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Denmark, Copenhagen; 13 December 2009..About 5000 people were crammed in and around Copenhagen´s city square on Sunday morning to see Archbishop Desmond Tutu hand over more than half a million signatures to UN Climate Chief.

Copenhagen 13 December 2009: About 5000 people were crammed in and around Copenhagen´s city square on Sunday morning to see Archbishop Desmond Tutu hand over more than half a million signatures to UN Climate Chief. 

 

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Desmond Mpilo Tutu fue un personaje único. Su risa y su sentido del humor contagiosos han ayudado a resolver muchas situaciones críticas en la vida política y eclesiástica de Sudáfrica. Tenía la habilidad de superar casi cualquier obstáculo. Compartió con nosotros la alegría y la gracia de Dios muchas veces y fue un hombre de Dios con todas las singularidades que eso implica.

Era humilde. Recuerdo presenciar sus emociones cuando, como presidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación (CVR) de Sudáfrica, durante horas, semanas y meses escuchó con atención los lamentos y penas de miles de víctimas negras del apartheid. En ese momento se convirtió en pastor de la nación. Nelson Mandela le encomendó esta abrumadora tarea en 1994. En la sesión de apertura, Tutu habló con un brevedad atípica: “Por una vez”, dijo, “el arzobispo no tiene mucho que decir. Gracias a Dios”.

Desmond ha sido esencial para el desarrollo de la noción de Ubuntu: una persona es una persona gracias a otras personas. Esta noción entraña respeto y responsabilidad mutua. Se convirtió en un principio rector de la CVR y ha sido escrito en la constitución sudafricana.

Tutu enfatizó repetidas veces el papel central de perdón de la CVR. No hay futuro sin perdón. “Solo se puede ser humano en una sociedad humana. Si se vive con odio en el corazón, no solo se deshumaniza uno mismo, sino a la comunidad”. Pero esta visión – y la de Mandela – no la compartían todos. Otras personas decían que era mucho pedir para muchas personas, especialmente para quienes sufrieron y recibieron abusos. Algunos otros sostenían con más modestia que lo único que se puede hacer es aprender a vivir juntos y respetarse unos a otros.

En la década de 1970, Desmond y yo fuimos colegas en el CMI. Él trabajaba para el Fondo de Educación Teológica (FET) en Londres, mientras yo trabajaba en el controvertido Programa para Combatir el Racismo (PCR) en Ginebra, que apoyaba el movimiento de liberación. No siempre estuvimos en la misma frecuencia. En aquel momento Desmond debía ser cauteloso de no hablar muy francamente acerca del régimen de Pretoria para no quemar los puentes de regreso a casa. Pero su actitud cambió radicalmente después de su regreso a Sudáfrica, cuando fue nombrado decano de Johannesburgo en 1975 y obispo anglicano de Lesoto un año después, y luego Secretario General del Consejo Sudafricano de Iglesias (CSAI) y, finalmente, el primer arzobispo negro de Ciudad del Cabo (1987).

En los ochenta, cuando la lucha contra el apartheid llegó a su punto más álgido, Desmond fue intrépido al predecir un gobierno negro: “Necesitamos a Nelson Mandela”, dijo en abril de 1980, “porque casi con seguridad será el primer primer ministro negro”. La comunidad internacional reconoció su valentía y autoridad moral cuando le otorgó el Premio Nobel de la Paz en 1984.

Junto con muchos otros líderes eclesiásticos en Sudáfrica, Desmond estuvo en la línea de frente de la lucha ejerciendo su liderazgo a nivel local y nacional. Las iglesias se convirtieron en lugares de reunión y centros de información. Desmond no tenía miedo de hablar con la verdad, directamente y con humor, a quienes estaban en el poder. Era implacable.

A finales de los ochenta, el presidente Botha impuso un nuevo estado de emergencia en toda la nación confiriendo a la policía muchos más poderes. El liderazgo negro estaba escondido o en la cárcel. Las únicas reuniones permitidas ocurrían en las iglesias. En ese momento, Tutu, como obispo de Johannesburgo, dio un sermón combativo en la catedral, preguntando con sus brazos abiertos, “¿porqué estamos permitiendo que se destruya este país?”

Cuando la liberación llegó finalmente y el parlamento electo democráticamente inició su trabajo, exclamó “Amo este sueño. Uno se sienta en el balcón y puede ver y contar a todos los terroristas abajo. Están ahí sentados aprobando leyes. ¡Es increíble!” No dejó de denunciar la injusticia, la corrupción y el abuso de poder. Cuando los miembros del parlamento fueron criticados por aceptar salarios altos, Tutu comentó: “El gobierno detuvo el tren de ganancias fáciles el tiempo suficiente para subirse en él”. Esta y muchas otras declaraciones le merecieron muchas críticas del nuevo gobierno.

Recordaré a Desmond Tutu ante todo como un amigo y colega que nos hizo recordar una y otra vez que, en vez del racismo, la separación y la alienación, “Dios nos hizo para la hermandad, la koinonia, para la unión, sin destruir nuestra singularidad, nuestra identidad cultural”.

 

Baldwin Sjollema

Trabajó de 1958-1981 en las oficinas principales del Consejo Mundial de Iglesias en Ginebra, Suiza, primero como Secretario Ejecutivo del Secretariado de Migración del CMI (1958-1969) y después, en 1970 tomó el puesto de Director del recién creado Programa para Combatir el Racismo (PCR) del CMI.