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Fecha del documento: 18.10.2010
Un desafío teológico a la persistencia del racismo, la discriminación por razón de casta y otras prácticas excluyentes

Declaración de la Conferencia del CMI sobre el racismo hoy y los motivos para un compromiso ecuménico continuo, Cleveland, Ohio, 26-29 de agosto de 2010

El texto teológico que sigue se elaboró en respuesta a las deliberaciones de la conferencia sobre “El racismo hoy y los motivos para un compromiso ecuménico continuo”, celebrada en Cleveland, Ohio, del 26 al 30 de agosto de 2010. Treinta participantes de quince países, entre los que figuraban clérigos y laicos, mujeres y hombres, académicos y activistas comprometidos en cuestiones de reconciliación racial y otros problemas de derechos humanos, asistieron a esta conferencia patrocinada por el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) en asociación con la Iglesia Unida de Cristo de los Estados Unidos de América y Kerk in Actie de los Países Bajos. En Cleveland, celebramos el culto, meditamos sobre algunos pasajes bíblicos, y escuchamos informes y presentaciones sobre la persistencia del racismo en varios países, así como  sobre el impacto de la discriminación por razón de casta en la India y sobre la experiencia de la discriminación contra la población romaní en Europa. Escuchamos también informes sobre el compromiso de las iglesias en actividades contra el racismo en Europa y los Estados Unidos.

Como resultado de lo que escuchamos sobre las formas en que la discriminación en sus distintas expresiones sigue afectando a los miembros de nuestras iglesias y sociedades, estamos convencidos de que las iglesias dejarían de cumplir su misión si no prestaran atención al grito de quienes sufren bajo la opresión del racismo y otras formas de exclusión. En esta justificación teológica se incluye una lista de estrategias de acción que se proponen para ayudar a las iglesias comprometidas en la labor de poner fin a la discriminación en nuestras iglesias y nuestras sociedades.


La persistencia de la discriminación

Pese a la pretensión de que en muchas naciones se ha llegado a una realidad “post-racial”, el racismo y otros instrumentos similares de discriminación continúan afectando a muchas poblaciones de todo el mundo. Personas de origen africano, los dálit en el sur de Asia, los pueblos indígenas y las minorías étnicas, lingüísticas y religiosas en muchos lugares del mundo siguen estando más marginados que antes debido a las nuevas condiciones económicas, políticas y sociales que ha propiciado el mundo actual. Esto es verdad incluso aunque el activismo pro derechos humanos y los movimientos de liberación han avanzado mucho en poner de relieve estos problemas y se ha promulgado alguna legislación intentando proporcionar soluciones. Persiste el legado de la discriminación y las prácticas excluyentes, si bien a veces en formas menos evidentes que en el pasado. La presencia de estas formas insidiosas de exclusión económica, social, cultural y política agudizan la necesidad de que continúe la lucha contra las prácticas discriminatorias deshumanizadoras y de que nuestras iglesias asuman una función más directiva para combatirlas en sus formas y disfraces antiguos y nuevos.


El racismo es pecado

El racismo, la discriminación por razón de casta y otras prácticas excluyentes son inherentemente pecado porque son, a distintos niveles, la subversión del doble mandamiento: ‘amar a Dios y a nuestro prójimo como a nosotros mismos’ (Mateo 20:37-39). Estas prácticas excluyentes son expresiones de una autodeificación por parte de quienes las practican y, por lo tanto, violan el primer mandamiento (Éxodo 20:3) que establece que no podemos tener otros dioses distintos del Único Dios Verdadero, que crea, redime y sostiene a todos, tanto a nosotros como a los que consideramos “ellos”. Estas formas de discriminación niegan el testimonio bíblico de Génesis 1:26-27, que afirma que el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. Estas dañosas prácticas excluyentes demuestran la realidad de que las divisiones construidas socialmente que ideamos para separarnos unos de otros no tienen lugar en Cristo (Gálatas 3:28). El racismo, la discriminación por razón de casta y otras formas de discriminación fomentan el odio y la violencia que son la antítesis misma del fruto del Espíritu (Gálatas 5:22) y la negación de nuestra fe en Dios que nos dio la vida y envió a su hijo para asegurar la vida para todos, en toda su abundancia (Juan 10:10).

Estas prácticas pecadoras de exclusión deshumanizadora se rigen por una negación de la bendición de la rica diversidad dentro de la misma creación, en la que se nombró y declaró “buena” cada especie de ser viviente (Génesis 1). La diversidad dentro de esa creación buena es un reflejo del valor de la diversidad dentro de la vida misma del Dios Uno y Trino que crea, conserva y ama en libertad y abundancia. El testimonio bíblico nos impone celebrar la bienaventuranza de la diversidad como un don (Romanos 12) destinado a bendecir a las iglesias y las comunidades que lo acogen. En cada momento y en cada lugar en que rechazamos estas oportunidades de fecundidad y abundancia de Dios, negamos la naturaleza misma del Dios a quien afirmamos profesar.


Las respuestas de las iglesias

Señalamos y elogiamos los múltiples medios con que algunas de nuestras iglesias han trabajo diligentemente no sólo para combatir distintas formas de discriminación, sino para iniciar también programas encaminados a promover una mayor comprensión y aceptación recíprocas por encima de las diferencias culturales y religiosas. Sin embargo, las iglesias no han hecho todo lo que debieran para combatir prácticas de exclusión racial y de otro tipo dentro de nuestras propias filas. Es ésta una situación que no puede continuar si queremos que las iglesias tengan alguna credibilidad en su pretensión de ser el Cuerpo de Cristo. Debido a que la discriminación racial y de otro tipo implica, por su misma naturaleza, niveles de marginación económica, social y política que crean profundos sufrimientos y penalidades a lo largo de toda una vida, nuestras iglesias locales y nacionales no pueden seguir ignorando esta angustiosa realidad en la que hombres, mujeres y niños, hijos de Dios, están condenados a vivir. Todo el Cuerpo de Cristo tiene la tarea profética de denunciar de palabra y obra todas las formas y expresiones de existencia que constringen la realidad de la vida abundante que Dios nos ofreció en Jesucristo. El que no actuemos así constituye una desobediencia al Dios a quien tratamos de servir por medio de un discipulado fiel.

Un discipulado fiel en un mundo discriminatorio

El discipulado fiel refleja la naturaleza del amor de Dios y configura la actitud de Jesucristo, en pensamiento, palabra y obra, con respecto a la humanidad y a toda la creación. El discipulado, enraizado en los principios de la justicia, la reconciliación y la unidad, puede transformar las iglesias locales y nacionales. Las comunidades de fe transformadas pueden, a su vez, contribuir a la eliminación del racismo y otras formas de discriminación en nuestras relaciones interpersonales y en las estructuras sociales que enmarcan nuestras vidas.

Algunas de nuestras iglesias siguen definiéndose a sí mismas como lugar donde se predica correctamente la Palabra de Dios y se administran adecuadamente los sacramentos. Sin embargo, esta noción restrictiva de la naturaleza de la iglesia no reconoce que la predicación de la Palabra y la administración de los sacramentos no son fines en sí mismas, sino medios de gracia a través de los cuales nos fortalecemos para vivir según las exigencias del discipulado cristiano. A través de estos medios de gracia adquirimos poder para poner en práctica nuestro amor al prójimo atendiendo a las necesidades espirituales, corporales y comunitarias de quienes están cerca y lejos. Cuando se permite que persistan el racismo, la discriminación por razón de casta, el etnocentrismo, la marginación de los pueblos indígenas, los prejuicios contra el pueblo romaní y el sentimiento antimusulmán en formas tanto evidentes como sutiles, las iglesias locales y nacionales han abandonado su misión. Cuando los discípulos de Cristo no ponen en tela de juicio sus prejuicios personales, las prácticas discriminatorias y las estructuras sociales deshumanizadoras que existen en medio de ellos, cuando las iglesias han dejado que se apague su luz, su sal ha perdido su sabor y la gloria de Dios ha quedado obscurecida.

El costo de la negación continua o la ignorancia de la realidad o prevalencia del racismo, la discriminación por razón de casta y otras prácticas excluyentes es la muerte de los más vulnerables de nuestras sociedades. Estas negaciones condenan a millones de personas a la pobreza extrema y crean disparidades devastadoras en el acceso al poder económico y político, las oportunidades de educación, una atención de salud de buena calidad, vivienda decente, empleo remunerado, un medio ambiente sin contaminación y otros beneficios de la sociedad civil. Tales negaciones implican que demasiados niños y jóvenes verán arrebatado su potencial por una muerte prematura a causa de enfermedad, una violencia sin sentido, un encarcelamiento prolongado o un sentimiento permanente de desesperación.

La movilización contra la exclusión como expresión del discipulado

Admitimos que puede ser más fácil hablar sobre el “racismo” en abstracto, pero mucho más difícil reconocer la existencia efectiva y las actividades de personas racistas dentro de nuestras propias comunidades. Sin embargo, como discípulos fieles debemos amar no sólo espiritualmente, sino también expresar ese amor económica, social y políticamente. Mediante nuestros actos concretos de compromiso en favor de quienes la sociedad etiqueta como inferiores, nos enfrentamos con nuestra propia propensión a vivir e incluso a celebrar el culto de formas que apoyan o mantienen una discriminación pecadora. Debemos estar dispuestos a ser “agentes de inquietud” dentro de nuestras comunidades de fe a fin de facilitar la transformación espiritual necesaria para participar en la lucha de liberación del racismo, la discriminación por razón de casta y otras formas devastadoras de exclusión. Si nos comprometemos a caminar en el Espíritu de Cristo, podremos ser conducidos al nivel de arrepentimiento que facilita una verdadera conversión y trae la liberación tanto a los oprimidos como a los opresores.

Además, los miembros de comunidades dominantes deben estar dispuestos a asumir la responsabilidad del privilegio de que han gozado como descendientes de quienes practicaron estas y otras formas manifiestas de exclusión en el pasado, y que continúan bajo diversas apariencias en nuestro tiempo. Esto incluye un examen sincero de nuestras actitudes y prácticas con el fin de asumir la responsabilidad del espíritu de exclusión que existe en nuestros propios corazones. Quienes han sido convertidos verdaderamente a una postura contraria a la discriminación, deben estar también dispuestos a empeñarse en su propio círculo familiar, de amigos, eclesial y de vecinos para oponerse al lenguaje, las prácticas y las costumbres racistas que perpetúan la exclusión. Sin embargo, no podemos quedarnos en la puerta del examen personal y la confrontación personal. El Cuerpo de Cristo debe poner también en tela de juicio las estructuras sistémicas de la sociedad que introducen la exclusión implícita o explícitamente, intencionada o inadvertidamente, y de las que son responsables quienes tienen el poder. Esta movilización es una actividad profética de las iglesias que constituye el apoyo concreto a nuestras hermanas y hermanos que experimentan la violencia de la exclusión en sus cuerpos, sus mentes y su espíritu.

Acompañamiento y testimonio profético

Nosotros, los que tenemos los privilegios, debemos renunciar a nuestro apego a ellos a fin de acompañar a quienes, histórica y actualmente, han quedado excluidos de tales privilegios. La tarea profética de las iglesias no sólo nos pide que renunciemos a los beneficios de estructuras económicas, culturales, sociales y políticas basadas en la discriminación, sino también que vigoricemos al pueblo de Dios con la proclamación de una visión alternativa de la vida en comunidad. Reconocemos asimismo con agradecimiento que los creyentes de otras tradiciones y también algunas organizaciones seculares tienen un buen historial de compromiso en la labor encaminada a poner fin a todas las formas de discriminación, y sostenemos que nuestra colaboración con sus esfuerzos es importante. No obstante, el carácter único de la tarea de las iglesias es el testimonio que tenemos de la irrupción del reino de Dios que Jesús anunció y nos instó a proclamar. La proclamación de la venida de la comunidad redimida de Dios denuncia las conductas personales, las prácticas comunitarias y las estructuras sistémicas de exclusión. La proclamación de la paz de Dios estimula y vigoriza a quienes tratan de establecer relaciones correctas entre unos y otros a nivel local, nacional e internacional, para mantenerse firmes en la lucha. Si se nos tiene que reconocer por nuestro amor al prójimo (Juan 13:34-35), este amor se expresa concretamente en nuestra defensa de los excluidos contra todo lo que niega su sacralidad como personas creadas a imagen de Dios. Cuando obedecemos a la gracia que ha derrotado y sigue derrotando a los poderes que contribuyen a la muerte y destrucción de quienes padecen bajo las diversas formas de exclusión, recibimos la auténtica paz que nos trae Cristo (Juan 20:21).

Los criterios según los cuales Cristo nos acoge entre los suyos no son nada nuevo para nosotros. Lo que hacemos para contribuir al florecimiento de los demás es como si se lo hiciéramos al mismo Cristo (Mateo 25). El tipo de culto que Dios desea de nosotros no es ningún secreto. El culto verdadero es el que nos lleva a buscar el bienestar, la dignidad y la plenitud de vida para aquellos de entre nosotros cuya existencia está circunscrita por el tipo de discriminación que conduce a la marginación económica, cultural, social, religiosa y política (Isaías 58). El mandamiento de Jesús de amar al prójimo como a nosotros mismos nos obliga a tomar como cosa nuestra el sufrimiento de nuestras hermanas y hermanos. El Señor nos ha dicho ya lo que es necesario hacer: amar la justicia, tener compasión y caminar humildemente con Dios (Miqueas 6:8). ¡Hagámoslo!

Lo que debemos hacer

Se ofrece a continuación una lista de algunas estrategias para que las iglesias y las organizaciones ecuménicas las apliquen en sus actividades contra el racismo, la discriminación por razón de casta y otras formas de exclusión. Se distribuyen las estrategias en tres categorías: estrategias externas (iglesia y sociedad), estrategias internas (intrapersonales) y estrategias para el CMI en cuanto comunidad de iglesias.
Estrategias externas

1.   Denunciar y rebatir  las teorías de raza que niegan los valores de justicia y equidad en las relaciones humanas.

2.   Destacar las declaraciones de las Naciones Unidas que abogan por la eliminación del racismo y el castismo, y hacer responsables a los gobiernos de su aplicación efectiva.

3.   Empeñarse políticamente para afirmar los derechos de las personas excluidas a participar y ocupar cargos en procesos políticos.

4.   Apoyar programas de educación social y esfuerzos de movilización.

5.   Participar en la educación sobre la paz y la justicia en las escuelas.

6.   Fomentar la toma de conciencia sobre las leyes destinadas a reducir o eliminar el racismo, y contribuir públicamente al cumplimiento de tales leyes.

7.   Vincular la sanación del racismo y el castismo con el proceso continuo de contrición – arrepentimiento - confesión – perdón – reconciliación.

8.   Denunciar juntamente el racismo y el sexismo, así como otros instrumentos y culturas de discriminación.

9.   Trabajar por medio de las organizaciones para construir un mundo más justo y sostenible mediante la integración de valores sociales en las actividades de las empresas y los inversores (p. ej., www.iccr.org)

10.  Desarrollar asociaciones entre las iglesias para defender los valores de la inclusividad.
Estrategias internas

11.  Estimular a grupos que están marginados por razón de sus identidades, así como a sus iglesias, a organizar series de conversaciones entre ellos mismos,

       a) sobre el dolor de tener que ajustarse a entornos o presiones racistas o basados en castas, y b) sobre cómo ese dolor limita su capacidad para avanzar hacia la libertad y la liberación.

12.  Facilitar debates entre generaciones en los que cada generación identifique el dolor que siente en sus experiencias concretas y, partiendo de esas experiencias, elaborar estrategias para eliminar el racismo y el castismo.

13.  Estimular a los miembros de los grupos de poder dominantes a que se comuniquen entre sí por medio de experiencias y viajes de transformación, a fin de que descubran cómo el racismo y el castismo han mermado las capacidades de muchas personas para participar en la vida abundante de Jesús y para que vivan más plenamente como portadores de la imagen de Dios en comunidad con todos los portadores de la imagen de Dios.

14.  Crear espacios seguros para que las personas expongan el dolor que, de otro modo, evitarían manifestar y pongan de manifiesto situaciones que quedarían ocultas.


Estrategias para el CMI

15.  Examinar y reimaginar la relación del CMI con sus iglesias miembros a fin de encontrar los modos de incrementar la capacidad coordinadora del CMI para reunir a las diversas voces comprometidas con la visión de un mundo justo e incluyente.

16. Facilitar el debate sobre lo que significa hoy el “ecumenismo” con vistas a reconocer los desafíos, así como las perspectivas, para un compromiso continuo.

16.  Crear dentro del CMI una asociación voluntaria de iglesias miembros que:

a.    Se comprometan a ser instituciones antirracistas e incluyentes.

b.   Compartan entre sí sus planes y progresos para convertirse en antirracistas e incluyentes.