World Council of Churches

Una comunidad mundial de iglesias que buscan la unidad, el testimonio común y el servicio

Usted está aquí: Inicio / Documentación / Fondo documental / Asamblea del CMI / Porto Alegre, 2006 / 2. Plenary presentations / Church unity / Norberto Saracco - presentación

Norberto Saracco - presentación

20 de febrero de 2006

Nuevas posibilidades para la búsqueda de la unidad visible un aporte desde las iglesias evangélicas de América Latina
Dr J. Norberto SARACCO

 

 

"De la misma iglesia tú eres,
si detrás del calvario tú estás,
si tu corazón es como el mío,
dame la mano y mi hermano eres ya"

Durante décadas la letra de este coro ha sido cantada por millones de evangélicos en toda América Latina. Fue algo así como un himno lema en encuentros y actividades en las que se encontraban hermanos y hermanas de diferentes denominaciones. Su teología ecuménica es sencilla: si estas detrás del calvario, eres de mi misma iglesia; si tu corazón palpita con el mío, eres mi hermano.

La simplicidad de esta afirmación reduce al mínimo siglos de discusiones ecuménicas, pero también ocultó la realidad de nuestras divisiones.

La diversidad y pluralidad, valores que rescatamos de nuestra herencia protestante, derivaron en fragmentación y polarizaciones. Estas han sido características de las iglesias evangélicas y para las pentecostales, casi un signo de espiritualidad.

Sin embargo, el presente es diferente. En los últimos años han sido las iglesias evangélicas, y en especial las pentecostales, las que más han trabajado en la búsqueda de la unidad visible de la iglesia. El fortalecimiento de las Alianzas o Federaciones Nacionales de iglesias, la formación de Consejos Pastorales en miles de ciudades, o los proyectos conjuntos de misión y evangelización, son solo algunos ejemplos de esto. Sabemos que no en todos los contextos es igual y que queda mucho por hacer, pero no sería justo dejar de reconocer esta verdad.

Para las iglesias evangélicas la unidad se da en la fidelidad a la Palabra de Dios y en la misión. Esto está expresado en el Pacto de Lausana: "Afirmamos que la unidad visible de la iglesia en la verdad es el propósito de Dios. La evangelización también nos invita a la unidad, puesto que la unidad fortalece nuestro testimonio, así como nuestra falta de unidad menoscaba nuestro evangelio de reconciliación".

La unidad para las iglesias evangélicas no está basada en el reconocimiento de una autoridad jerárquica, ni en dogmas, ni en acuerdos teológicos, ni en pactos institucionales. Debemos reconocer que este camino de ecumenismo ha llegado a su límite. Nos conocemos más que nunca, nos hemos dicho todo lo que teníamos que decirnos y entendemos a cabalidad las raíces de nuestras divisiones. ¿Cuál es el próximo paso? La agenda ecuménica deberá dejar de estar atada al pasado y abrirse a un ecumenismo del futuro. En una iglesia viva y dinámica, como la de América Latina, hay un ecumenismo del Pueblo de Dios que dice, como la canción del principio: si tú y yo estamos detrás de la cruz, pertenecemos a la misma iglesia, dame, entonces, la mano, caminemos juntos, tu eres mi hermano. Reconozco que esta simplicidad ecuménica puede resultar perturbadora, pero no tiene otro fin más que el de romper la inercia de un ecumenismo estancado.

¿Por qué no abrirnos a la realidad de millones de cristianos que no entienden de nuestras divisiones? De hecho, en las últimas décadas hemos asistido al debilitamiento de las estructuras confesionales. Ha habido una globalización de la experiencia religiosa. Las líneas de autoridad, fidelidad y espiritualidad cruzan transversalmente las diferentes confesiones. No ignoramos lo s peligros de esta nueva situación, pero también nos preguntamos: ¿No será, quizás, un soplo del Espíritu? ¿No estará creando Dios algo nuevo y no nos dimos cuenta?

Se nos pregunta: ¿Cómo pueden relacionarse las iglesias evangélicas con la comunidad de iglesias que integran el Consejo Mundial de Iglesias?

Planteada así la pregunta, la diversidad de iglesias evangélicas y la diversidad de las iglesias del Consejo, hace imposible su respuesta.

Sin embargo, podemos avanzar en algunas líneas que harán posible esta relación.

1. Necesitamos actitudes honestas de mutuo respeto y valoración. En el pasado las iglesias evangélicas en América Latina hemos "evangelizado" exponiendo las debilidades de la Iglesia Católica. Hoy ya no es así. Tampoco supimos comprender, en su tiempo, la lucha de nuestros hermanos y hermanas que en los años setenta arriesgaron sus vidas por ser testigos de Jesucristo, su justicia y verdad. Desde entonces más de una vez nos hemos arrepentido en privado y en público. Sin embargo, se hace difícil la unidad cuando nuestros hermanos nos tratan como sectas, ven a los pentecostales como un peligro, e interpretan el crecimiento de las iglesias evangélicas como el avance de la derecha belicista. No es con caricaturas y prejuicios que se construye la unidad.

2. Es necesario comprender que el mapa religioso del mundo ha cambiado y que el mapa del cristianismo ha cambiado. El potencial de la iglesia ha pasado del Norte al Sur. El hecho de que esta asamblea se realice en esta ciudad no es casual. Tenemos, entonces, los cristianos de esta parte del mundo, la impostergable oportunidad de hacer visible nuestra unidad en Cristo en el compromiso cotidiano de la misión. Nuestros pueblos empobrecidos, nuestras tierras saqueadas y nuestras sociedades atadas por el pecado, nos desafían. Es posible un ecumenismo de la misión, en la medida en que Jesucristo sea proclamado como Salvador y Señor y el evangelio se presente en una perspectiva integral. Creemos que la centralidad de Jesucristo marca la diferencia entre la misión de la iglesia y la compasión religiosa. Seamos claros, América Latina necesita a Jesucristo y en la misión de anunciar esta verdad deberíamos encontrarnos. 

3. Aceptar nuestra diversidad como expresión de la multiforme gracia de Dios. Hay distintas maneras de ser iglesia y en los últimos tiempos tal diversidad se ha multiplicado. Un buen ejercicio ecuménico será saber cuál es el límite de la diversidad que estamos dispuestos a aceptar. Pero, aceptación sin trampas, sin iglesias de primera y segunda categoría. Aceptación sin juego de palabras eclesiológico (comunidades de fe, comunidades eclesiales, iglesias, etc.) que pretenden ocultar nuestra incapacidad para reconocer al otro como parte de la única iglesia.

4. Permítanme concluir con una pregunta: ¿Y si probamos con el Espíritu? Hemos consumido mares de tinta y toneladas de papel escribiendo sobre la unidad. No han sido tiempo, fuerzas ni recursos perdidos. Pero, hasta aquí hemos llegado. ¿No será el tiempo de un nuevo Pentecostés? Solo una iglesia llena del Espíritu verá caer las barreras raciales, sexuales, económicas y eclesiales. Sólo vidas llenas del Espíritu dejarán de llamar "impuro" e "inmundo", lo que Dios ha santificado, y dejarán de considerar "santo" lo que es inmundo. 

La unidad de la iglesia será obra del Espíritu o no será.