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De la solidaridad a la responsabilidad

30 de noviembre de 1998

Carta a la Octava Asamblea del Consejo Mundial de Iglesias de las Mujeres y los Hombres Participantes en el Festival del Decenio Ecuménico de Solidaridad de las Iglesias con las Mujeres

Queridas hermanas y queridos hermanos en Cristo:

Nosotras y nosotros, miembros del cuerpo de Cristo, procedentes de diferentes partes del mundo y pertenecientes a diferentes confesiones, reunidos en el Festival del Decenio, los saludamos en nombre de Jesucristo.Alabamos y damos gracias a Dios por el don del Decenio Ecuménico de Solidaridad de las Iglesias con las Mujeres iniciado por el Consejo Mundial de Iglesias hace 10 años. Este Decenio permitió crear un espacio para que las mujeres pudieran compartir su espiritualidad, sus luchas cotidianas y sus dones. Sin embargo, las Cartas Vivas que se les enviaron hace cinco años pusieron en evidencia la dolorosa realidad: muchas iglesias no habían tomado debidamente en serio este proceso. Venimos, pues, una vez más como una carta viva, para invitar a las iglesias participantes en esta Asamblea del Jubileo a unirse a nosotras y renovar nuestro compromiso en favor de una auténtica comunidad cristiana basada en el Evangelio. No se trata de una opción, sino de un mandato del Evangelio.

Ahora que llegamos al final de este camino, tenemos que reconocer que el Decenio de Solidaridad de las Iglesias con las Mujeres ha sido un decenio de solidaridad de las mujeres con las mujeres. El estar juntas en el Festival nos hizo recordar la herencia que hemos recibido de nuestras antepasadas: la espiritualidad de "no resignarnos". Sobre las alas del Espíritu Santo, pasamos de la solidaridad a la responsabilidad confiando en la promesa de que Dios no nos abandona. Y con fuerzas renovadas ahora podemos regocijarnos.

Por medio de las Cartas Vivas hemos escuchado y oído a nuestras hermanas responder a la pregunta de Jesús: "Mujer, ¿por qué lloras?" Las mujeres respondieron revelando su dolor secreto debido al aislamiento, la injusticia económica, los obstáculos a la participación, el racismo, el fundamentalismo religioso, el genocidio étnico, el acoso sexual, el SIDA y la violencia contra las mujeres y los niños. Lamentamos esta situación . Buscamos en las Escrituras, oramos y encontramos que el Espíritu Santo intercede con gemidos indecibles (Ro 8:26). Reconfortadas, hemos comenzado nuestro camino hacia la curación.

Ante nuestras hermanas jóvenes, reconocemos que a veces las hemos dejado de lado. Aceptamos de todo corazón su desafío: afirmar sus dones y apoyarlas para que asuman la herencia que les transmitimos: no resignarse. Con anticipación, nos alegramos por el compañerismo y la solidaridad que estamos construyendo.

Apreciamos la solidaridad expresada por nuestros hermanos y los dirigentes de iglesia que han recorrido el camino con nosotras. Juntos, tratamos de dar vida a la afirmación bíblica de que hemos sido creados, hombre y mujer, a imagen de Dios (Gen 1:27) y a la visión bautismal según la cual "ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay varón ni mujer porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gl 3:28).  

NUESTRA VISIÓN Y NUESTRO COMPROMISO

Nosotras y nosotros, mujeres y hombres participantes en el Festival del Decenio, nos comprometemos a cumplir la misión de Dios y a construir un mundo donde todo el pueblo de Dios pueda tener vida en abundancia, compartir equitativamente los recursos del mundo, vivir en armonía con la creación y reconocernos unos a otros como creados a imagen de Dios.

ESTO SIGNIFICA QUE SOSTENEMOS FIRMEMENTE la visión de una comunidad humana donde se valore la participación de todos y cada uno, donde nadie sea excluido por razones de raza, sexo, edad, religión o práctica cultural, donde se celebre la diversidad como don de Dios al mundo.

CON ESTE PROPÓSITO, nosotras y nosotros, mujeres y hombres participantes en el Festival del Decenio, instamos a nuestras iglesias, participantes en la Octava Asamblea, a hacer suya esta visión y a dedicar los recursos del CMI para crear programas, materiales educativos, redes y oportunidades para apoyar y capacitar a las mujeres.

Instamos a nuestras iglesias a dedicar tiempo y energía a la lucha contra los males de la dominación y la discriminación. Las exhortamos a estar atentas para evitar toda forma de exclusión en las estructuras y prácticas de la iglesia. Incluyamos en nuestras iniciativas:

  • oportunidades y programas de educación teológica para las mujeres, que hagan honor a sus voces y experiencias;
  • programas teológicos que incluyan las perspectivas de las mujeres y estudios sobre las cuestiones de género;
  • oportunidades y programas de educación teológica para las mujeres, que hagan honor a sus voces y experiencias;
  • programas teológicos que incluyan las perspectivas de las mujeres y estudios sobre las cuestiones de género;
  • liturgias, y orientaciones en materia de género y lenguaje que confirmen y afirmen a todos los participantes;
  • políticas que promuevan un equilibrio de género, edad y raza en los cargos y funciones de dirección, así como el respeto de las identidades culturales de las personas.

Reconocemos que diversos temas éticos y teológicos, como la ordenación de la mujer, el aborto, el divorcio y la sexualidad en toda su diversidad repercuten en la participación y son difíciles de abordar en la comunidad de la iglesia. Durante el Decenio, la sexualidad humana en toda su diversidad se planteó como una cuestión particularmente importante. Condenamos la violencia que se perpetúa debido a diferencias de interpretación. Nos hemos debatido con ese problema, conscientes de la angustia que todas y todos sentimos por el potencial de división que entraña. Reconocemos que hay diferencias de opiniones sobre este tema entre hombres y mujeres. De hecho, para algunas mujeres y algunos hombres de nuestras comunidades, no se justifica plantear esa cuestión. Pedimos la sabiduría y la guía del Espíritu Santo para poder continuar nuestro diálogo, a fin de que prevalezca la justicia.

SOSTENEMOS CON FIRMEZAla lucha por la eliminación de toda violencia en sus diversas formas (sexual, religiosa, psicológica, estructural, física, espiritual, militar) y de la cultura de la violencia, sobre todo la violencia que afecta a la vida y la dignidad de las mujeres. Declaramos nuestra decisión de oponernos a cualquier intento de disculpar, disimular o justificar la violencia. Nosotras y nosotros, mujeres y hombres participantes en el Festival, declaramos que la presencia de la violencia en la iglesia es una ofensa contra Dios, contra la humanidad y contra la tierra.

CON ESTE PROPÓSITO, exhortamos a esta Octava Asamblea a que anuncie al mundo que la violencia contra la mujer es un pecado. Conscientes de nuestra responsabilidad ante Dios y ante nosotras mismas, recomendamos que el tema de la Asamblea, Buscad a Dios con la alegría de la esperanza, sea una oportunidad de arrepentimiento por la participación de la iglesia en esa violencia, y de renovación de nuestras teologías, tradiciones y prácticas en favor de la justicia y la paz entre mujeres, hombres y niños en nuestros hogares y comunidades. La Novena Asamblea debería ser una ocasión para que todos nosotros, nuestras iglesias y el CMI rindiéramos cuentas de lo que hemos hecho a este respecto.

Y que entre nuestras iniciativas se incluyan:

  • La creación de oportunidades y espacios para que las mujeres puedan hablar sin temor sobre la violencia y los abusos que padecen, rompiendo así la cultura del silencio.
  • La denuncia de todo abuso sexual, especialmente los cometidos por quienes ocupan posiciones dirigentes en la iglesia.
  • El establecimiento de procedimientos para restaurar la justicia, en los que tanto las víctimas de la violencia como sus perpetradores, tras reconocer la verdad, puedan experimentar el poder del perdón y de la reconciliación.
  • La eliminación de toda justificación bíblica y teológica para el uso de la violencia.
  • La denuncia de todas las iniciativas de guerra, adoptando medidas para quitar legitimidad a la guerra y buscando otros medios no violentos para resolver los conflictos.
  • La denuncia de la mutilación genital femenina, el turismo sexual y el tráfico de mujeres y niños.

SOSTENEMOS CON FIRMEZA la visión de un mundo en el que reine la justicia económica, donde la pobreza ya no sea tolerada ni justificada, donde los pueblos del Sur y el Este prosperen junto con los del Norte y del Oeste, donde se restablezca el equilibrio del poder y la riqueza, y donde las mujeres y los niños ya no sean sometidos a trabajos forzados y deshumanizantes.

CON ESTE PROPÓSITO, denunciamos las condiciones económicas y políticas que generan el desarraigo de los pueblos y el éxodo de los trabajadores migrantes y refugiados. Instamos a las iglesias participantes en esta Octava Asamblea del Jubileo a que declaren que la pobreza y todas sus consecuencias deshumanizantes constituyen un escándalo contra Dios. Imploramos a nuestras iglesias que hagan todo lo que esté a su alcance, con el poder y la responsabilidad otorgados por Dios, para desenmascarar las fuerzas económicas de la muerte y la destrucción; que denuncien que la opresiva economía mundial, la liberalización de los mercados y los consiguientes recortes de los servicios sociales son contrarios a Dios; y que cumplan el propósito creador de Dios de que seamos administradores responsables de la creación. Exhortamos al CMI y sus iglesias miembros a que se adhieran a la Plataforma de Acción de las Naciones Unidas, aprobada en Beijing, y al Decenio de las Naciones Unidas para la Erradicación de la Pobreza 1997-2007, y a trabajar con otras organizaciones no gubernamentales en este programa común. Instamos a nuestras iglesias a elevar juntas sus voces contra todo vestigio del colonialismo y toda forma de neocolonialismo, así como contra la injusta y no deseada injerencia de Estados y otros poderes en los asuntos internos de otras naciones. Y las instamos a que pidan al Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional que suspendan inmediatamente todos los programas de ajuste estructural que afectan a los más vulnerables, especialmente a las mujeres y los niños.

Y que entre nuestras iniciativas se incluyan:

  • una petición, con motivo de esta Asamblea del Jubileo, en favor de la condonación de las deudas internas y externas de las naciones más pobres del mundo, para que los recursos así liberados sean utilizados para mejorar la calidad de vida de los pobres, particularmente las mujeres y los niños;
  • el establecimiento en el contexto de las iglesias a niveles local, regional y nacional, de programas específicos sobre cuestiones económicas;
  • la exigencia de que se adopten leyes para proteger los derechos de las mujeres a la propiedad y otros, como los derechos reproductivos;
  • la creación de sistemas económicos justos y estructuras eclesiales y sociales equitativas, a fin de que las mujeres y los hombres juntos puedan conocer las bendiciones de la justicia, la retribución igual por trabajo igual, salarios seguros y suficientes y formas de empleo dignas.


Declaración sobre la Violencia y el Racismo

Nosotras y nosotros, mujeres y hombres participantes en el Festival, declaramos que la plenitud de la vida en Cristo y la oración de Cristo por la unidad requieren la participación de las mujeres, la eliminación de la violencia contra las mujeres y que la imagen de Dios presente en la mujer sea reconocida y honrada.

Declaramos, además, que la plenitud de vida en Cristo y la oración de Cristo por la unidad sólo son posibles cuando ninguna raza se considera superior a otra, cuando las iglesias en nombre de Cristo impugnan todo acto de limpieza étnica, las atrocidades cometidas por diferencias de casta, la xenofobia y el genocidio. Declaramos que el racismo y el etnocentrismo son contrarios a la voluntad de Dios y no tienen lugar en la familia de Dios.

El CMI y sus iglesias miembros deben mantener firmemente el compromiso de erradicar el racismo en todos los contextos. Instamos al CMI y a sus iglesias miembros a que eleven con fuerza su voz de solidaridad con los pueblos indígenas y las comunidades negras, y apoyen programas y organizaciones como SISTERS (Hermanas en Lucha para Eliminar el Racismo y el Sexismo) y ENYA (Red Ecuménica de Acción Juvenil) que tratan de cumplir la visión bíblica de un mundo en el que "ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús."  

A LOS DIRIGENTES DE LAS IGLESIAS

En el espíritu de las Cartas Vivas, nos dirigimos particularmente a ustedes, dirigentes de iglesias que asisten a esta Asamblea. Sabemos que Dios y la comunidad de la iglesia les han confiado poder y autoridad.

En un mundo donde el abuso de poder, el ejercicio arrogante de la autoridad y la prevaricación son cada vez mayores, recordamos las palabras de Jesús: "pero entre vosotros no será así". Sin embargo, las visitas efectuadas durante el Decenio han puesto de manifiesto que esos abusos existen en muchos círculos. Nosotras, las mujeres, hemos sido y seguimos siendo las víctimas de estos abusos. Afirmamos que no los toleraremos nunca más. Invitamos a todos los dirigentes de iglesia a ser ejemplo de la autoridad de Dios en Cristo, ejerciendo su poder no sobre el pueblo de Dios sino con él, para el enriquecimiento de todos.

CON ESTE PROPÓSITO, los invitamos a que emprendan acciones para acabar con los desequilibrios por razones de género que existen en sus instituciones, y para que las mujeres tengan acceso en pie de igualdad a todos los niveles de administración en las iglesias y las organizaciones ecuménicas. Los instamos a que alienten a las mujeres para que asuman funciones de liderazgo y las apoyen para que puedan ofrecer nuevas concepciones y modalidades de ejercicio del poder.  

A TODAS LAS MUJERES DE LA ASAMBLEA

Nosotras, las mujeres del Festival las invitamos a unirse a nosotras en la visión y asumir el compromiso de esta carta. En el Festival, mujeres de todas partes del mundo derramamos lágrimas por las ofensas y los sufrimientos que hemos vivido. En esas lágrimas, nos reconocimos mutuamente, de un continente a otro y de un país a otro. Nos miramos unas a otras, y prometimos permanecer juntas y seguir adelante. Las lágrimas y las vivencias de ustedes son nuestras lágrimas y nuestras vivencias. Las invitamos a trabajar, orar y soñar con nosotras por el mundo de la promesa de Dios.

Las jóvenes presentes en el Festival nos recordaron que este nuevo mundo no será posible si las mujeres se contentan simplemente con intercambiar funciones con los hombres en los sistemas de dominación y opresión. Y lo dijeron con claridad. Conciben nuevos modelos de organización donde el poder sea compartido y se escuche a todos. Prevén nuevas formas de colaboración solidaria en las que el líder es quien ayuda a los demás a realizarse. Ven una iglesia donde las mujeres jóvenes y las mayores trabajen juntas, y donde cada una de ellas sea reconocida por lo que es y por lo que puede ofrecer.

Éste es un nuevo día. Ésta es una iglesia renovada y una comunidad de fe transformada, y por el poder del Espíritu Santo nos unimos a ustedes en su creación.  

A LOS HOMBRES DE LA ASAMBLEA

Nosotros, los hombres participantes en el Festival, nos dirigimos a ustedes, los hombres participantes en esta Asamblea. Es imposible expresar con palabras la gozosa esperanza que reinó durante esos días del Festival, a pesar de la evocación de los sufrimientos padecidos por las mujeres. Los hombres tenemos que afrontar la realidad de nuestra complicidad en ese sufrimiento, en las culturas de violencia y dominación que lo han generado. Como individuos, no podemos desentendernos de ese mal, ni pretender estar libres de su poder e influencia.

Invitamos a los hombres participantes en la Asamblea a unirse a nosotros en un proceso de confesión y arrepentimiento, tratando de buscar a Dios para ser transformados. Nuestras hermanas en la fe han roto su silencio, exponiendo la verdad de nuestras acciones. Sin embargo, en medio de esa realidad, no sentimos ánimo alguno de recriminación y de reproche sino que escuchamos una generosa invitación a vivir la libertad, que es un don para todos nosotros, por Dios en Cristo. 

A LOS JÓVENES Y LOS NIÑOS DE LAS IGLESIAS

Nosotras y nosotros, mujeres y hombres participantes en el Festival, hemos escuchado sus interpelaciones y nos hemos sentido estimulados e inspirados por sus visiones y compromisos. Les brindamos nuestra espiritualidad, la de "no resignarse", mientras no exista una iglesia donde se les considere no sólo los protagonistas del mañana, sino como personas que han recibido dones de Dios para hoy. También nos comprometemos a hacer todo lo que esté a nuestro alcance para liberarlos del abuso y de la violencia, de la injusticia económica y social. Buscamos su participación y orientación en el camino hacia una iglesia y una sociedad justas y sin exclusiones.

En conclusión, esperamos que pueda concertarse un plan claro para la prosecución de la labor del Decenio. Sugerimos que los próximos diez años sean un decenio de acción y reflexión teológica, y que se lleve a cabo un foro a mediados del decenio y una evaluación al final.

Les pedimos que reciban esta carta en el espíritu de las Cartas Vivas que la precedieron. Los invitamos a orar y a dirigirse con nosotros a la fuente de toda vida, donde fluye sin cesar agua vivificante y refrescante, "abriendo nuevos senderos, limpiando, sanando, conectando, alimentando las raíces de nuestros sueños... para que nunca se sequen".

Festival del Decenio Ecuménico
Visiones más allá de 1998

Harare, Zimbabwe
27-30 de noviembre de 1