Con motivo del 1700.º aniversario del Concilio de Nicea, la Sexta Conferencia Mundial de Fe y Constitución se reúne en Egipto, la tierra donde la Sagrada Familia encontró refugio, la tierra de la que Dios llamó a su Hijo (Oseas 11:1; Mateo 2:15). Nos ha conmovido profundamente la generosa hospitalidad de la Iglesia Ortodoxa Copta, y expresamos nuestro sincero agradecimiento a Su Santidad el papa Tawadros II, a sus obispos y a todo su pueblo por su cálida bienvenida. Nos sentimos enormemente impresionados por el testimonio y la misión de la Iglesia Ortodoxa Copta, no solo en la actualidad, sino a lo largo de los siglos. Rendimos homenaje a esta tierra antigua donde muchas generaciones han vivido, han obtenido su aliento y se han mantenido en Dios. Somos conscientes de que aquí, en África, y en Oriente Medio, como en otros lugares del mundo, muchas personas, incluidas las comunidades cristianas, hoy se ven sometidas a la persecución, a una violencia atroz, a amenazas existenciales, a la deshumanización y a una flagrante violación de sus derechos humanos. En un mundo marcado por la división y la polarización, por la violencia y la guerra, y por la apatía y la complicidad frente a las injusticias resultantes, el llamado de Cristo a la unidad (Juan 17:21) sigue siendo tan urgente como siempre.

Nos complace que el siglo pasado de trabajo de Fe y Constitución haya puesto de relieve que, en muchas cuestiones, hay más puntos en los que coincidimos que en los que discrepamos. Ante la desunión que sigue presente, la Sexta Conferencia Mundial da continuidad al camino ecuménico hacia la unidad visible. Basándose en el legado de las anteriores conferencias de Fe y Constitución —desde Lausana (1927) hasta Santiago de Compostela (1993)—, este encuentro reflexiona sobre los avances logrados y el persistente llamado a encarnar la oración de Cristo: “para que todos sean uno” (Juan 17:21).

  • Compartimos la fe en Dios —Padre, Hijo y Espíritu Santo— que nos une a través del tiempo y las tradiciones. La fe trinitaria no es simplemente un legado que debe conservarse, sino agua viva que debe ofrecerse tanto en palabra como en obra. Estamos llamados no solo a creer, sino a andar por fe (2 Corintios 5:7): a vivir vidas de esperanza, amor y transformación para la sanación y reconciliación de las naciones y de la buena creación de Dios.
  • La misión está arraigada en la propia identidad de la iglesia, cuya tarea es proclamar el evangelio. La fe del Credo Niceno no se centra en sí misma, sino que nos recuerda que la Iglesia existe para ser enviada al mundo. Para las iglesias en algunos contextos, la misión ha estado entremezclada con historias de esclavitud, colonialismo y poder. Por lo tanto, en nuestro tiempo, la misión debe estar marcada por el arrepentimiento y una reorientación hacia la descolonización y la justicia, la reconciliación y la unidad.
  • La unidad es más que un acuerdo: es comunión. Arraigada en el bautismo y expresada en la oración compartida, la unidad comienza a ser visible cuando vivimos juntos, avanzando hacia la participación mutua en la Eucaristía y el reconocimiento de los respectivos ministerios. La unidad también comienza a ser visible cuando vivimos juntos de maneras que encarnan la fe, la esperanza y el amor: no en aislamiento, sino en solidaridad con aquellos que son marginados por su género, raza, pobreza o discapacidad, o por la devastación ecológica. El Credo Niceno, antiguo y, sin embargo, siempre nuevo, nos recuerda que compartimos un don y un llamado a la unidad plena y visible: una unidad que Fe y Constitución trabaja para hacer visible en la vida de la Iglesia a través de la búsqueda de una comprensión más profunda y una doctrina consensuada.  

¿Qué camino seguir ahora hacia la unidad visible? En este camino que seguimos recorriendo, hacemos un llamado a renovar nuestro compromiso con la fe, la misión y la unidad en Cristo Jesús; a escuchar juntos al Espíritu Santo; a caminar como peregrinos, como hijos del Padre aprendiendo a vivir nuestra fe, esperanza y amor, y a practicar la justicia, la reconciliación y la unidad. Aspiremos a vivir la unidad por la que Cristo oró, para que el mundo crea y experimente los dones de Dios de la sanación, la justicia y la vida en abundancia.