? La pluralidad exige de la iglesia una nueva comprensión de su proyección misionera y un nuevo compromiso. Confío en que la próxima Conferencia Mundial sobre Misión y Evangelización en 2005 trate debidamente esta cuestión crítica.

EXPLORAR NUEVAS FORMAS DE TESTIMONIO COMÚN

Dialogar y construir comunidad supone colaborar. El mundo agitado busca orientación en las religiones. Esta orientación no vendrá de lo que las religiones puedan decir juntas sino de los que puedan hacer juntas. ¿Pueden las religiones formular una visión común de la humanidad que les permita dar perspectiva y sustancia a su testimonio común? Debemos ser realistas. Debemos dejar claro lo que podemos y lo que no podemos hacer juntos. El diálogo debería reafirmar y profundizar lo que une a las religiones. Debería también identificar las cuestiones que dividen, no con un planteamiento polémico, sino con espíritu de comprensión y respeto mutuos. Las actitudes reaccionarias, apologéticas y defensivas nunca darán credibilidad a las religiones. Las religiones deben tomar iniciativas. Las complejidades y polarizaciones del mundo actual empujan a las religiones a superar las divergencias conceptuales para convergir en la acción sobre cuestiones fundamentales. Creo que la responsabilidad primaria de las religiones las dirige a aquellos ámbitos y cuestiones comunes que afectan a los valores y principios básicos que rigen la vida de las sociedades. Permítaseme destacar tres ámbitos específicos en que es posibe e indispensable una colaboración interreligiosa organizada y eficaz.

1. Por una educación religiosa transformadora e integrada

En las sociedades plurirreligiosas la educación es decisiva. Puede tanto estimular como obstaculizar la disposición para la convivencia y el testimonio común. La pluralidad es un reto y una oportunidad para el aprendizaje interreligioso. Requiere una educación religiosa sin estrecheces, sino abierta críticamente a su entorno. Para conseguir este tipo de educación, hay que revisar los actuales sistemas docentes y hay que hacer la educación religiosa más pertinente y contextual. Cada religión tiene su propia manera de concebir la educación, pero todas convienen en su objetivo básico, facilitar el crecimiento espiritual y la formación moral. Las perspectivas siguientes pueden ayudar a las religiones a reorganizar la educación religiosa en las sociedades pluralistas.

a) El objetivo primario de la educación es dar un conocimiento exacto, objetivo y completo de las religiones, tal como son y no como nosotros las percibimos. El conocimiento recíproco ayuda a disipar temores mutuos, modos de ver y consideraciones que alimentan actitudes fanáticas e insensibles frente al prójimo. La ignorancia lleva al prejuicio y el error, mientras que el conocimiento mutuo genera mutua confianza. La educación religiosa puede ser un instrumento efectivo para propiciar relaciones, cultivar la amistad y desarrollar una responsabilidad compartida.

b) La educación religiosa debe promover una cultura de diversidad combatiendo el exclusivismo y el extremismo. Este proceso se hace posible mediante el descubrimiento y la afirmación de valores comunes y la identificación de intereses comunes, por una parte, y mediante el redescubrimiento y la afirmación de la propia particularidad, por otra. Debemos aspirar a un sistema y una política de enseñanza en donde la particularidad y la pluralidad estén en interacción creativa.

c) La educación religiosa debe orientarse hacia la construcción de la comunidad. En este contexto, son vitales el respeto de la alteridad, la renuncia a reivindicaciones absolutas que cuestionen la legitimidad del otro, la creación de un espacio seguro para la comunicación y el aprendizaje. Este proceso abierto y dinámico de educación contribuirá significativamente a profundizar en el sentido de comunidad.

d) Las religiones deben esforzarse por crear un sistema de enseñanza y una visión holísticos. Sin dejar de respetar la particularidad de cada religión, esta actitud debe aspirar a un proceso de formación y aprendizaje incluyente e interactivo. La religión es un factor liberador, renovador y transformador; pero puede también convertirse en una fuerza opresora. La educación es un poderoso instrumento que puede utilizarse con ambos fines. Lo que se pide a las religiones es que hagan de la educación religiosa un proceso transformador e integrador.

2. La religión como agente de salud y reconciliación

La humanidad y la creación están enfermas, fragmentadas y polarizadas. Necesitan curación, integridad y reconciliación. La religión, que a veces es explotada para la división y la confrontación, está llamada, en fiel obediencia a su naturaleza y su vocación propias, a actuar como agente de salud y reconciliación. Sobre todo en situaciones de abatimiento, la religión debe dar confianza y reconciliar.

a) En este mundo de alienación y confrontación crecientes, las religiones deberían colaborar para hacer frente a situaciones en las que la religión es explotada para avivar las tensiones étnicas y políticas. Estas situaciones desfiguran la imagen auténtica de la religión y ponen en entredicho su credibilidad. Las religiones deben ayudarse recíprocamente para desactivar los conflictos potenciales. El diálogo podría servir como eficaz medida preventiva llevando a las religiones hacia un ministerio activo de curación y reconciliación, que se necesitan con urgencia en el mundo de hoy.

b) Mediante un proceso de reflexión y acción comunes, las religiones pueden colaborar para promover los valores de salud espiritual, integridad y sostenibilidad. Es imprescindible que las religiones manifiesten concretamente en su propia vida y en su testimonio sus valores intrínsecos de vida y amor, perdón y humildad. Como cristianos, creemos que Dios reconcilia al mundo consigo mismo por medio de Jesucristo, y que la iglesia está llamada al ministerio de esperanza y reconciliación (2 Co 5:18).

3. Hacia un papel profético activo

A menos que las religiones actúen juntas proféticamente sobre cuestiones de interés común, el diálogo interreligioso perderá gran parte de su significación, y la credibilidad de la religión quedará comprometida. El papel profético, señal característica de todas las religiones, las impulsa más allá de sus límites y de sus intereses exclusivos para ponerse al servicio de una causa común. Al ejercer este papel, las religiones entablan un combate espiritual contra las fuerzas del mal que luchan constantemente por establecer su dominación en todas las esferas de la vida humana. Actuando juntas de esta manera, las religiones se erigirán en voz potente de los sin voz y en fuerza moral que congregue a las comunidades y las lleve hacia un futuro común. El papel profético de las religiones requiere una acción concertada particularmente en los sectores siguientes:

a) Junto con otras fuerzas sociales, las religiones deben trabajar para construir una sociedad civil sustentada por valores espirituales y morales, una sociedad construida sobre principios de responsabilidad y participación, derechos y obligaciones, justicia y transparencia, una sociedad gobernada de manera transparente, responsable y justa.

b) El fundamentalismo religioso, que suele considerarse como reacción al secularismo y como esfuerzo por volver a las raíces de la religión, se ha convertido en el mayor enemigo de la religión y la fuerza más peligrosa de nuestros tiempos. Todas las religiones contienen elementos potencialmente fundamentalistas. La superación del fundamentalismo y en particular de su expresión militante es una alta y urgente prioridad para todas las religiones.

c) La religión es pacificadora; es también promotora de la justicia por vocación propia. Por consiguiente, la religión no puede ser pasiva en cuestiones de justicia y de paz. Estos valores son universales y aplicables a través de las diferencias de religión, nación, clase y sexo. Al tomar partido por los oprimidos, las religiones defienden no solo los derechos humanos, sino también la credibilidad y pertinencia de la religión. La lucha por la paz y la justicia es ciertamente una de las principales tareas de las religiones.

d) El enfoque preventivo es otra importante dimensión del papel profético de la religión. Mediante la concientización, la vigilancia y una acción de promoción y defensa, las religiones deben de salir al paso del mal uso de la religión, que ha llegado a ser una de las causas principales de muchas de las tragedias y los conflictos que han padecido diversas comunidades y regiones.

e) La violencia es una de las características más profundamente perturbadoras de las sociedades contemporáneas. En gran medida invocan esta violencia las ideas de antisecularismo y antiglobalización. Algunos sectores de cada religión han abrazado estas ideas; otros las han abominado. A menudo se invoca la religión como justificación de la violencia. La violencia resulta incluso más terrible cuando su legitimación está arraigada en la religión. La noviolencia está en el corazón de todas las religiones. Debemos pues atacar las causas profundas de la violencia promoviendo la vida, la dignidad y la justicia y trabajando por una cultura mundial de paz. De esta manera, las religiones podrán dar al mundo un testimonio común.

EL DIÁLOGO CON OTRAS RELIGIONES, PRIORIDAD ECUMÉNICA

Como respuesta a los nuevos acontecimientos mundiales y a los sucesos que han afectado a la vida de las iglesias, las sociedades y las religiones durante los últimos años, el CMI ha renovado su insistencia en el diálogo. Creo firmemente que al continuar la reevaluación de las estructuras programáticas del Consejo y prepararnos a emprender un proceso de “una nueva configuración ecuménica para el siglo XXI”, el diálogo, las relaciones y la colaboración con otras religiones deben ser altamente prioritarios en el testimonio ecuménico del Consejo. En este sentido quisiera hacer las siguientes observaciones.

1. Con sus más de 50 años de rica experiencia, el Consejo debería tratar de ser un instrumento eficaz para establecer contactos y promover la justicia en cuestiones mundiales de interés interreligioso. En este contexto, la labor del Consejo podría ser doble: reforzar e intensificar los diálogos interreligiosos bilaterales y multilaterales a nivel mundial, y estimular, facilitar y apoyar actividades similares en los planos regional y nacional. Muchas iglesias, ONG, instituciones principales de otras religiones e incluso algunos gobiernos esperan tales iniciativas del CMI. De hecho, el documento EVC indica claramente que el diálogo y la colaboración interreligiosos forman parte de la vocación ecuménica del Consejo.

2. El movimiento ecuménico debe reflexionar críticamente sobre las implicaciones eclesiológicas y misiológicas de la pluralidad religiosa. De hecho, los estudios de Fe y Constitución "Naturaleza y finalidad de la Iglesia " y "Antropología teológica", el tema de la Conferencia CMME que se celebrará en 2005, "Llamados en Cristo a ser comunidades de reconciliación y de sanación", y el "Decenio para Superar la Violencia (DSV)" y "Al servicio de la vida", una de las principales orientaciones del Consejo adoptadas tras la Asamblea de Harare, contribuirán significativamente a este proceso.

3. El diálogo interreligioso no debe utilizarse como último recurso en las negociaciones políticas ni únicamente en situaciones de emergencia. El diálogo teológico debe tener su integridad, su agenda y su metodología propias. El Consejo está llamado a dar calidad y dirección a sus actividades interreligiosas en constante crecimiento. En este contexto y a la luz de nuestras experiencias de los últimos años, es preciso considerar especialmente los puntos siguientes: primero, los temas del diálogo no deben ser repetitivos; deben incluir cuestiones oportunas, críticas e incluso controvertidas relativas a situaciones concretas que afecten a la vida de las religiones y a las relaciones entre religión y sociedad; segundo, con la participación activa de dirigentes destacados, sacerdotes y laicos, y en estrecha colaboración con instituciones religiosas y personalidades públicas interesadas en las cuestiones debatidas, el Consejo debe hacer que sus iniciativas interreligiosas sean más eficientes, organizadas y de amplio alcance; tercero, los diálogos interreligiosos no deben ser acontecimientos aislados, sino que han de ser parte del programa general del Consejo y del testimonio ecuménico permanente.

4. La educación cristiana en las sociedades plurirreligiosas debe seguir teniendo una alta prioridad para el Consejo. Las ricas experiencias que el Consejo ha adquirido durante el último decenio deben ayudar a las iglesias a sensibilizar a los cristianos respecto a la forma en que un cristiano debe afirmar su identidad abiertamente ante los demás y la forma en que las iglesias deben identificar nuevos modelos y metodologías de enseñanza efectiva en contextos pluralistas. Debe prestarse particular atención a la dimensión interreligiosa en el permanente empeño de las iglesias de redefinir la naturaleza y el papel de la educación teológica y la formación para el ministerio en el seno de sociedades pluralistas.

5. Por efecto de los cambios mundiales, las iglesias han empezado a dedicar más tiempo y energías al diálogo interreligioso, que ha pasado a un primer plano del programa ecuménico de las iglesias. El interés por el diálogo es tan intenso, sobre todo en algunas regiones, que alguien podría incluso interpretarlo como un paso del ecumenismo intereclesial al ecumenismo interreligioso, o lo que se denomina “ecumenismo más amplio”. A este respecto dos puntos merecen nuestra atención: primero, la mayoría de nuestras iglesias no están preparadas para entablar un diálogo interreligioso y afrontar las repercusiones concretas del pluralismo en la vida de la iglesia local. Por consiguiente, tienen una importante responsabilidad de dar, mediante seminarios y otras iniciativas, una clara orientación a sus fieles inmersos en el diálogo cotidiano y existencial con sus vecinos. El Consejo puede ayudar a las iglesias en este proceso. Segundo, nuestras iglesias deben evitar en lo posible ser parte en actividades interreligiosas arbitrarias, aisladas y selectivas a nivel local, regional o internacional. En tales casos tiene una importancia vital la consulta con las iglesias locales, las estructuras ecuménicas nacionales o regionales y el CMI para asegurar una participación cristiana coherente y efectiva.

SEGUIR AVANZANDO

En un mundo en el que aumenta la desesperanza y cuyos valores morales y espirituales están en decadencia, se insta a las religiones a que emprendan un proceso de autocrítica y autopurificación con miras a transformar el papel ambivalente de la religión. Las religiones están llamadas a reformular sus valores comunes y renovar sus afirmaciones y compromisos comunes proporcionando una base moral al orden y las instituciones mundiales de gobierno y una clara visión de un mundo justo y sostenible. Toda religión que aspira al poder pierde su razón de ser. Dios es el dueño, protector, sustentador y reconciliador de toda la humanidad y la creación. La religión es servidora y agente del plan universal de Dios.

Vivir, reflexionar y trabajar con creyentes de otras religiones es un proceso arriesgado pero esperanzador. Siempre estará en nosotros el temor cristiano de sincretismo y traición del Evangelio, y seguiremos rodeados de ambigüedades e incertidumbres. Además, tal vez no alcancemos una perspectiva común sobre muchas cuestiones; sin embargo, el diálogo es un proceso irreversible. Debemos, pues, aceptar el desafío de vivir nuestra fe y proclamar a Cristo en comunidades pluralistas con responsabilidad y fidelidad. Debemos aprovechar también la oportunidad de dialogar y dar testimonio con otras religiones con seriedad y valentía. Como se nos recuerda en Nuestra Visión Ecuménica, “nuestro cometido aquí y hoy es encarnar la visión de lo que el pueblo de Dios está llamado a ser”. Tenemos diferentes credos y convicciones. Pero nuestro origen común, nuestra humanidad común y nuestro objetivo común nos impulsan a estar juntos “en el camino” hacia el futuro de Dios. Emprendamos como cristianos, junto con personas de religiones de nuestro tiempo, esta peregrinación de descubrimiento y redescubrimiento de nuestras raíces comunes, verdades comunes y vocación común. Emprendamos con otras religiones un proceso creativo de renovación y transformación hacia el cumplimiento escatológico y la reconciliación de toda la humanidad y la creación.

ARAM I

CATOLICÓS DE CILICIA

Agosto de 2003

Antelias, Líbano


NOTES

1 International Herald Tribune, 22 de mayo de 2003, p. 7

2 “Dialogue between Men of Living Faiths – the Ajaltoun Memorandum en: Living Faiths and the Ecumenical Movement, encargado de la publicación S.J. Samartha (Ginebra, CMI, 1971) p. 21

3 Living Faiths and the Ecumenical Movement, encargado de la publicación S.J. Samartha (Ginebra, CMI, 1971) p. 9

4 “The World Council of Churches and Dialogue with People of Living Faiths and Ideologies – An interim Policy Statement of Guidelines”, en: Living Faiths and the Ecumenical Movement, encargado de la publicación S.J. Samartha (Ginebra, CMI, 1971) p. 51

5 Actas del Comité Central (agos./sept. 2002, Ginebra), Comité de Examen II

6 Living Faiths and the Ecumenical Movement, encargado de la publicación S.J. Samartha (Ginebra, CMI, 1971) p. 40

7 “Religious Plurality: Theological Perspectives and Affirmations” (Declaración de Baar, 1990), en: The Ecumenical Movement. An Anthology of Key Texts and Voices, ed. by Michael Kinnamon and Brian E. Cope (Ginebra, WCC Publications & Grand Rapids, Michigan, William B. Eerdmans Publishing Company, 1997) p. 418
“The San Antonio Report” (Ginebra, CMI, 1990) p. 33, parr.29

8 “Directrices para el Diálogo con creyentes de religiones e Ideologías de nuestro tiempo”, (Ginebra, CMI, 1979) p. 13, parr. 23

9 Para ahondar en el análisis, véase mi libro: Orthodox Perspectives on Mission (Oxford, 1992) pp. 39-64

10 Declaración Dominus Iesus sobre la Unicidad y la Universalidad Salvífica de
Jesucristo y de la Iglesia (Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2000) No 12

11 G. Khodr, “Christianity in a pluralist world – The Economy of the Holy Spirit” in:
Living Faiths and the Ecumenical Movement, encargado de la publicación S.J. Samartha (Ginebra, CMI, 1971) pp. 141-142

12 “The San Antonio Report” (Geneva, WCC, 1990) pp. 32-33

13 Declaración Dominus Iesus sobre la Unicidad y la Universalidad Salvífica de Jesucristo y de la Iglesia, (Iglesia (Ciudad del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 2000) No 12

14 J. Sacks, The Dignity of Difference: How to Avoid the Clash of Civilizations, Londres, 2002