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Ser Iglesia: En su génesis la Iglesia estaba llena del Espíritu

Estudio bíblico sobre Hechos 2:1-13, por Hyunju Bae, para el séptimo día de la Asamblea, 5 de noviembre 2013: Este texto se suele leer desde una perspectiva misionera. ¿Cómo podemos entender el acontecimiento de Pentecostés desde la perspectiva de la unidad, aportando una nueva percepción, así como dinamismo y pujanza al movimiento ecuménico? El papel del Espíritu en unidad en la diversidad, así como la relación de Pentecostés con la justicia y la paz, son interesantes para examinar los contextos cambiantes en la actualidad.

15 de julio de 2013

Estudio bíblico 4

Hyunju Bae

Hechos 2:1-13

Traducción: Reina Valera Contemporánea

1Cuando llegó el día de Pentecostés, todos ellos estaban juntos y en el mismo lugar. 2 De repente, un estruendo como de un fuerte viento vino del cielo, y sopló y llenó toda la casa donde se encontraban. 3 Entonces aparecieron unas lenguas como de fuego, que se repartieron y fueron a posarse sobre cada uno de ellos. 4 Todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu los llevaba a expresarse.

5 En aquel tiempo vivían en Jerusalén judíos piadosos, que venían de todas las naciones conocidas. 6 Al escucharse aquel estruendo, la multitud se juntó, y se veían confundidos porque los oían hablar en su propia lengua. 7 Estaban atónitos y maravillados, y decían: "Fíjense: ¿acaso no son galileos todos estos que están hablando? 8 ¿Cómo es que los oímos hablar en nuestra lengua materna? 9 Aquí hay partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto y Asia. 10 Están los de Frigia y Panfilia, los de Egipto y los de las regiones de África que están más allá de Cirene. También están los romanos que viven aquí, tanto judíos como prosélitos, 11 y cretenses y árabes, ¡y todos los escuchamos hablar en nuestra lengua acerca de las maravillas de Dios!" 12 Todos ellos estaban atónitos y perplejos, y se decían unos a otros: "¿Y esto qué significa?" 13 Pero otros se burlaban, y decían: "¡Están borrachos!"

El libro de los Hechos de los Apóstoles describe un intenso proceso: el auge del movimiento inicial de Jesús en el antiguo mundo mediterráneo. A la vez que transformaban a las personas, las buenas nuevas de Jesucristo se expandieron más allá de los límites de las comunidades judía y palestina al mundo gentil helenístico del Imperio Romano. Al comienzo de la descripción del dinámico desarrollo del movimiento cristiano, Lucas presenta el Espíritu Santo como el agente revitalizador que promueve un testimonio cristiano valiente y creador. El libro de Los Hechos es la narración sobre los primeros cristianos, quienes, gracias al poder del Espíritu Santo, desafiaron la gravedad de las limitaciones geográficas, culturales, políticas y espirituales con una asombrosa fuerza interior, en lo individual y en lo colectivo, para llegar a ser testigos de Jesucristo (Hechos 1:8).

Los capítulos iniciales del Libro de los Hechos describen la formación y la naturaleza de la primera iglesia en Jerusalén en el poder del Espíritu Santo. El mismo autor del libro de los Hechos de los Apóstoles escribió el Evangelio de Lucas por lo que los dos libros deben leerse como si fueran una sola unidad literaria. La tradición profética, especialmente el Espíritu profético, es uno de los contenidos temáticos comunes a Lucas y Hechos. Es normal que Lucas, que describió a Jesús como un profeta dotado del Espíritu que "proclama buenas noticias a los pobres, la libertad a los cautivos y la recuperación de la vista a los ciegos; pone en libertad a los oprimidos, y proclama el año de la buena voluntad del Señor" (véase Lucas 4:18-19), también haya considerado que la primera comunidad de fe de los discípulos de Jesús era una comunidad profética llena del Espíritu, que practicaba la justicia y el amor.

El texto en su contexto

Estaban juntos (v. 1). El texto está situado en un estratégico punto inicial de la descripción general que Lucas hace sobre la formación y la vida de la iglesia de Jerusalén en los capítulos 1 a 5 del Libro de los Hechos. El primer versículo del pasaje suscita nuestro interés por la evidente intención de los discípulos de permanecer juntos: "Cuando llegó el día de Pentecostés, todos ellos estaban juntos y en el mismo lugar" (Hechos 2:1). Acababan de pasar por una serie de experiencias traumáticas e increíbles, cuyo significado aún no llegaban a comprender totalmente. Habían perdido trágicamente en la cruz a Jesús (en quien habían creído y depositado su confianza como el Señor y el Cristo, que vino para establecer el reino de Dios). La crucifixión era la forma más grave de pena capital en el Imperio Romano. Y aún peor: deben haberse sentido avergonzados por el hecho insoportable de que uno de los componentes del grupo había traicionado al Señor, y porque ellos mismos no habían logrado ser discípulos fieles, ya que si daban a conocer su relación con Jesús podían poner en peligro su propia seguridad y supervivencia. Sin embargo, poco antes habían vivido los acontecimientos inesperados y extraordinarios de la resurrección y la ascensión de Jesucristo. Parecía que no sabían qué hacer, y su incapacidad de entender esta serie de experiencias singulares se refleja en el gesto de quedarse mirando "al cielo" para ver "como Jesús se alejaba" (Hechos 1:10).

La respuesta de los discípulos a esta serie de experiencias extraordinarias, que escapaban a su comprensión, fue orar y permanecer juntos. No importaba que constituyeran un grupo heterogéneo de pescadores, cobradores de impuestos, zelotes, hombres y mujeres. "Todos ellos oraban y rogaban a Dios continuamente" (Hechos 1:14). Estaban juntos como una comunidad desconcertada, no con la expectativa de ser dotados con poderes místicos o sobrenaturales, sino para celebrar juntos su esperanza en Dios en medio de temores, angustias e incertidumbres.

Una comunidad llena del Espíritu (vv. 2-4). Llegó el día de Pentecostés. Originariamente, Pentecostés es el nombre griego de la fiesta Judía de las Semanas, con la que concluía el período de siete semanas de la cosecha de cereales; y culminaba con la presentación de la ofrenda de los nuevos granos y otras dádivas al Señor (Levítico 23:15-16; Deuteronomio 16:9). Ese mismo día, los discípulos fueron bautizados con el Espíritu Santo (vv. 2-4), como Jesús lo había prometido (1:5). El Espíritu Santo vino sobre ellos con "un estruendo de fuerte viento" y "como lenguas de fuego". En la tradición bíblica el viento es un símbolo del Espíritu de Dios, que es espontáneo y restaurador (Ezequiel 37:9-10; Juan.3:8), y el fuego es la forma del descenso de Dios sobre el Monte Sinaí (Éxodo 19:18). La venida del Espíritu Santo recibe su metafórico sentido en asociación con el bautismo con fuego: "El los bautizará en Espíritu Santo y fuego" (Lucas 3:16).

El Espíritu Santo hizo posible que los discípulos hablaran en otras lenguas. A diferencia de la ininteligible glosolalia en la iglesia de Corinto (1 Corintios 14:2; 2 Corintios 12:1-4), a pesar de las diferencias, sintieron que tenían la aptitud de comunicarse unos con otros, lo que es fundamental a la hora de construir una comunidad. La maldición de Babel fue revocada (Génesis 11:1-9). Mientras en Babel se produjo una pérdida de comunicabilidad y de comprensión recíprocas debido a las diversas lenguas, en Pentecostés se restauró la comunicación y se abrió la posibilidad de comprensión mutua. Fue una celebración de su diversidad, que es un don de Dios, dado que se vieron a sí mismos como uno en la fe, el testimonio y la esperanza. El Espíritu Santo descendió sobre ellos como ráfagas de viento y lenguas de fuego. Son imágenes asociadas a la furia, la fuerza, la destrucción, la purificación, así como a la transformación y el cambio. Esto nos lleva a pensar que el reunirse y el estar juntos tiene, quizás, una finalidad distinta de la que caracteriza la formación de otras comunidades.

Una comunidad alternativa (vv. 5-11). La situación cambia pasando de dentro a fuera de la casa, de quienes hablan a quienes escuchan (2:5-11). La multitud de judíos, tanto los peregrinos de la diáspora como los residentes en Judea, se reunieron ante el irresistible sonido que promovía el Espíritu Santo. Se enumera una larga lista de países y pueblos, sugiriendo que venían de “todas las naciones bajo el cielo”. En términos generales, la lista hace referencia en primer lugar a personas de oriente y luego de occidente, después a los del norte seguidos por los del sur, dando la impresión de que la misión cristiana tiene algo que ver con “lo último de la tierra” (1:8).

Aquí es prominente la importancia de los “galileos”. Para asombro y vergüenza de los judíos de la diáspora, quienes dirigían este acontecimiento eran galileos (2:7). Por lo tanto, la misión de proclamar “las maravillas de Dios” (2:11) comienza desde los márgenes. Fueron los galileos, despreciados y marginados, que experimentaron el poder del Espíritu Santo y sirvieron como sus instrumentos señeros. En la narración que sigue, los galileos, que antes eran considerados como personas que no merecían respeto (Juan 1:46), son llamados “hermanos” (2:37) y posteriormente reconocidos como dirigentes que imparten enseñanza a la comunidad (2:42). La venida del Espíritu Santo tuvo como efecto la recuperación de esas personas marginadas, transformándolas en agentes creadores, abiertos a la posibilidad de lograr la unidad entre muy diversas personas desde el punto de vista lingüístico y cultural. No sólo se superaron los viejos estereotipos sociopsicológicos convencionales, sino que tuvo lugar una inversión del centrismo predominante en la comunidad. Fue una experiencia de unidad, de fraternidad humana auténtica, regida no ya por inútiles dinámicas de poder jerárquico, sino por el reconocimiento mutuo y la responsabilidad.

La unidad sólo es real y sólida en situaciones en las que el poder de unos pocos no se impone aplastando a otros. Nos sentimos abrumados por muchas expresiones y experiencias de formas opresivas de unidad. La unidad auténtica se apoya en un espíritu de humildad, honestidad, de aceptación de la diferencia del otro, así como conformando juntos visiones y objetivos comunes. Es sólo entonces cuando la unidad que tenemos en Cristo es un don del Espíritu. Como consta en los tres evangelios sinópticos, cuando Jesús rechaza el poder, recibe el Espíritu Santo y anuncia las buenas noticias del reino de Dios. Cuando rechazamos el poder que domina y destruye, el Espíritu Santo se abre camino hacia nosotros, ofreciendo nuevas posibilidades que benefician a la comunidad más amplia y no sólo a personas por separado o la realización personal.

La misión de la iglesia no está confinada a la tarea de dar nuestro testimonio, sino que tiene como objetivo lograr que personas y comunidades sean comunidades inclusivas, justas y abiertas. Un aposento alto, un sencillo rincón en los aledaños de Jerusalén, fue el lugar natal del movimiento creativo lleno del Espíritu: la iglesia. La misión desde los márgenes continúa en los capítulos siguientes del Libro de los Hechos, y se lleva a cabo siguiendo los pasos de la misión que da vida de Jesucristo, quien vino a servir y no a ser servido.

Los últimos dos versículos (12,13) dan cuenta de dos respuestas opuestas a esta asombrosa manifestación del poder del Espíritu Santo por medio de los galileos (12-13). Algunos, asombrados y perplejos, comenzaron a buscar el sentido de ese nuevo acontecimiento, mientras que otros, que permanecieron insensibles y apáticos, reafirmaron sus prejuicios tradicionales profundamente arraigados, llegando a insultar a los discípulos, a quienes tacharon de borrachos. Esta nueva comunidad se encuentra consigo misma y con quienes están en los márgenes y no con quienes están en lugares y posiciones de poder y privilegio, de ahí que llegue a ser objeto de sospecha y de sarcasmo.

Una comunidad profética (vv.14-36). Este pasaje, aunque no sea parte del texto sobre el que estamos reflexionando, está en el umbral de la narración subsecuente acerca de la génesis y la naturaleza de la primera iglesia, nacida del Espíritu profético. En el discurso siguiente (vv. 14-36), Pedro no solo cita al profeta Joel, que proclamó una visión igualitaria dotada del Espíritu. Además, Pedro asume la función de un profeta que critica a las autoridades ignorantes y arrogantes, tanto judías como romanas, por haber matado a Jesús (v. 23). Lo que sustentaba la unidad de la comunidad era su mutua responsabilidad, y su valor para ser distintos y resistir a las normas y los valores injustos y opresivos.

Una característica sorprendente de la comunidad fiel del Espíritu Santo fue el compartir  los bienes (vv. 37-47). La primera iglesia "lo compartían todo; vendían sus propiedades y posesiones, y todo lo compartían entre todos, según las necesidades de cada uno" (vv. 44-45). Compartir los bienes no era tanto una regla obligatoria, sino una acción espontánea, fruto de la compasión, "según las necesidades de cada uno". La descripción que hace Lucas podría ser un intento de presentar la primera iglesia como una comunidad ideal en la que se alcanzó el ideal de los filósofos griegos y helenísticos de una amistad verdadera, o como una comunidad fiel en la que se ha cumplido la promesa proclamada en las escrituras hebraicas de que "No habrá entre ustedes ningún mendigo" (Deuteronomio l5:4; Hechos 4:34). Lo que importa es que la acción de compartir propiedades y bienes conlleve la visión de justicia que genera una verdadera paz. La primera iglesia practicó la economía profética alternativa de compasión y solidaridad.

El texto en nuestro contexto

Muchos cristianos tienden a pensar en la obra del Espíritu Santo casi exclusivamente en una forma individualista estrecha, principalmente en relación con el milagro de hablar en lenguas. Sin embargo, el verdadero milagro del Espíritu Santo fue la construcción de una comunidad de fe que vivió concretamente la visión alternativa de justicia y paz. Lucas, que describió a Jesús en el Evangelio como el profeta ungido por el Espíritu, demostró en el Libro de Los Hechos que el ministerio profético de Dios continuó en la vida de la iglesia de Jerusalén, tanto individual como colectivamente. Jesús dijo: "Manténganse atentos y cuídense de toda avaricia, porque la vida del hombre no depende de los muchos bienes que posea". (Lucas 12:15). Esta es la sabiduría que guiaba a la primera iglesia, enriqueciéndola con vida abundante, gozo y alabanza. La primera iglesia no conocía el individualista "evangelio de la prosperidad" (5:1-11).

Recuperar la comprensión bíblica del Espíritu Santo es fundamental para la iglesia en el siglo XXI. El Espíritu profético es la madre de la iglesia, y esta iglesia está llamada a ser una comunidad, que puede diferenciarse en su ser y en sus acciones. Con demasiada frecuencia una perspectiva individualista y exclusivamente carismática eclipsa la faz profética del Espíritu Santo, empobreciendo nuestra comprensión de sus riquezas. Según la visión de Lucas, la sanación personal, la valiente proclamación del mensaje evangélico, y la práctica de una comunidad profética alternativa son aspectos que están inseparablemente vinculados en la vida de la iglesia (Hechos 2-4). Y las dimensiones terapéutica, kerigmática y profética están entrelazadas.

Lucas empleó una metáfora viva cuando describió la venida del Espíritu Santo como viento y fuego. La creatividad histórica del Espíritu Santo, al dar nacimiento a la primera iglesia, es de alguna manera evocadora de su creatividad cósmica. El Espíritu Santo, que creó la comunidad de fe en uno de los centros urbanos del mundo antiguo, también contuvo en su propia energía sagrada las fuerzas que obraron más allá del control humano, evocando incluso el indomable desierto (Hechos 8:26). En última instancia, la primera iglesia no fue tanto una institución autosuficiente y cerrada sino una nueva creación (2 Corintios 5:17), abierta al espacio trascendente de la vida que el Espíritu genera. Ni una concepción exclusivamente carismática, ni un racionalismo cerrado, hacen justicia a la riqueza del Espíritu Santo. Lo que sustenta la unidad es una visión común de una comunidad guiada por el Espíritu.

Preguntas para reflexión y debate

1. ¿Cuándo y cómo la unidad es un don del Espíritu?

2. ¿Cómo podemos volver a imaginar el poder en relación con expresiones auténticas de unidad?

3. ¿Qué es lo que hace que ustedes afirmen o nieguen el carácter profético de su iglesia?

4. Una prueba decisiva de la unidad verdadera es su capacidad de hacer posible el bien común y de crear nuevas realidades para todos, particularmente para los marginados y discriminados. Intercambien ejemplos que inspiren una verdadera unidad en el propio contexto.

5. ¿Es su iglesia suficientemente incluyente, especialmente cuando se trata de personas discapacitadas?

6. ¿Qué ejemplos existen de estereotipos del "otro/la otra", en su propia comunidad y cultura? ¿Cómo podemos evitar caer cautivos en esas trampas culturales opresivas?

7. ¿Cómo vemos la realidad de la migración: como un obstáculo o como una oportunidad para la unidad?

Oración

Dios de vida abundante,

Recordamos el día en el que creaste a la iglesia

como el día sorprendente de un nuevo comienzo en el poder del Espíritu Santo.

Bendícenos para que podamos ser renovados y fortalecidos

mediante la sanación y la energía profética del Espíritu Santo,

para que podamos servirte, así como al mundo con gozo, fortaleza y unidad.

Da a la iglesia el valor para luchar por la justicia y la paz,

dando testimonio de tu obra creadora de gracia y amor. Amén

La autora:

Hyunju Bae es profesora en el Departamento de Estudios del Nuevo Testamento de la Universidad Presbiteriana de Busán. Hyunju Bae es pastora de la Iglesia Presbiteriana de Corea.