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Documento n° GEN 01
Informe del Moderador
INTERCAMBIO FRATERNO EN UNA COMUNIDAD DE FE
1. Como nuevo Comité Central estamos al comienzo de una peregrinación que confío y espero sea una jornada en común de gratitud por el don maravilloso de Dios de unidad. Esta jornada en común se inspira en nuestro hermoso, aunque difícil, compromiso ecuménico, que nos reúne a pesar de nuestras diferencias. Quizás esa belleza reside, en cierto sentido, en esas diferencias, y no a pesar de ellas, pues nos aportan enriquecimiento mutuo.
2. Este primer informe del moderador pretende ser más bien de índole testimonial y no un análisis del mundo en el que vivimos. Por supuesto, no faltarán referencias a mi propio contexto, pero no me propongo trazar un panorama global del ecumenismo. Sin embargo, me propongo plantear, de forma paradigmática, una o más cuestiones fundamentales con las que se enfrenta hoy el movimiento ecuménico y, por lo tanto, el propio CMI. León Tolstoy escribió una vez (estoy citando de memoria) que si somos capaces de conocer nuestra propia aldea, podemos llegar a ser ciudadanos del mundo. Uno de los grandes escritores del país de donde yo vengo, João Guimarães Rosa, escribió algo parecido cuando, en su obra “Grande Sertão: Veredas”, resumió el análisis existencialista de un habitante solitario de remotas tierras con una frase: “o sertão é o mundo” (“las tierras del interior del Noreste brasileño son el mundo”). Estos dos autores, uno de Rusia y el otro del Brasil, con su similar capacidad de percepción, tienen mucho que enseñarnos. A pesar de que provienen de contextos muy diferentes y nos hablan de historias también muy diferentes – los dos tienen la misma percepción de nuestra existencia en el mundo.
3. Este informe es un intento de compartir la fe y la esperanza, y espero que ustedes se unan a mí en ese intercambio, en el diálogo que hemos de entablar. Porque esta primera tarea que tenemos que realizar no consistirá en debatir y aprobar un nuevo programa para el CMI, aunque la mayor parte de nuestro orden del día y del tiempo estarán dedicados precisamente a tratar de responder al desafío de establecer un programa que sea fiel a las decisiones de la Asamblea, responsable en su gestión de los recursos disponibles, tratando de acostumbrarnos al hecho de que no son tan abundantes como lo habríamos deseado, y fortaleciendo el testimonio y el servicio (matrería y koinonia) de nuestras iglesias.
4. Nuestra principal y fundamental tarea consistirá en re-establecer entre nosotros los profundos lazos de comunión fraterna que nos unieron durante la Asamblea de Porto Alegre y que marcaron nuestra reunión, en el culto y los estudios bíblicos, en las conversaciones ecuménicas y los diálogos en el mutirão, y por supuesto, también en los comités de la Asamblea y en las sesiones plenarias. En nuestra primera reunión como Comité Central en Porto Alegre, inmediatamente después de la clausura de la Asamblea, no tuvimos tiempo en realidad para este ejercicio de intercambio fraterno, y quizás no estábamos con el talante para hacerlo, abrumados por la pesada carga de tener que tomar importantes decisiones durante una única sesión vespertina. Sin embargo, es una deuda que tenemos con nosotros mismos y con las iglesias que representamos: vivir como Comité Central la experiencia de la comunión que el Espíritu Santo siempre nos ofrece y desea fomentar entre nosotros.
Recordando la 9ª Asamblea
5. Hablaré ahora desde la perspectiva de las iglesias huéspedes. La preparación de la 9ª Asamblea fue el resultado del trabajo de muchas manos. Y constituía, al mismo tiempo, una oportunidad única para nuestras congregaciones del Brasil de ser protagonistas en el amplio movimiento ecuménico. Supieron responder a la necesidad de solidarizarse con el CMI en muchos aspectos de la preparación de la Asamblea. La preparación fue, en sí, un verdadero “mutirão” ecuménico –todos ustedes conocen ahora muy bien el sentido de esta palabra en portugués –, cientos de personas ofrecieron su tiempo y su energía, demostrando así la medida en que las iglesias de América Latina y del Brasil estaban empeñadas en construir con el CMI el espacio adecuado para que el movimiento ecuménico pudiera reunirse, orar y reflexionar sobre su futuro.
6. Durante los meses de preparación, una de las preguntas que nos hacíamos era cómo podríamos servir de apoyo al interactuar con nuestros huéspedes y, al mismo tiempo, ser protagonistas en el proceso de reconfiguración del movimiento ecuménico. ¿Podría ser útil lo que habíamos estado viviendo en nuestro propio contexto para hermanos y hermanas que viven en contextos diferentes? La principal motivación que servía de estímulo para que la gente se uniera al trabajo era que cada uno de ellos, en su propio contexto, tenía algo que contribuir a ese encuentro mundial. Esa clase de contribución era también lo que deseábamos ofrecer a partir de la experiencia de nuestras iglesias. Cada una de nuestras confesiones y expresiones de fe valora elementos vitales que están presentes de diversas formas en las otras iglesias que forman parte de la comunidad del CMI. La oración en común y la animada música que caracterizaban la Asamblea, en su hermosa diversidad, son un símbolo de esas riquezas. Tratamos de comunicar a la gente lo maravilloso que sería para nosotros vivir juntos diversas formas de celebración de tantas iglesias y familias confesionales diferentes; y, al mismo tiempo, estábamos deseosos de compartir nuestra forma de expresar la sola fe que tenemos en Jesucristo como Señor y Salvador. Tras la Asamblea, las personas que participaron en la organización de ese acontecimiento describieron su participación como una experiencia de gran comunión espiritual, un espacio de reunión e intercambio, una oportunidad de dialogar con toda la familia ecuménica.
7. En cierto sentido, la Asamblea no concluyó para nosotros el 23 de febrero. El coro ecuménico, por ejemplo, se ha seguido reuniendo desde entonces para cantar en actos de las iglesias. Hace pocas semanas, a principios de este mes, el Consejo Nacional de Iglesias del Brasil (CONIC) organizó un seminario con objeto examinar y evaluar las consecuencias eclesiológicas de la 9ª Asamblea del CMI para las iglesias de nuestro país. El seminario tuvo lugar en Guarulhos, São Paulo, bajo el tema: “Dios, en tu gracia, transforma nuestro país”. Ciertamente ustedes podrán percibir el trasfondo: una referencia a los graves escándalos de corrupción que se han ido conociendo en el ámbito político del Brasil. Pero también hablamos de las relaciones entre nuestras iglesias, del panorama religioso del Brasil, de la necesidad y las posibilidades de diálogo y cooperación interreligiosas, y de las consecuencias prácticas del documento de la Asamblea Llamadas a ser la Iglesia Una. Fue una reunión muy inspiradora, pero no sólo hubo motivos de alegría. Por el contrario, también sentíamos una enorme tristeza porque nos reuníamos en un momento sombrío, tras la decisión tomada por la Convención de la Iglesia Metodista brasileña en julio de retirarse como miembro de todas las “organizaciones en las que participa la Iglesia Católica Romana y grupos no cristianos”, o sea que se ha retirado del CONIC. (Esta grave decisión me parece ser simbólica de las dificultades con que se enfrenta el movimiento ecuménico hoy, no sólo en el Brasil. Pero he de volver a hablar de esta situación más tarde en mi informe. Al mismo tiempo, deseo expresar mi alegría por el hecho de que la Iglesia Independiente del Brasil, presente de forma fraterna en la Asamblea de Porto Alegre, ha presentado su candidatura como miembro del CMI, un asunto que hemos de examinar en esta reunión del Comité Central.
8. En ese contexto, en el seminario organizado por el CONIC, recordamos la visión de comunidad expresada en las palabras del Informe de Canberra, y confirmada en Porto Alegre: “Nuestras iglesias han afirmado que la unidad por la que oramos, esperamos y trabajamos es “una koinonía” que se nos da y se expresa en la confesión común de la fe apostólica, una vida sacramental en común a la que accedemos por un bautismo único y que celebramos juntos en una sola comunidad eucarística: una vida en común cuyos miembros y ministerios se reconocen y reconcilian mutuamente; y una misión común como testigos del Evangelio de la gracia de Dios y al servicio de toda la creación”. (Llamadas a ser la Iglesia Una).
“La razón de la esperanza que está en nosotros”
9. Permítanme colocar este informe en el contexto de la divisa bíblica: “santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros.” (1 Pedro 3:15, versión Reina-Valera 1995.) Nuestra tarea es dar razón de la esperanza que está en nosotros, como dice el apóstol, y para esta tarea estamos llamados a estar siempre disponibles. Por lo tanto, nos reunimos como una comunidad de esperanza. No dudo de que somos plenamente conscientes de las responsabilidades que hemos asumido al aceptar ser candidatos y luego al ser elegidos para integrar el Comité Central. Lo consideramos parte de la vocación a la que estamos llamados por Dios, y a la que nos proponemos responder, y, con la ayuda de Dios, co-responder. Tenemos que prestar servicios en nombre de nuestras iglesias. Además, probablemente, cada uno de nosotros también tenga planes y, más allá de los planes, sueños de que el CMI sea verdaderamente un instrumento privilegiado de todo el movimiento ecuménico. Cada uno de nosotros responde a la vocación como miembros del pueblo de Dios, como miembros elegidos por nuestras iglesias en una asamblea ecuménica mundial.
10. Ciertamente todo lo hacemos con la seguridad de la promesa de Jesús a sus discípulos: “Y yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” (Mateo 28:20) Repito nuevamente: constituimos una comunidad de esperanza. Cuando hablamos de esperanza, en cierto sentido nos referimos a un don natural, universal, inherente a toda la humanidad. De hecho, nuestras vidas y la historia de la humanidad están impulsadas por la esperanza. La esperanza que nos mueve pueden ser las expectativas que tenemos y cultivamos de cara al futuro. Los padres abrigan la esperanza de que sus hijos crezcan bien física y espiritualmente para que puedan llegar a la madurez, tengan éxito en la vida como personas y como profesionales, y precien valores, al menos valores semejantes a los que ellos tienen. Los pueblos y las naciones aspiran a mejores condiciones de vida para sus ciudadanos y a relaciones fraternas más profundas entre ellos. Las propuestas y los proyectos de los partidos políticos, por ejemplo, pueden ser muy áridos y desprovistos de interés cuando no transmiten esperanza alguna a las personas, ni sueños, y no presentan una visión de futuro más humana. La humanidad está sedienta de paz, de justicia y de integridad de la creación, utilizando la expresión de uno de los programas históricamente más importantes del CMI.
11. Y aunque nuestra esperanza está constantemente puesta en entredicho por tremendas fuerzas y acontecimientos destinados a destruirla, que presentan las mejores esperanzas como ingenuas y poco realistas, en una aparente pretensión de desenmascararlas. Nuestras esperanzas pueden definirse con la palabra “utopía”. Y todos conocemos muy bien el doble sentido de la palabra utopía. Por un lado, consiste en mucho más que meros acontecimientos futuros que pueden tener lugar o no, poniendo en evidencia ante todo la fuerza interior que nos impulsa a avanzar hacia un objetivo que hemos decidido o proyectado. Por otro lado, también puede considerarse como una expresión de expectativas tan elevadas que resultan estar totalmente fuera de la realidad (e incluso ser peligrosas, porque crean engañosas ilusiones). Esta utopía nunca podrá realizarse. La experiencia de la historia y nuestra experiencia de todos los días nos dan muchos ejemplos de los fallos de esta clase de utopía. Sin embargo, la humanidad no puede vivir sin esperanza. Y he aquí que nos encontramos en medio de una tensión entre nuestra visión motivadora y, al mismo tiempo, la tentación de imponer nuestra visión a otros que pueden tener visiones y esperanzas diferentes a las nuestras.
12. El duro contraste entre estas dos formas de vivir y de encarar la esperanza nos lleva inevitablemente a plantearnos las razones de nuestra esperanza, como dice el apóstol en 1 Pedro. El nos exhorta a que estemos dispuestos a dar razón de la esperanza que está en nosotros. ¿Se trata acaso de una esperanza fundamental que puede prevalecer frente a las duras realidades de la vida?
13. Dejemos esta pregunta de lado por un momento, y examinemos más a fondo el sorprendente contraste entre nuestras expectativas y principios morales y la cruda realidad de desencanto y maldad de este mundo. Examinemos estas cuestiones en relación con nuestras iglesias y el movimiento ecuménico. ¿Acaso no sentimos a menudo la necesidad de clamar en voz alta, o en lo más profundo de nuestro ser, por las contradicciones de la historia del cristianismo y de la vida de nuestras iglesias? La misión se entiende como el testimonio del amor de Dios encarnado en Jesucristo y del poder del Espíritu Santo que nos orienta hacia la fe y el amor. Ahora bien, la misión también se ha entendido como un instrumento del poder humano y ha llegado a serlo al conducir las cruzadas, la conquista, la colonización y la opresión o al legitimarlas. Hay tantos ejemplos de amor que llega hasta el martirio, al dar la propia vida por el bien de otros; y, al mismo tiempo, de forma trágica, hay también tantos ejemplos de marginación e incluso de exclusión de la vida de la iglesia. (Podemos mencionar algunos ejemplos de personas a quienes, muy a menudo, no se ha dado un lugar digno en nuestras iglesias: los laicos, las mujeres, las personas de los grupos étnicos desfavorecidos, los enfermos y las personas con discapacidades, los pobres). Las iglesias han bendecido guerras, e incluso han librado guerras, legitimado la esclavitud y el racismo y abandonado a los pobres a su terrible suerte.
14. Sin embargo, en modo alguno debemos limitarnos a estos sucesos y procesos dramáticos y trágicos en grado sumo. Las contradicciones entre “nobles ideales” y “duras realidades” pueden encontrarse también en lo mejor de nuestros afanes. Permítanme mencionar un ejemplo de la historia del movimiento ecuménico. Nos acercamos a la celebración del centenario de la Conferencia Mundial de las Misiones de Edimburgo. Como todos sabemos muy bien, su visión de un testimonio cristiano común de Cristo dio forma decisivamente al movimiento ecuménico en el siglo XX, junto a otras visiones similares de acción común de las iglesias en el campo social, y de superación de divergencias doctrinales en un proceso de diálogo, estudio y entendimiento mutuo. Es superfluo recordar los muchos logros positivos en todos estos campos durante estos cien años. En incontables lugares las relaciones entre las iglesias han mejorado considerablemente, en comparación con siglos anteriores. Y sin embargo, ¿estamos realmente más cerca del objetivo declarado de la unidad visible dentro de la familia cristiana? Cínicamente podría decirse que el llamado “siglo de la Iglesia” o “siglo del ecumenismo”, como muchos han llamado al siglo XX, ha fracasado. Y nosotros mismos, que en modo alguno compartimos la perspectiva del cinismo, sentimos la necesidad de reflexionar sobre la “reconfiguración del movimiento ecuménico”, y desde Harare hemos mirado hacia el futuro sobre la base de la renovación de “la visión y el entendimiento comunes” del movimiento ecuménico. Finalmente, al embarcarnos en un “foro mundial” esperamos ampliar la base del movimiento ecuménico y darle un nuevo ímpetu.
EL DESAFÍO DEL PLURALISMO RELIGIOSO
15. El informe del Moderador no es el lugar adecuado para presentar y discutir sobre los sectores del programa del CMI. A lo más, puede destacar cuestiones clave con las que se enfrenta el movimiento ecuménico (y el CMI). Por supuesto, el programa ecuménico es extenso: teología, misión, opinión pública. Es preciso que continuemos con perseverancia nuestro diálogo sobre temas teológicos, como las cuestiones de eclesiología y ética. Nuestra comprensión de la misión y nuestra entrega a ella deben mantenerse siempre entre nuestras preocupaciones primarias. “Integridad de la creación” es uno de nuestros lemas; “paz y justicia” es otra de nuestras principales líneas de trabajo. Algunas cuestiones como la deuda ilegítima de países del Sur ocupan un lugar prominente en la agenda de las iglesias en el contexto latinoamericano del que procedo. Ciertamente nos preocupa y nos decepciona profundamente el fracaso de las negociaciones sobre comercio internacional en la ronda de conversaciones de Doha, y la continuación del proteccionismo y las subvenciones de los países ricos en relación con los productos agrícolas. Nos aflige el hecho de que la comunidad internacional no quiera o no pueda encontrar maneras de reforzar las organizaciones y los instrumentos multilaterales existentes. Nos irrita el uso descarado de la violencia y de la guerra como medios para intentar resolver los conflictos (o de imponer el orden propio sobre los demás). El sufrimiento de personas inocentes clama al cielo, como hemos visto de nuevo en Oriente Medio y en otros lugares. El fomento de una cultura de paz y la exigencia de la solución pacífica de los conflictos son cada vez más necesarios y urgentes.
16. Todas estas cuestiones – junto a otras – podrían y deberían ampliarse como partes esenciales del programa ecuménico. Pero debo limitarme aquí en atención al tiempo. Quisiera, no obstante, referirme en concreto a la cuestión del pluralismo religioso y hacer algunas observaciones. En muchas partes del mundo, la escena religiosa se caracteriza hoy por una intensa movilidad y una creciente diversidad. Sin duda este es el caso en América Latina y el Caribe. Pluralismo y diversidad creciente se observan también si consideramos el propio cristianismo. Por ejemplo, durante siglos América Latina se consideró una región homogénea, al menos en lo religioso. “Homogéneo” significaba aquí Católico Romano. Hoy día, la región se caracteriza cada vez más por su pluralismo religioso. Se está operando un cambio sorprendente. En Brasil, una comparación entre el censo de 1991 y el de 2000, justo nueve años después, muestra que el porcentaje de católicos romanos descendió del 83% al 73,5% de la población, mientras que los “evangélicos”, categoría que incluye a miembros de todas las iglesias protestantes y pentecostales, aumentaron del 9% al 15%. Alrededor de dos tercios de ellos son pentecostales o neopentecostales, con un crecimiento extraordinario en los últimos decenios y organizados en gran número de iglesias independientes.
17. Este es el cuadro dentro del cristianismo. Al mismo tiempo, observamos otro proceso que se desarrolla de manera más silenciosa pero con implicaciones profundas. Es el redescubrimiento de las expresiones religiosas de las comunidades indígenas y en especial las originadas en la espiritualidad de las poblaciones de ascendencia africana, expresiones religiosas que antes se practicaban clandestinamente al margen del conocimiento general o el interés del conjunto de la sociedad, a menudo para evitar la persecución o la discriminación por motivos religiosos. Estadísticamente las cifras del censo están abiertas a interpretación, por una doble adscripción religiosa de facto que el censo no detecta; las declaraciones de preferencia personal tienden a centrarse en la opción religiosa más “oficial”, aun cuando la práctica religiosa del encuestado sea diferente. Sin embargo, un cambio notable está en marcha.
18. Puede sorprendernos a primera vista el crecimiento constante de los que se declaran “sin religión”. Su número ha aumentado en Brasil, entre 1991 y 2000, del 4,8% al 7,3%, aumento que se registra principalmente en las ciudades entre personas con estudios superiores y entre jóvenes.
19. No hay indicios de que la tendencia constante hacia el pluralismo religioso pueda invertirse en los próximos años. Al contrario, todo nos lleva a creer que el proceso se intensificará. Todo indica que América Latina presentará en el futuro un espectro todavía más colorido que hoy de pluralidad religiosa. El pluralismo religioso es uno de los rasgos distintivos de las sociedades en muchas partes del mundo contemporáneo.
20. Por supuesto, las razones de esta movilidad y diversidad son múltiples y han de buscarse tanto dentro de las iglesias “tradicionales” como en un contexto más amplio. No pretendo profundizar ahora en un análisis de este complejo cuadro. Permítaseme simplemente observar que en cierta medida la realidad del pluralismo religioso es paralela a tendencias similares, como un espejo en que se reflejen por una parte una fragmentación postmoderna de la sociedad y por otra parte el “mercado religioso” de una economía globalizada.
21. No es extraño que haya surgido una competitividad hostil en el campo religioso, a menudo con formas agresivas de misión y evangelización. Entre las iglesias evangélicas hay a menudo un sentimiento y un discurso fuertemente anticatólicos. Se utilizan sin vacilación palabras como “idolatría”, “sincretismo”, “brujería”, con referencia a otras iglesias o expresiones religiosas. Este “clima religioso” se siente y desarrolla con intensidad creciente, en grado diverso, dentro de algunas de las iglesias más “tradicionales” o “históricas”. En este contexto podemos recordar la decisión de la Iglesia Metodista Brasileña de retirarse del CONIC, tomada paradójicamente pocos días antes de que la Asamblea del Consejo Metodista Mundial, reunida en Seúl, expresara su apoyo a la Declaración Conjunta Luterana-Católico Romana sobre la Doctrina de la Justificación.
22. ¿Estamos destinados a estar en una competición religiosa de todos contra todos? No puede haber la menor duda de que nuestro desafío primordial consiste en reforzar y encontrar nuevos caminos para el diálogo ecuménico y la cooperación entre las iglesias, así como entre diferentes expresiones religiosas. Para evitar la caída en conflictos entre nosotros, cuando no en nuevas formas de “guerras santas” o competición excluyente, la única opción bíblica y teológicamente responsable es la del diálogo y la cooperación ecuménica.
23. Debemos hacer frente a las divergencias dentro del propio cristianismo. Cuestiones candentes y divisivas, así doctrinales como éticas, recorren internamente en medida considerable muchas de nuestras iglesias, con el resultado de tensiones internas e incluso nuevas divisiones. Además, esas tensiones recorren el movimiento ecuménico y el CMI. Un dirigente de iglesia me decía una vez que no podía apoyar el ecumenismo porque el cristianismo crecía de hecho por división, y en particular crecían las iglesias que reconocían ese hecho. Mi respuesta fue que yo no consideraba pertinente discutir la cuestión en el terreno de la fenomenología, pues no podía ver cómo esta posición sería compatible con el testimonio bíblico y la vocación de la iglesia. Sin embargo, él estaba convencido de que no hacía sino tomar en serio el gran encargo de Cristo (y los “ecuménicos”, según él, no lo hacían).
24. Dado este escenario, no es extraño que nuestras iglesias puedan sentir la tentación de dar a su compromiso ecuménico una baja prioridad y de tratar de “defenderse” contra las fuerzas centrífugas de la fragmentación, atrincherándose dentro de sus propios muros teológicos o institucionales. Podríamos pensar que dentro de nuestra propia familia trabajaríamos mejor. Muchos cristianos ven con decepción que las iglesias han sido innecesariamente cautas a la hora de extraer consecuencias prácticas de los resultados positivos alcanzados por los diálogos teológicos. O bien pueden detectar reveses en el proceso ecuménico y percibir la división persistente como una falta de coherencia con las abundantes declaraciones sobre la importancia de avanzar hacia la unidad.
25. Tenemos que ahondar en las causas de las dificultades y los dilemas que se nos plantean hoy en el movimiento ecuménico. ¿Podemos, por ejemplo, tratar ecuménicamente la cuestión de la hermenéutica, en particular la hermenéutica bíblica? Interpretaciones divergentes de la escritura y de las maneras de interpretarla están en la raíz de muchas de nuestras tensiones y divisiones, cuando no de la mayoría de ellas. Nos acosa la tentación constante de la fragmentación religiosa por una parte y del fundamentalismo religioso por otra. Incluso quienes abogan por un estudio común leen e interpretan la Biblia (y sus tradiciones confesionales) desde una perspectiva particular. Una vez retirado del tapete, gracias a los procedimientos de consenso que hemos adoptado, el temor de decidir cuestiones como estas por mayoría de votos, ¿puede el CMI ser un lugar seguro para que entablemos libre e intensamente un diálogo respetuoso sobre nuestra hermenéutica bíblica, confiando siempre en que aquellos que expresan una interpretación diferente de la Biblia aspiran, lo mismo que todos nosotros, a ser fieles a la palabra de Dios? ¿Estamos dispuestos a resistir toda tentación de rechazarnos unos a otros como “infieles a la escritura”, y por el contrario a perseverar en el diálogo con confianza? En el movimiento ecuménico está claro que necesitamos tomar aliento muy profundamente. Oremos pues para que el Espíritu Santo nos ayude y nos conduzca a la verdad.
“ESPERAR CONTRA TODA ESPERANZA”
26. Dije al principio que nuestra tarea primaria es construir entre nosotros mismos una comunidad de fe como hermanos y hermanas en Cristo. Pero esto no debería ni debe impedir el debate abierto y sincero sobre las cuestiones polémicas. El CMI no puede ser constreñido a un programa minimalista sino que debe seguir siendo, como siempre hemos recordado, el instrumento privilegiado del movimiento ecuménico. El movimiento ecuménico no debe ser entendido como basado en un mínimo común denominador. Lo que impulsa el movimiento ecuménico es una visión mucho más alta y ambiciosa.
27. Aspiramos a la plena comunión, y es doloroso que no hayamos sido capaces de avanzar más claramente para compartir la Mesa del Señor. El diálogo ecuménico y la cooperación no son un forcejeo estratégico con posibilidades que podamos aceptar o rechazar libremente. Es una pasión por la unidad que brota porque hemos escuchado y recibido en nuestros corazones la oración de Jesús al Padre pidiendo que sus discípulos sean uno, como él y el Padre son uno (Juan 17.21). Reconocemos y confesamos las divisiones entre nosotros como pecado contra Dios. Pero también confesamos que el Espíritu Santo nos concede la unidad por medio del evangelio y del bautismo, y recibimos con fe esta unidad otorgada por Dios. Sobre esta base nos comprometemos a luchar por la unidad plena y visible entre las iglesias.
28. El ecumenismo no es pues algo opcional, sino imperativo. Pertenece a la esencia de nuestra fe. Nos entregamos con pasión a las relaciones ecuménicas. Es esa pasión la que nos trae aquí, también a una reunión del comité central del CMI. Hay indudablemente muchos estorbos y obstáculos a lo largo de las sendas del ecumenismo. El progreso es más lento de lo que desearíamos. Como antes he dicho, es probable que nuestras iglesias vayan más despacio de lo que podrían. Pero, como dice el apóstol Pablo en un contexto diferente, escribiendo a la congregación de Corinto que era una iglesia local dividida en muchos aspectos, estamos “perplejos, mas no desesperados” (2 Co 4:8).
29. En conclusión, permítanme volver a dar cuenta de nuestra esperanza. He planteado la cuestión de si hay una última esperanza que pueda mantenerse frente a las duras realidades de la vida, realidades que parecen contradecir tan ásperamente la esperanza. Un conocido proverbio brasileño proclama: “La esperanza es lo último que muere”. Esto supone que la esperanza sobrevivirá a todo lo demás, cualesquiera las decepciones, las frustraciones y las expectativas que se hagan realidad. La esperanza sobrevivirá a todo. Pero entonces, en una segunda reflexión, encontramos un inesperado tono de resignación en ese proverbio aparentemente positivo: “La esperanza es lo último que muere”. Se supone así que la esperanza morirá, aunque sea “lo último”. ¿Hay una esperanza que no muera?
30. Al hablar de la resurrección, el apóstol Pablo recuerda a los corintios que, si no hay resurrección, como algunos de ellos creían, entonces Cristo no ha sido resucitado y nuestra fe es vana (1 Co 15:13-14,17). Y presenta a nuestros ojos la magnitud de la esperanza que tenemos en Cristo, la transcendencia de la esperanza en Cristo: “Si solamente para esta vida tenemos puesta nuestra esperanza en Cristo, somos los más desdichados de todos los hombres” (v. 19). Si solo para esta vida... Invirtamos pues la perspectiva. Si nuestra esperanza transciende de esta vida, será un don decisivo de Dios para la vida eterna, y para esta vida también. En otro lugar, el apóstol Pablo recuerda a los romanos la historia de Abraham (¿y por qué no añadir a Sara en el ejemplo?). Él creyó en la promesa de Dios de que él y Sara, ya de avanzada edad, tendrían un hijo, y que él sería el padre de muchas naciones. Por su fe fue justificado. Su fe era también esperanza. Esperó “contra toda esperanza” (Romanos 4:18). Comparó las muchas pequeñas esperanzas con la esperanza única en Dios. La comparación era en último término imposible de mantener. La esperanza en Dios transciende de todas las demás esperanzas. Por consiguiente, nuestra oración puede ser: “Dios, en tu gracia, transforma nuestra esperanza.” Transforma nuestras débiles esperanzas en esa esperanza que viene de la resurrección de Cristo y por consiguiente transforma todo el mundo. ¿No es esta la esperanza que traerá nueva vida al movimiento ecuménico? Esperemos “contra toda esperanza”.
Walter Altmann
Moderador
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