Documento n° A 01Para examen y decisión

1. Las asambleas son etapas importantes en nuestro camino ecuménico. Ellas nos permiten tener el marco apropiado –por la oración, la meditación, las presentaciones, las discusiones y las decisiones– para evaluar el testimonio ecuménico del Consejo Mundial de Iglesias, para identificar sus prioridades futuras y así marcar un rumbo nuevo. Las asambleas son también ocasiones únicas para profundizar nuestra comunidad “en el camino” hacia la unidad visible de la iglesia. Esta Novena Asamblea tiene lugar en un período de la historia universal en el que los valores están en declive, las visiones son inciertas y las esperanzas confusas; cuando la injusticia se extiende y la paz es casi inalcanzable; cuando la violencia y la inseguridad dominan en todas las esferas de la vida humana.

“DIOS, EN TU GRACIA, TRANSFORMA EL MUNDO” 

2. Nos volvemos hacia Dios en este mundo turbulento y oramos:Dios, en tu gracia, transforma el mundo”: una súplica que emana de nuestros corazones quebrantados; un signo de esperanza que emerge en medio de las incertidumbres de la vida humana; una expresión genuina de fe que se despliega en el contexto de las tensiones y las ansiedades del mundo. 

3. La gracia (Q’en en Hebreo y Xaris en Griego) constituye el centro de la revelación de Dios. Aparece en la Biblia con múltiples significados e innumerables implicaciones. Gracia es benevolencia, compasión, amor, misericordia, don y belleza que se manifiestan en la “multiforme gracia” de Dios (1 Pedro 4:10) y la “misericordia” (Is. 63:7-9). Se dice con acierto que las cartas paulinas son la base de la teología de la gracia. En la Biblia, la gracia muestra las siguientes características fundamentales: a) Es el don de Dios para la “abundancia” de la vida (Juan 10:10). También es una calidad de vida sostenida por la respuesta obediente a Dios. b) La gracia es la expresión concreta del amor de Dios (2 Cor. 12: 7-10), que permite que el ser humano sea fuerte aún en medio de su debilidad (2 Cor.12:10). c) Es el poder transformador de Dios que restaura su imagen en los seres humanos. d) Como atributo esencial de Dios, la gracia está relacionada tanto con Su transcendencia como con Su inmanencia. Dios ha comunicado y compartido su gracia con nosotros, vino a nosotros “lleno de gracia” y “habitó entre nosotros” (Juan 1: 14-16). e) La gracia es la victoria de Dios sobre el pecado (Rom. 5:21); la salvación de la humanidad y de la creación es el fruto de la intervención de Dios en Cristo (Rom. 3:24). f) La gracia es el don divino de la justicia y la paz, es decir, la expresión de la misericordia y del amor de Dios hacia la humanidad y su compromiso con el pacto. g) La gracia de Dios es su reconciliación en Cristo con la humanidad (2 Cor. 5:17-21). La reconciliación es la sanación y la transformación de la humanidad y de la creación que se realizan en la Kenosis de Dios en Cristo (Col. 1: 19-20). h) La gracia de Dios es la venida del Reino de los cielos sobre la tierra manifestada en y a través de Cristo. El reino de Dios es el reinado de la gracia. i) La gracia ha sustituido a la ley. Es el don gratuito de Dios (Rom. 3:24) que se da a todos sin discriminación alguna. Sin embargo, la opción preferencial de Dios es por los oprimidos y marginados (Mateo 5:1-12). 

4. En la teología y la espiritualidad Ortodoxas, la percepción bíblica de la gracia es fundamental. Los siguientes aspectos suscitan nuestra atención: 

a) La gracia apunta a la renovación y a la transformación de toda la humanidad y de la creación; es una nueva creación. La gracia como recreación comienza con el “microcosmos”, es decir, con los seres humanos y con la comunidad humana. La humanidad y la creación están interconectadas. En las Iglesias Ortodoxas la bendición de los elementos de la creación (el agua, los frutos, la tierra, etc.) apunta a la integridad y a la sacralidad de la creación. 

b) El acto divino de la transformación se ha hecho realidad en el evento de Cristo. La presencia transformadora de Dios con nosotros es una realidad continua, es a la vez un evento y un proceso, es existencial y escatológica. Por el poder del Espíritu Santo, la gracia de Dios deviene una realidad viviente y vivificante en la eucaristía y a través de ella. 

c) La acción transformadora de Dios es Trinitaria: el amor de Dios padre, la gracia de nuestro Señor Jesucristo y la comunión del Espíritu Santo. La gracia es la acción de Dios que todo lo abarca: penetra todas las dimensiones y esferas del orden creado. Es lo que en la teología ortodoxa se llama la acción cósmica de la gracia. La gracia es la omnipresencia y el poder omnipotente de Dios que transforma todos los aspectos de la vida humana. Llega a través de los sacramentos del bautismo, la eucaristía y el orden. 

d) La gracia de Dios nos hace un solo cuerpo; es la fuente de nuestra unidad en Cristo y el lazo que nos une los unos a los otros. A pesar de las divisiones en el mundo, con el poder del Espíritu Santo la gracia de Dios asegura, sostiene y protege continuamente nuestra unidad, así como la integridad y la continuidad de la iglesia, y la dirige hacia el eschaton, la segunda venida de Cristo en gloria. 

e) La gracia de Dios crea la comunión entre el ser humano y Dios. El ser humano no solo ha sido creado por Dios, sino también para Dios. El ser humano es colaborador de Dios (1 Cor. 3:9) y el guardián de la creación divina. El papel del hombre como cuidador de la creación y su responsabilidad para con Dios se expresan en la comunión de la humanidad con Dios que llega a su culminación en la theosis

f) Aceptar la gracia de Dios significa compartirla con otros mediante la evangelización y la diaconía. Esto es la “liturgia después de la liturgia.” Responder a la gracia de Dios con gratitud y fidelidad es costoso; lleva consigo la Kenosis, la martyría en la vida e incluso en la muerte. 

5. En la historia se han hecho enormes esfuerzos para transformar al mundo. Han fallado todos los intentos políticos, religiosos, económicos, ideológicos y tecnológicos. La mundialización, con su nuevo sistema de valores, paradigmas y fuerzas poderosas, es otro intento para la transformación del mundo. Como cristianos creemos que solamente la gracia de Dios puede capacitar, renovar y transformar a la humanidad y a la creación. Al reflexionar y orar “Dios, en tu gracia, transforma el mundo” en esta Asamblea, identificaremos las implicaciones de este tema para el movimiento ecuménico y en particular para el testimonio ecuménico del Consejo Mundial de Iglesias. En verdad, esta oración es el clamor de los pobres por la justicia; el clamor de los enfermos por la sanación, el clamor de los marginados por su liberación, el de la humanidad y de la creación por la reconciliación. La Iglesia como comunidad transformada y transformadora y con el poder de la gracia del Espíritu Santo (Mc. 13:11; Jn. 16:13) está llamada a ser testigo de Cristo hasta el fin del mundo, hasta que en Cristo todas las cosas sean reconciliadas y toda la creación sea transformada en un “nuevo cielo y una nueva tierra” (Ap. 21:1). 

EL CONTEXTO LATINOAMERICANO 

6. Esta es la primera asamblea del CMI que tiene lugar en América Latina. Sin lugar a dudas, este continente, con su lucha y esperanza por la justicia y la dignidad, tendrá un gran impacto en nuestras deliberaciones y acciones.

7. Las sociedades latinoamericanas han sufrido desde sus orígenes coloniales. Las sociedades europeas, particularmente España y Portugal, han impuesto a los pueblos aborígenes sus sistemas políticos y sociales y sus valores culturales, destruyendo así sus culturas y religiones. La cultura y el gobierno opresores de los colonizadores han dejado profundas heridas en las sociedades latinoamericanas. La pobreza, las desigualdades y la dependencia del extranjero han continuado después de la transición del período colonial a la era de la independencia. 

8. A pesar de que hoy las sociedades latinoamericanas difieren unas de otras de muchas maneras, tienen también muchas cosas en común. Durante el siglo XX, la mayoría de ellas se vieron afectadas por el desorden político, económico y social. A mediados de los años setenta, muchos países latinoamericanos estaban gobernados por regímenes militares, que violaron los derechos humanos, persiguieron y asesinaron a líderes políticos y comunales e ilegalizaron a las organizaciones políticas. Desde los años ochenta, la mayoría de los gobiernos de la región han adoptado estrategias económicas inspiradas o basadas en doctrinas y principios neoliberales. Durante los últimos diez años, la mayor parte de los países de la región sufrieron profundas crisis políticas y económicas, que han producido a su vez malestar social y protestas. Durante todo este período, el pueblo latinoamericano ha luchado por la vida, la dignidad y los derechos humanos. La mundialización ha tenido profundas repercusiones sobre los aspectos políticos, sociales y culturales de las sociedades en la región. Por obra de la mundialización las poblaciones locales han perdido el control de sus recursos nacionales y de las actividades económicas, y la brecha entre los ricos y los pobres se ha ampliado. Recientemente varios países han elegido gobiernos comprometidos con estrategias de desarrollo que no concuerdan con las políticas de las instituciones internacionales (FMI, Banco Mundial, etc.). 

9. Muchas iglesias han estado y permanecen aún alertas a estos cambios, desarrollos y desafíos. Creen que su función pastoral y profético es la participación activa en la construcción de la nación. La participación de las iglesias en la construcción nacional les ha ayudado a entender la misión de Dios en un nuevo contexto y de una nueva manera. La fe es una realidad esencial en la vida cotidiana de los pueblos de América Latina. La espiritualidad, el celo evangélico y el compromiso ecuménico están presentes con fuerza en las iglesias. Una característica importante del cristianismo en América Latina es el crecimiento de iglesias no institucionales y de movimientos carismáticos. 

10. El tema de la Asamblea tiene un significado muy especial en este momento de la historia de este continente. Tendremos la oportunidad de aprender más sobre el continente en general y sobre Brasil en particular tanto en la sesión especial sobre América Latina cuanto en la participación en los cultos en las comunidades locales y en el contacto cotidiano con las personas y las iglesias locales. 

UN PERÍODO DE TRASTORNOS Y TENACIDAD 

11. Los últimos siete años han sido un período complejo y frágil en la historia mundial. El informe De Harare a Porto Alegre (1998-2006) cubre la actividad fundamental y los aspectos significativos del testimonio del Consejo durante este período. Describe brevemente los logros obtenidos y las lecciones aprendidas durante el camino que va desde la octava a la novena Asamblea. Junto a este informe, ustedes encontrarán también en sus carpetas la Evaluación del Programa Previa a la Asamblea, que es una evaluación crítica, amplia y objetiva del trabajo del Consejo en sus varios aspectos y manifestaciones. 

12. Cuando echamos un vistazo al período pasado, podemos preguntarnos cuánto hemos sido capaces de avanzar en nuestros objetivos ecuménicos. No es fácil rendir cuentas completas y exhaustivas sobre el camino recorrido por nuestra comunidad. En los años recientes, “crisis” ha sido una de las palabras usadas con mayor frecuencia para designar la vida y el trabajo del Consejo. Hemos vivido crisis de varios tipos. Nos hemos enfrontado con tensiones tremendas y hemos continuado el testimonio del Consejo bajo presiones enormes. Es a través de las crisis como se pueden obtener grandes logros y alcanzar objetivos fundamentales. ¿Acaso la encarnación de Cristo no ha sido producto de una crisis? ¿No fue la creación del CMI la respuesta a una crisis? Las crisis permanecerán siempre con el Consejo, en formas y maneras diferentes. Estamos llamados a responder a las crisis con fe y esperanza y con una visión de futuro. 

13. Los últimos siete años de la vida del Consejo han sido un período de trastorno, y también de tenacidad. El Consejo ha experimentado el fuerte impacto de los acontecimientos mundiales. A pesar de las repercusiones negativas de estos acontecimientos, del desasosiego interno debido a una disminución en los ingresos y a la necesidad de reducir tanto el personal y como los programas, y a pesar de la emergencia de múltiples preocupaciones relativas a las relaciones entre el Consejo y sus iglesias, el Consejo cumplió en general las recomendaciones y aplicó las prioridades programáticas que se acordaron en la Asamblea de Harare. La reflexión y la acción del Consejo se organizaron alrededor de cuatro centros: ser iglesia, al servicio de la vida, ministerio de la reconciliación y testimonio y servicio comunes en medio de la mundialización. La calidad del testimonio del Consejo no se vio afectada ni por las limitaciones financieras ni por el reajuste de sus programas ni por los cambios en su personal de dirección. Tampoco afectaron estos factores a la moral y la dedicación del personal. El personal del Consejo ha hecho un buen trabajo bajo la dirección de los Comités Central y Ejecutivo y apoyado por los comités y comisiones del programa, y merece nuestro mayor aprecio. 

14. Para el Consejo, una Asamblea es primordialmente una ocasión para rendir cuentas, al evaluar sus logros, insuficiencias y deficiencias. También es una oportunidad para echar una mirada más amplia y realista al movimiento ecuménico, a cuyo servicio el Consejo ha sido llamado. Ciertamente, ese intento serio de analizar la situación ecuménica, aclarar la emergencia de nuevas realidades y preocupaciones e identificar las nuevas expresiones y desafíos del ecumenismo, nos permitirá mirar hacia adelante con una mayor confianza y una visión más clara. En la última década, el movimiento ecuménico ha visto acontecimientos significativos que, con sus amplias ramificaciones y sus consecuencias de largo alcance, serán indudablemente cruciales para el rumbo futuro del ecumenismo. Quisiera centrar mis comentarios en tres ámbitos específicos: eclesiología, diálogo interreligioso y nueva estructuración del movimiento ecuménico. 

POR UNA IGLESIA MAS ALLÁ DE SUS MUROS 

15. El movimiento ecuménico consiste en “ser iglesia.” Les recordará siempre a las iglesias que deben realizar su ser y su vocación en el contexto de los tiempos y las circunstancias cambiantes. En mi informe a la Asamblea de Harare, preguntaba: “¿Qué tipo de iglesia proyectamos para el siglo XXI: una iglesia confinada a estados nacionales o grupos étnicos, preocupada exclusivamente por su propia preservación, o una iglesia misionera, abierta al mundo y lista para enfrentarse a los desafíos del mundo?”1 El Consejo continuó luchando con esta pregunta pertinente a través de sus programas, relaciones y actividades. Asimismo nuestras iglesias, cada cual a su manera, se esfuerzan por responder a esta cuestión fundamental. 

16. El cristianismo en sus corrientes dominantes está envejeciendo y disminuyendo en número, y también el cristianismo emerge con nuevos rostros y formas. El panorama cristiano ha cambiado de manera dramática con la formación de congregaciones no denominacionales, de organizaciones paraeclesiásticas y megaeclesiásticas. También suceden grandes cambios en nuestras iglesias: la iglesia institucional está perdiendo mucho de su fuerza y de su impacto en la sociedad; se crea confusión y enajenación en muchas iglesias debido a las tensiones y las divisiones por cuestiones éticas, pastorales y sociales; está creciendo la separación entre el “pertenecer” y el “creer”; y cada vez más oímos hablar en los medidos de comunicación social de que la iglesia está en un estado de “confusión,” que es una iglesia “polarizada” y “silenciosa.” Muchos, especialmente los jóvenes, parecen decepcionados ante lo que perciben como incapacidad de la iglesia institucional para responder a los desafíos y los problemas de los nuevos tiempos. Buscan una iglesia que sea capaz de responder a sus anhelos espirituales, una iglesia que pueda servir a sus necesidades pastorales, una iglesia que sea capaz de dar respuestas a sus preguntas. 

17. Estas tendencias emergentes empujan a las iglesias para ir mas allá de sus límites institucionales, trascender sus formas tradicionales y proyectarse hacia las bases populares. Durante varios siglos, nuestras iglesias han estado protegidas por murallas dogmáticas, éticas, teológicas, étnicas, culturales y confesionales. Me pregunto si tales murallas pueden seguir defendiendo a las iglesias en un mundo donde la interacción y la interpenetración han llegado a ser parte integrante de la vida humana. La iglesia está expuesta a todo tipo de vicisitudes y a los sobresaltos de la sociedad. Con el fin de preservar su especificidad, algunas iglesias han reaccionado a esta situación replegándose en sus confines nacionales, confesionales o institucionales. Otras, en respuesta al medio ambiente cambiante, buscan nuevas formas de “ser iglesia.” La iglesia no puede permanecer dentro de la “fortaleza” como una realidad autosuficiente; debe interactuar con su entorno. La iglesia no puede transformar el mundo desde dentro de sus muros; deber proyectarse hacia afuera. En un nuevo contexto mundial, “ser iglesia” es verdaderamente un gran desafío que conlleva implicaciones concretas: 

a) Significa entender a la iglesia esencialmente como una realidad misionera y no como una institución congelada. La iglesia adquiere su auténtica naturaleza y su significado pleno cuando se realiza como misión. La iglesia es enviada la mundo para discernir la voluntad de Dios y responder a ella en las complejidades y ambigüedades del mundo. 

b) Significa ir más allá de sí misma, alcanzando a los pobres y los proscritos, compartiendo sus preocupaciones, identificándose con sus sufrimientos y respondiendo a sus necesidades. La iglesia pierde su credibilidad si no logra interactuar con sus bases. Debe llegar a ser una “iglesia para los otros”, una iglesia que capacita a los marginados. 

c) Significa llegar a ser una comunidad de todos y para todos, donde todos los sectores de la sociedad se unan dentro de un marco vida y un sistema de toma de decisiones en común, donde se escuchen las voces de las mujeres, donde se anime a los jóvenes a participar, donde se responda a las expectativas de la gente con capacidades diferentes; un lugar donde, de hecho, se elimine todo tipo de discriminación. 

d) Significa encararse con las cuestiones relacionadas con la bioética, la biotecnología, la sexualidad humana y otros ámbitos de la ética y la moralidad. El debate ecuménico nos ha enseñado que el ser y la unidad de la iglesia unidad están íntimamente relacionados con la ética. Las iglesias ya no pueden ignorar estos asuntos en sus relaciones internas o en sus relaciones intereclesiales. Debe buscarse un terreno común mediante planteamientos pastorales y contextuales. Un compromiso tal será de gran ayuda para evitar tensiones y divisiones en las iglesias. 

e) Significa llevar la sanación y la reconciliación a la humanidad y a la creación quebrantadas. Como comunidad transformada de Dios, primicia y signo del Reino, la iglesia es enviada por Cristo para transformar el mundo en el poder del Espíritu Santo. Es responsabilidad de la iglesia cuidar de la creación. 

f) Significa redescubrir la centralidad de la unidad. Una iglesia dividida no puede dar un testimonio creíble en un mundo quebrantado; no puede oponerse a las formas de la mundialización que desintegran y desorientan, ni entrar en un diálogo significativo con el mundo. Hablar con una sola voz y asumir juntas la vocación profética son sin lugar a dudas los requerimientos esenciales para “ser iglesia” en un mundo polarizado. 

18. Hoy se están creando nuevos contextos en torno a las iglesias, que las instan a revisar y ampliar sus reflexiones teológicas; surgen nuevas formas de proyección misionera que desafían a las iglesias a ir mas allá de sus normas tradicionales de evangelización y diaconía; se adoptan nuevas formas de “ser cristiano” que recuerdan a las iglesias la necesidad de cambiar sus concepciones y metodologías educativas. Es claro que una iglesia autosuficiente y centrada en sí misma no puede sobrevivir en sociedades que cambian radicalmente. Solamente una iglesia liberada de su propia cautividad, una iglesia en diálogo creativo con su entorno, una iglesia que se encare con coraje con los problemas de su tiempo, una iglesia con el pueblo y para el pueblo, puede ser una fuente viva de la gracia divina fortalecedora, transformadora y sanadora. No estoy pidiendo que la iglesia tenga una apertura acrítica frente al mundo, sino que salga de su egocentrismo hacia una interacción dialógica, que cambie la preocupación por perpetuarse a sí misma por una proyección misionera, que en lugar de reaccionar a los problemas los prevea, que en lugar de autoprotegerse responda a las necesidades. “Ser iglesia” es un asunto eclesiológico; significa ir a las raíces auténticas de la catolicidad, la santidad, la apostolicidad y la unidad de la iglesia. “Ser iglesia” es un asunto misiológico; significa redefinir y rearticular el esse de la iglesia como una realidad misionera. “Ser iglesia” es asimismo un asunto ecuménico; significa desafiar y ayudar a que la iglesia llegue a ser un instrumento eficiente y creíble de la transformación que Dios trae a un mundo cambiante. “Ser iglesia” debe permanecer en el corazón del movimiento ecuménico. 

COMO ENTENDERSE A SÍ MISMA EN LAS SOCIEDADES PLURALISTAS 

19. El pluralismo religioso es el contexto mismo del “ser iglesia”. Nuestro entorno pluralista ejerce una gran influencia sobre nuestra teología, nuestras tradiciones, nuestros valores y nuestras formas de vida. En medio del pluralismo religioso está la iglesia llamada a redefinir su identidad y su vocación misionera. La iglesia siempre ha vivido en diálogo con su entorno. La mundialización ha hecho que el diálogo sea un elemento aún más existencial e integrante de la vida cotidiana de la iglesia. El diálogo es el compromiso de vivir nuestras diversidades como una humanidad única, de manera significativa y coherente en un mundo único. Es también el intento de trabajar juntos, cualesquiera sean nuestras divergencias y tensiones. Las consideraciones siguientes merecen una atención particular: 

a) Es crucial la manera en que los cristianos se entienden a sí mismos en un contexto de pluralismo religioso. En un mundo globalizado y en sociedades pluralistas, los enfoques fenomenológicos al asunto de la identidad son simplemente irrelevantes. El nuevo contexto en que vivimos cuestiona cualquier tipo de entendimiento que sea exclusivista, monológico y centrado en sí mismo, y requiere una definición de sí mismo que sea dialógica. Aunque nuestra identidad está condicionada por nuestra fe, la pone a prueba el medio ambiente específico en el que se experimenta y se articula. Esta percepción interactiva de la identidad cristiana, a pesar de sus riesgos potenciales, enriquece y ensancha nuestro entendimiento de nosotros mismos; condiciona, también, la manera en la que organizamos la educación y la formación cristianas. 

b) Este enfoque de como los cristianos se entienden a sí mismos nos ayuda también a entender desde una perspectiva correcta la “alteridad” del otro, que deja de ser extraño para ser un prójimo. La mundialización ha transformado el diálogo con extraños en un diálogo con prójimos. El diálogo con nuestro prójimo es una expresión de simpatía y respeto, es una dimensión vital de las enseñanzas bíblicas. Descubrir al “otro” es redescubrirse a sí mismo. Pero nuestro entendimiento del “otro” deber siempre ser cotejado con el entendimiento que el “otro” tiene de sí mismo. Nuestra percepción del “otro” es también fundamental para el entendimiento misiológico de la iglesia y su autorrealización. La proyección misionera de las iglesias no debe verse como una reacción “contra” el extraño, sino como un compromiso activo “con” nuestro prójimo. Por consiguiente, necesitamos explorar el significado y las implicaciones de la Missio Dei en el contexto del pluralismo religioso. 

c) Hablar del pluralismo religioso desde una perspectiva cristiana implica siempre un juicio, basado en nuestra fe en el Dios uno y trino y en nuestro compromiso con la Missio Dei. Debemos volver a estudiar la teología bíblica y la Cristología del Logos de la iglesia primitiva, las cuales nos ayudarán y nos recordarán que es necesario mirar a los fundamentos de nuestra fe en una perspectiva más amplia. Según la enseñanza bíblica, el don divino de la salvación en Cristo se ofrece a toda la humanidad. De la misma manera, según la pneumatología cristiana, la obra del Espíritu Santo es cósmica, alcanza de maneras misteriosas a gentes de otras creencias. Por lo tanto, la iglesia está llamada a discernir los signos del Cristo “oculto” y de la presencia del Espíritu Santo en las otras religiones y en el mundo, y dar testimonio de la salvación de Dios en Cristo. 

d) En el diálogo interreligioso no podemos renunciar a nuestras aspiraciones a la verdad. Sin embargo, afirmar nuestra fidelidad a Cristo, no debe impedirnos entablar el diálogo y la colaboración con otras religiones. En el diálogo, lo que es específico de cada religión y su integridad deben ser respetados. Para que nuestro diálogo sea creíble y se asiente en bases sólidas, debemos profundizar en nuestros valores comunes y aceptar nuestras diferencias. A la vez que se agudiza la urgente necesidad de que las religiones dialoguen sobre asuntos de interés común desde la perspectiva de los valores que compartimos, también sigue creciendo la ambigüedad del papel de la religión en la sociedad y el mal uso de la religión. Las iglesias están presas en este dilema. Esta situación ambivalente hace que el diálogo interreligioso sea aún más imperativo. Las iglesias y el movimiento ecuménico deben tomar con seriedad el diálogo interreligioso. 

POR UN ECUMENISMO RELEVANTE Y CREÍBLE 

20. Hemos entrado en un nuevo período de la historia ecuménica. El paisaje ecuménico está cambiando radicalmente: las instituciones ecuménicas tradicionales están perdiendo su motivación y sus intereses; emergen nuevas normas y modelos ecuménicos; se forman nuevas alianzas y asociaciones; y se establecen nuevos programas ecuménicos. El panorama ecuménico actual presenta un cuadro nuevo. Quisiera identificar algunas de estas novedades significativas: 

a) Un ecumenismo centrado en el pueblo. En la última década, el ecumenismo institucional ha generado indiferencia y hasta enajenación, y ha comenzado a adquirir predominio un ecumenismo que es un movimiento que tiene que ver con todo el pueblo de Dios. El ecumenismo está saliendo firmemente de los límites estrechos de la institución y está llegando aún más allá de las iglesias. Al mismo tiempo que el ecumenismo es marginal para algunas iglesias, aparece como una prioridad para organismos ecuménicos y grupos de acción. En muchas regiones del mundo el ecumenismo de base está siendo cada vez más atractivo. Hay una conciencia creciente de que si el movimiento ecuménico no está enraizado en la vida de los pueblos y si no se lo ve desde esa perspectiva, mermarán considerablemente su autenticidad y su credibilidad. De hecho, el ecumenismo no es algo que se importa desde afuera o se desarrolla basándolo en una institución como su centro. Por el contrario, debe emanar de la vida misma del pueblo, y el pueblo mismo debe hacerlo suyo. Debe impregnar la vida del pueblo en todos sus niveles y dimensiones. Como consecuencia de un ecumenismo basado en el pueblo, está surgiendo como paradigma viable un ideal ecuménico centrada en la vida. Este ideal, que tiene todo el potencial para llevar el movimiento ecuménico más allá de sus expresiones institucionales, está ya en gestación. Una manifestación concreta de él es el movimiento “Acción Conjunta de las Iglesias.”  

b) Un ecumenismo que responde a las realidades cambiantes. Para algunos, el movimiento ecuménico está envejeciendo; para otros, ya es obsoleto. Las normas presentes de la cultura ecuménica y las formas de la estructura ecuménica ya no se adaptan a los nuevos contextos. Más todavía, el programa ecuménico en gran medida ha sido superado y es incompatible con las realidades y las preocupaciones del presente. Al responder a las cuestiones, el movimiento ecuménico ha visto su papel fundamentalmente como de discernimiento y articulación. Es de esperar que el movimiento ecuménico vaya más allá de su papel tradicional buscando soluciones, orientando y, cuando sea necesario, adoptando una fuerte actitud profética. También veo un serio problema en la capacidad del movimiento ecuménico para responder en una forma rápida y eficiente a las expectativas de las iglesias y a la crisis mundial. El ecumenismo institucional se ha preocupado por sus propios problemas y por lo tanto ha perdido contacto con los asuntos con que se enfrentan las iglesias. Este distanciamiento creciente entre el ecumenismo institucional y las iglesias debe ser tratado críticamente. En vez de seguir con el ecumenismo reactivo que hemos desarrollado, debemos construir un ecumenismo que responda, que transforme y acompañe a las iglesias en sus esfuerzos por la renovación de la iglesia, un ecumenismo que cuestione las percepciones arcaicas y que promueva una reflexión creativa, y que se esfuerce por sustituir los estilos tradicionales por metodologías innovadoras y los planteamientos conservadores por actitudes realistas.  

c) Asegurar la complementariedad y la integridad del movimiento ecuménico. Crece el número de iglesias participantes en diálogos teológicos bilaterales (una forma de relación ecuménica preferida especialmente por la Iglesia Católica Romana desde el Concilio Vaticano II) y en una colaboración ecuménica bilateral. El resultado es que el ecumenismo multilateral está en descenso y el ecumenismo conciliar está estancado. El movimiento ecuménico se está desarrollando en cuatro direcciones: el diálogo teológico bilateral, las asociaciones ecuménicas bilaterales, el ecumenismo institucional y el ecumenismo popular. Ni las instituciones ecuménicas ni las iglesias han sido capaces hasta ahora de asegurar la complementariedad de estas direcciones. De hecho, estamos viendo signos crecientes de polarización, apreciable ver en muchos campos y a diferentes niveles de la vida ecuménica, y de una desintegración constante en muchas instituciones ecuménicas. Es hoy importantísimo establecer coherencia entre las estructuras ecuménicas, y en las iniciativas o acciones a nivel mundial, regional y nacional. Es aún más importante asegurar la unidad, la totalidad y la integridad del movimiento ecuménico. Como dice la declaración ecuménica sobre “Entendimiento y Visión Comunes del Consejo Mundial de Iglesias” (EVC), el CMI, como la manifestación más organizada e institucional del movimiento ecuménico, está obligado a comprometerse en esta tarea fundamental.2 Durante la última década, el Consejo ha hecho un esfuerzo considerable para reforzar el carácter inclusivo del movimiento ecuménico. Sin embargo, a mi juicio, no hemos logrado manifestar concretamente, ni siquiera con la Iglesia Católica, la unidad y la integridad del movimiento ecuménico. Me parece que si las iglesias —principales titulares y protagonistas del movimiento ecuménico— no asumen esta tarea fundamental, las organizaciones ecuménicas serán dominadas por interlocutores ecuménicos y el trabajo ecuménico quedará confinado a los diálogos teológicos bilaterales. 

d) ¿Un ecumenismo que une o que divide? Cuando se inició el movimiento ecuménico, su objetivo declarado era la derribar el “muro de separación” (Ef. 2:14) y conducir a las iglesias hacia la unidad visible. Sin embargo, la evolución dentro de las iglesias y entre ellas y las circunstancias cambiantes en el mundo han hecho que el movimiento ecuménico llegue a ser un espacio para nuevas tensiones y alienaciones. Las controversias y las divisiones que tienen que ver con cuestiones éticas, políticas y sociales con frecuencia encuentran eco en el movimiento ecuménico. Muchas iglesias malinterpretan el ecumenismo; lo equiparan a las fuerzas del liberalismo y la secularización. Temen que amenace sus enseñanzas morales y que conduzca al proselitismo y al sincretismo. El CMI y muchos consejos regionales y nacionales y aún las comuniones mundiales han sufrido con esta percepción equivocada. Esta situación requiere una reflexión profunda, un amplio enfoque y un tratamiento cuidadoso. La única manera de que las iglesias y las instituciones ecuménicas hagan frente a esta situación compleja es escucharse y tener confianza mutua, entender las sensibilidades de unas y de otras y respetar las preocupaciones de unas y otras. El movimiento ecuménico debe seguir ofreciendo un espacio para que las iglesias se comprometan en un diálogo sincero y en una interacción creativa para poder ver con claridad las contradicciones. Debe también ayudarlas a lograr una mayor coherencia y un consenso más amplio, sin dejar de ser fieles a sus diversidades. 

e) Emergencia de nuevos modelos de ecumenismo. Durante mucho tiempo, los interlocutores y los protagonistas del movimiento ecuménico se limitaban a las iglesias y de sus jerarquías. Hoy son también organismos donantes y ministerios especializados. Están apareciendo nuevas maneras de “ser” ecuménico y de “hacer” ecumenismo: las redes de contactos reemplazan a las instituciones, la defensa de los derechos sustituye a los programas; el ecumenismo basado en miembros está perdiendo importancia y gana terreno un ecumenismo de asociación y alianza. Las iglesias y los círculos ecuménicos consideran cada vez más que el movimiento ecuménico es un “foro” o un “espacio” para el encuentro y la colaboración. Estos nuevos modelos de ecumenismo no solamente fortalecen el ecumenismo no comprometido, sino que van dejando de lado el objetivo de la unidad visible. Creo que no debemos gastar mas tiempo y energías en perpetuar los vestigios de un ecumenismo que envejece. El movimiento ecuménico debe servir a su causa sagrada y no permanecer paralizado dentro de estructuras osificadas. También creo que cualquier forma de ecumenismo que no suscite inquietud y que no genere un compromiso, no es ecumenismo. Un ecumenismo “fácil” e “independiente” es un impedimento para nuestro camino ecuménico. Necesitamos modelos ecuménicos que desafíen constantemente a las iglesias para que no solamente cohabiten, sino que crezcan juntas, para que vayan de una existencia autosuficiente hacia una existencia interdependiente, de un testimonio unilateral a un testimonio multilateral. Este es el verdadero camino ecuménico. 

f) ¿Qué es lo que está en crisis, las instituciones o la visión ideal? El movimiento ecuménico siempre ha tenido crisis. Muchos piensan que las crisis son inherentes a la institución. Estoy de acuerdo. A mi juicio, el ideal ecuménico también está ante una crisis. Algunos sostienen que el problema no está tanto en el ideal como en la forma en que se perciben y se hacen realidad sus imperativos y desafíos. Otros, sin embargo, están convencidos que ya estamos más allá del EVC, y que por lo tanto debemos buscar una nueva visión para el siglo XXI. A mi juicio, el problema verdadero tiene dos facetas: las instituciones ecuménicas han comenzado a perder contacto con la visión ideal, a la vez que ésta aparece como vaga y ambigua. No debemos caer prisioneros de nuestras instituciones ecuménicas ni debemos quedar enredados en nuestra visión ecuménica. El movimiento ecuménico no puede equipararse a la actividad programática, ni tampoco puede reducirse a una mera defensa de causas y a la construcción de redes. La institución no puede reemplazar a la espiritualidad, y la visión no puede ser sustituida por la acción. El movimiento ecuménico, fruto del Espíritu Santo y movimiento orientado hacia el futuro, trasciende sus limitaciones institucionales y sus expresiones geográficas. Lo que necesita el movimiento ecuménico es una articulación nueva de su espiritualidad y de su visión. La dimensión horizontal del movimiento ecuménico debe ser sostenida por una dimensión vertical, es decir, por una espiritualidad que haga que el movimiento ecuménico pueda ser una fuente de renovación y de transformación. Más todavía, la visión ecuménica debe ser reevaluada y redefinida constantemente, tanto en su fidelidad al mensaje del Evangelio como en su respuesta a las condiciones cambiantes. 

21. Estas nuevas condiciones seguirán teniendo un impacto en el CMI y debemos tener la valentía para aceptar no solamente los puntos fuertes del Consejo, sino también su vulnerabilidad y su fragilidad. También debemos tener la humildad para reconocer juntamente con sus logros, sus deficiencias y defectos. Un espíritu triunfalista servirá solo para consolidar su estancamiento, y un espíritu protector aislará aún más al Consejo del movimiento ecuménico. El CMI no es una organización que deba ser evaluada solamente por sus “chequeos y balances.” Es una comunidad de oración y de esperanza. El Consejo está llamado a ser un signo, un agente y un instrumento de un ecumenismo creíble, digno de confianza y responsable. Para poder lograr este objetivo, el Consejo debe cambiar y renovarse profundamente tanto en sus formas de pensar y de actuar como en la manera de organizar y comunicar su trabajo. 

MAS ALLÁ DE LA ASAMBLEA: MIRANDO HACIA EL FUTURO 

22. Una Asamblea es también una oportunidad única para mirar hacia adelante, para intentar identificar las áreas de nuevas prioridades y las preocupaciones fundamentales que han de determinar los programas y la actuación futura del Consejo. El período posterior a la Asamblea estará marcado por una planificación estratégica intensa cuyo objetivo será dar una nueva forma al marco programático del Consejo. Estoy convencido de que este proceso, que ha de comenzar en esta Asamblea, deberá considerar seriamente los asuntos siguientes: 

CONSTRUIR LA COMUNIDAD: UNA PRIORIDAD ECUMÉNICA 

23. El CMI, a pesar de los esfuerzos continuos para realizarse como una comunidad de iglesias, ha permanecido como una organización ubicada en Ginebra. El carácter de comunidad del Consejo se enfrenta hoy más que nunca con enormes desafíos, debidos, en primer lugar, a la ampliación de brecha entre las iglesias y el Consejo; en segundo lugar, a la participación creciente de los interlocutores ecuménicos en la vida y el testimonio del Consejo; y en tercer lugar, al desplazamiento cada vez mayor del centro de interés del Consejo, de la construcción de la comunidad a una función más orientada hacia la defensa de las causas.

a) Para muchos, la unidad ha dejado ya de ser una prioridad ecuménica y se ha transformado en un tema académico o, en el mejor de los casos, en un objetivo escatológico. De hecho, como nueva metodología y táctica ecuménicas, el Consejo ha vinculado la unidad a los asuntos éticos, sociales y misiológicos. Como resultado de ello, el tema de la unidad ha perdido su centralidad y su urgencia. El Consejo debe volver a insistir en la importancia fundamental de la unidad visible, empeñándose otra vez en los procesos de convergencia y recepción, especialmente a través de los siguientes estudios: “Bautismo, Eucaristía y Ministerio3”, “Confesar la única Fe4”, y “La Naturaleza y Misión de la Iglesia: Una Etapa en el Camino hacia una Declaración Común5”. Por otro lado, sin embargo, el Consejo debe profundizar también la convicción teológica de que la búsqueda de la unidad y el compromiso con el testimonio y servicio comunes al mundo no son opciones que se excluyen mutuamente, sino que, por el contrario, se enriquecen recíprocamente. 

b) ¿Qué tipo de Consejo somos? ¿Somos una organización que planifica actividades, establece programas e inicia la promoción y defensa de causas, o somos una comunidad que lucha por la unidad visible de la iglesia? Yo diría que somos ambas cosas. No veo en ello ningún dilema ni ambigüedad; son dos aspectos de la tarea del Consejo que se condicionan y se fortalecen mutuamente. Dado que somos una organización, es imperativo trabajar con una membresía más amplia, que incluya a los interlocutores ecuménicos. Asimismo, es fundamental para el futuro del movimiento ecuménico que desarrollemos un sentido de mutualidad y complementariedad con los interlocutores ecuménicos. El Consejo necesita de su experiencia y de sus recursos financieros. Sin embargo, debemos estar conscientes que tarde o temprano, la creación de nuevas alianzas y grupos de promoción y la asociación creciente con interlocutores ecuménicos tendrá como consecuencia la reducción del carácter de comunidad del Consejo. El CMI no puede transformarse en una organización ecuménica mundial que simplemente sea facilitadora, se relacione con otras a través de redes y organice una serie de actividades. Una situación de este tipo negaría la naturaleza y vocación verdaderas del Consejo. El Consejo debe seguir siendo responsable frente a sus iglesias como una comunidad que está basada en ellas; sin embargo, necesita un espacio más amplio para la acción y la reflexión creativas. Como se decía en la declaración sobre EVC, el “profundizar” y el “ensanchar” la comunidad del Consejo son tareas inseparables.6 Por consiguiente, es necesario reequilibrar, reafirmar y reconfigurar la especificidad del Consejo como comunidad de iglesias y su función única como organización dentro del movimiento ecuménico mundial. 

c) Algunas iglesias creen que existen otras formas de articular su compromiso ecuménico. En consecuencia, se comprometen más a trabajar juntas que a crecer juntas o a dialogar dentro de la comunidad de Consejo. ¿Cómo podemos iniciar un proceso por medio del cual las iglesias puedan sentir aún más que el Consejo les pertenece? El Consejo son las iglesias asociadas en su compromiso con el Evangelio y en su compromiso mutuo. El Consejo debe prestar mayor atención a las iglesias, su centro primario debe ser la profundización de la comunidad. Y las iglesias, por su parte, deben tomar más en serio su pertenencia al Consejo y deben reconocer las implicaciones espirituales, ecuménicas y financieras que surgen como consecuencia de formar parte de la comunidad del CMI. Una vez le pregunté a un líder de una iglesia qué es lo que ellos hacían por el CMI. Y me respondió: conseguimos fondos. Yo le respondí que también deberían conseguir una mayor sensibilización. Es cierto que construir la comunidad supone la profundización de la toma de conciencia, el fortalecimiento de la confianza y sacrificios. Las iglesias hicieron la siguiente declaración en la Asamblea de Harare: “Asumimos ahora el compromiso de estar juntas en un continuo avanzar hacia la unidad visible7”. Estamos llamados a dar a nuestra comunidad un nuevo toque de calidad agudizando la responsabilidad del Consejo frente a las iglesias y haciendo todo lo posible para que éstas sientan que el Consejo les pertenece. También debemos hacerlo por medio de la búsqueda de nuevas formas de actuar, trabajar y reflexionar unidos, iniciando así nuevas formas de “ser iglesia” juntos. Si el Consejo no logra asegurar una base eclesiológica mínima, nuestra comunidad permanecerá inestable y ambigua. ¿No es acaso el momento de volver a examinar la declaración de Toronto?8

DE UN CAMBIO DE LAS REGLAS A UN CAMBIO DEL ETHOS 

24 A partir del final de la guerra fría, el CMI y las Iglesias Ortodoxas han ido en direcciones distintas, teniendo preocupaciones y prioridades diferentes. El CMI nunca comprendió ni plena ni correctamente las expectativas Ortodoxas en su intento de recuperar y de descubrir nuevamente su identidad y su lugar en la sociedad postcomunista. Al mismo tiempo, las críticas al Consejo que hicieron las Iglesias Ortodoxas han sido exageradas en la medida que ignoraban los logros ecuménicos fundamentales, en los que ellas mismas han desempeñado un papel significativo. Algunas de las tensiones entre el CMI y las Iglesias Ortodoxas y su separación se debieron a la situación interna a las Iglesias Ortodoxas mismas, a las realidades cambiantes en las nuevas sociedades con una población predominantemente ortodoxa y a la estructura y programa internos del Consejo. La Comisión Especial creada por la Asamblea de Harare, después de siete años de trabajo intenso, ha identificado varias áreas específicas que requieren una seria revisión. Las recomendaciones de esta Comisión han sido aprobadas por el Comité Central. Los asuntos relacionados con la Constitución y el Reglamento figuran en el programa de la Asamblea. 

a) El modelo de la búsqueda del consenso en los procedimientos de votación es el logro más importante de la Comisión. Gracias a él, el Consejo ha de experimentar un cambio fundamental pasando de un sistema parlamentario de votación a un proceso de construcción del consenso. Este modelo no sólo tiene por objeto cambiar los procedimientos de votación, sino que se espera que promueva una más amplia participación, un sentido de pertenencia y el sentido de comunidad. El consenso no significa necesariamente unanimidad, sino que sirve para preservar la diversidad, respetar las diferencias y al mismo tiempo superar las contradicciones y la alienación. Por lo tanto, no es sólo cuestión de procedimientos; su objetivo es incitarnos tanto a compartir nuestras ideas teológicas y nuestras experiencias espirituales, como a expresar con mayor eficacia nuestras perspectivas y preocupaciones, habilitándonos mutuamente y buscando el sentir común de la iglesia. Inicialmente, el consenso fue una medida para fortalecer la participación de las Iglesias Ortodoxas. Pero debe ir más allá de ellas y deber servir para recordar a todas las iglesias miembros que, juntas, constituyen una comunidad y, por lo tanto, están llamadas a tratar los asuntos de forma no conflictiva y en un espíritu de apertura y confianza mutuas. 

b) ¿Ayudarán el modelo de consenso y otras recomendaciones de la Comisión Especial a cambiar el ethos del Consejo? De hecho, tanto las “Consultas Ortodoxas” que hemos organizado como las “Declaraciones Ortodoxas” que hemos hecho y las “Contribuciones Ortodoxas” que hemos ofrecido al Consejo desde su fundación en 1948 han tenido, sin lugar a dudas, cierto impacto, pero no han logrado producir cambios reales en el estilo, la estructura y la metodología del Consejo, que están dominados por una mentalidad protestante occidental. Esta falla se debió principalmente a que las Iglesias Ortodoxas han mostrado la falta de un compromiso y seguimiento coherentes y perseverantes, así como a la reticencia e indiferencia de las iglesias protestantes con relación a las preocupaciones y la contribución ortodoxas. Aquí reside el verdadero problema y éste es el verdadero desafío. La Comisión Especial ha propuesto nuevas formas para trabajar juntos en relación con los asuntos polémicos y las cuestiones que nos dividen. Es de esperar que se preste más atención y se comprenda mejor a las Iglesias Ortodoxas. Espero también que las Iglesias Ortodoxas, por su parte, aprovechen esta oportunidad para ofrecer en todas las áreas y niveles de la vida y del trabajo del Consejo una participación más organizada y eficiente. El ethos del Consejo no va a cambiar inmediatamente a causa de las conclusiones de la Comisión Especial. Debemos ser realistas y pacientes. Sin embargo la pregunta crítica es siempre la misma: ¿Cómo puede el Consejo avanzar del cambio de las reglas al cambio del ethos? Todas las iglesias miembros desempeñan una función fundamental en este proceso largo y difícil. 

c) ¿Las conclusiones de la Comisión Especial responden a las “preocupaciones Ortodoxas”? Algunas Iglesias Ortodoxas no están totalmente satisfechas con el trabajo de la Comisión. También algunos miembros protestantes del Consejo tienen reservas acerca de ciertos aspectos del trabajo de la Comisión. Además, seguirán existiendo enfoques comunes, divergencias y ambigüedades. Lo que la Comisión ha logrado hasta ahora no es el fin del proceso, sino solamente el comienzo del mismo. Debe trabajar aún más, especialmente con relación a la afiliación, la oración en común, la eclesiología y los asuntos sociales y éticos. Se ha terminado la época de las “contribuciones” ortodoxas, y ha llegado la hora de la integración de los Ortodoxos en el CMI. Este proceso debe iniciarse en primer lugar en las Iglesias Ortodoxas al nivel de base, creando conciencia acerca de la importancia del ecumenismo para la vida de las iglesias. Debe encontrar su expresión concreta en la participación activa de los representantes Ortodoxos en las comisiones programáticas que son, en cierto modo, el centro del trabajo del Consejo. El consenso y las recomendaciones de la Comisión Especial facilitarán este proceso. Espero que la crisis entre el CMI y los Ortodoxos sacudirá a todas las iglesias miembros en su compromiso ecuménico y será un desafío para ellas. 

RECONFIGURACIÓN: UN PROCESO DE RENOVACIÓN 

25. Las instituciones ecuménicas se formaron en respuesta al antiguo orden mundial. Son incompatibles con el nuevo contexto mundial. El paisaje ecuménico actual, con sus nuevos desarrollos y realidades, puede crear confusión y desorientación a corto plazo si no se evalúa y reordena críticamente. Durante el último decenio, por medio del EVC y de la Comisión Especial, el CMI ha intentado responder a los asuntos urgentes y pertinentes que confrontan al movimiento ecuménico en general y particularmente al CMI. El proceso de “reconfiguración” en el que el Consejo se ha empeñado recientemente debe ocupar un lugar importante en el orden del día ecuménico. Según mi parecer, debe prestarse atención a los siguientes asuntos y factores: 

a) El concepto de reconfiguración adquiere diferentes connotaciones en las distintas regiones y tanto las iglesias como los asociados ecuménicos lo perciben en forma distinta y tienen diferentes expectativas. La preocupación que nos es común a todos es que el movimiento ecuménico en todos sus aspectos y manifestaciones necesita una reevaluación completa y realista, y que también es preciso reenfocarlo, reorientarlo y darle una nueva forma. Por lo tanto, la reconfiguración no debe ser considerada como un proyecto relacionado con el Consejo, con alcance e implicaciones limitados. Debe ser percibida y organizada como una tarea común y global, en la que participen todas las iglesias, incluida la Iglesia Católica Romana, las instituciones ecuménicas, los asociados y los diferentes protagonistas ecuménicos. 

b) La reconfiguración no debe limitarse a un mero ejercicio de cartografía y reordenación de la oikumene. Debe tener como objetivo fundamental la renovación de la vida y del testimonio ecuménico por medio de la adaptación de su cultura a las nuevas condiciones, la reestructuración de las instituciones ecuménicas, el examen de los programas y relaciones, la profundización de la calidad del crecimiento de todos, el establecimiento de una coherencia, la creación de redes entre las diferentes formas y expresiones del ecumenismo, y la ampliación del ámbito de la asociación ecuménica. El Consejo no ha sido capaz de incorporar plenamente el EVC en su trabajo programático. Aunque el EVC, como declaración de visión, continúa siendo pertinente para todo el movimiento ecuménico, necesita ser reinterpretado. En este proceso, debe prestarse la debida atención tanto al EVC como al trabajo de la Comisión Especial. 

c) El movimiento ecuménico debe desarrollar un enfoque integrado de sus instituciones, programa, objetivos y forma de reflexión y acción. Debe asimismo desarrollar una perspectiva integral a los efectos de poder responder a los asuntos críticos y a los principales desafíos que presenta el mundo de hoy. El enfoque integrado – que es contrario a las iniciativas unilaterales y aisladas, pues promueve una perspectiva interactiva y coordinada – no es meramente una cuestión de metodología o de estrategia, sino que constituye una realidad ontológica perteneciente al esse de la fe cristiana. Un enfoque de esta naturaleza puede asegurar también la eficacia del testimonio ecuménico. 

d) El movimiento ecuménico se encuentra hoy en día en un dilema, oscila entre la integración y la desintegración, la asociación y la fragmentación, la defensa de causas y la comunidad, el bilateralismo y el multilateralismo. El CMI, que por su propia naturaleza es una comunidad creciente de iglesias, tiene una función de facilitador, de creación de redes y de coordinación en el movimiento ecuménico mundial. En este momento de la historia ecuménica, la vocación específica y privilegiada del Consejo debe adquirir mayor visibilidad y eficiencia. 

e) El movimiento ecuménico padece una crisis de credibilidad y de pertinencia. Reconfigurar instituciones no es una respuesta suficiente. Lo que necesita con urgencia el movimiento ecuménico en los albores del siglo XXI es fundamentalmente un “aggiornamento”, es decir, una renovación y una transformación que le permitan responder en forma responsable y eficaz tanto a los problemas de los nuevos tiempos como a las expectativas de las iglesias. 

f) La Iglesia Católica Romana está pidiendo “claridad” con relación al fundamento teológico y a la visión del ecumenismo. Yo comparto esta preocupación. Una de las contribuciones importantes del proceso de reconfiguración podría ser el desarrollo de lo que yo llamo una visión ecuménica compartida. Entiendo por visión ecuménica compartida una revisión amplia y articulación de los objetivos ecuménicos, a la que puedan asociarse todas las iglesias, incluyendo la Iglesia Católica Romana, y los interlocutores ecuménicos. Esta visión compartida debe sustentar nuestra acción ecuménica independientemente de su marco institucional o eclesial. Un paso de este tipo mejorará significativamente los objetivos ecuménicos. De otra manera, el activismo creciente puede debilitar la base teológica y espiritual del movimiento ecuménico. La reconfiguración debe también tener en cuenta este asunto importante. 

LA VIOLENCIA: UNA PREOCUPACIÓN ECUMÉNICA FUNDAMENTAL 

26. La Asamblea de Harare lanzó un Decenio para Superar la Violencia: Las Iglesias en la Búsqueda de la Reconciliación y de la Paz (2000-2010) (DSV) como respuesta a la creciente cultura de la muerte. El Consejo, al empeñarse en este importante proceso, declaró: “Lucharemos juntos para superar el espíritu, la lógica y la práctica de la violencia,” y nuestra vocación profética nos llama a ser “agentes de reconciliación y constructores de una paz con justicia9”. La iniciación de actividades en las regiones, las campañas anuales de concentración de la atención(América Latina será el foco de atención especial durante el año 2006), los proyectos de paz para las ciudades y los materiales producidos han contribuido a una mayor toma de conciencia y a la promoción de los valores de la vida, la tolerancia y la compasión. Responder a las situaciones de violencia y superarla debe seguir siendo una prioridad ecuménica fundamental. Al evaluar lo aprendido y las experiencias vividas durante la primera parte de este decenio, es indudable que la Asamblea dará sus orientaciones para el período que nos resta. Quiero compartir con vosotros algunas perspectivas en este contexto: 

a) Hemos dicho con frecuencia que el DSV es básicamente un proceso ecuménico, pues atañe a todo el Consejo. Por lo tanto, es de fundamental importancia que el movimiento ecuménico, en todas sus expresiones institucionales, considere como una prioridad urgente el objetivo de “superar la violencia.” La contribución cristiana a esta campaña mundial contra la violencia debe reorganizarse a la luz de los nuevos desarrollos y debe clarificarse aún más su especificidad. 

b) La violencia es un fenómeno complejo que posee diferentes rostros. El DSV debe responder a las causas radicales de la violencia y a la ideología que la rodea y no solamente a los síntomas o a las erupciones brutales de la violencia. 

c) Superar la violencia significa comprender al “otro”, y promover la compasión, la tolerancia y los valores de la coexistencia. Las religiones pueden desempeñar una función decisiva en este contexto. El diálogo y la cooperación interreligiosos pueden ser un marco de referencia válido para fortalecer la construcción de la comunidad. 

d) Superar la violencia significa también la sanación de las memorias aceptando la verdad y avanzando hacia el perdón y la reconciliación. El DSV pide a las iglesias que trabajen por la reconciliación. El Consejo debe asumir con la mayor seriedad esta tarea concreta, dado que es una forma eficaz para la resolución de los conflictos, lo que constituye una dimensión vital de la fe cristiana.  

e) Con frecuencia la negación de la justicia es la causa de la violencia. Trabajar en pro de la justicia es una forma importante de superar la violencia. Por otro lado, a veces su utiliza la violencia para lograr la justicia. La interrelación entre la justicia y la violencia es un asunto crítico que requiere un análisis mas profundo y amplio. En este contexto, se debería volver a examinar el documento de estudio, preparado por la Comisión de las Iglesias para Asuntos Internacionales, sobre la protección de las poblaciones en peligro en situaciones de violencia armada10, que se envió a las iglesias para su reflexión y respuesta. 

f) La forma en la que la iglesia aborda el tema de la violencia debería ser proactiva y no reactiva. La no violencia debe considerarse como una estrategia poderosa y un enfoque activo de la superación de la violencia. La iglesia debe predicar la tolerancia, la apertura y la aceptación mutuas. Nuestra vocación cristiana es llegar a ser agentes de la reconciliación, la sanación y la transformación divinas. Mientras que la estrategia de los otros es la “guerra contra el terror,” la nuestra es la superación de la violencia. Mientras que para los otros el objetivo es la “seguridad,” incluso por medio de la intervención militar, para nosotros el objetivo es la construcción de la paz con justicia y la promoción del entendimiento y confianza mutuos. 

LOS JÓVENES: GENERADORES DE UNA NUEVA DIRECCION EN EL ECUMENISMO 

27. “Dios, en tu gracia, haz que la juventud transforme el mundo.” Esto es lo que los jóvenes dijeron en la última reunión del Comité Central, con un profundo sentido de humildad, responsabilidad y coraje. Reclamaron una iglesia más abierta, una teología más pertinente, un ecumenismo más creíble y una sociedad más participativa. Yo me uno plenamente a este compromiso firme y a esta visión clara de los jóvenes. Como líder eclesiástico y como Moderador, siempre he gozado escuchando a los jóvenes de mi iglesia y de los círculos ecuménicos y ellos me han enriquecido. ¡Escuchar a los jóvenes! Qué gran desafío para cada uno de nosotros que ocupamos lugares de autoridad en nuestras respectivas iglesias y en instituciones ecuménicas. Sin lugar a dudas, la juventud tiene un importante papel en nuestras iglesias, en el movimiento ecuménico y en nuestras sociedades. Pero decirlo no es suficiente. Debemos permitir que ellos se comprometan plenamente en la vida total de las iglesias y del movimiento ecuménico en general. Al respecto, quisiera hacer algunas observaciones: 

a) Los jóvenes tienen un papel especial en lo de “ser iglesia.” Yo considero que el papel de la juventud es esencialmente el de ser agentes de transformación. Debemos ayudar a que los jóvenes avancen desde los márgenes de nuestras iglesias hasta el centro mismo de la vida y del testimonio de las iglesias, inclusive en los procesos de toma de decisiones. No puedo imaginar una iglesia sin sus jóvenes. Ellos aseguran la vitalidad y la renovación de la iglesia. Los jóvenes deben ser protagonistas, y no solamente oyentes, deben ser líderes y no meramente seguidores. 

b) Los jóvenes tienen un papel fundamental en lo de “ser ecuménico.” Están llamados a comprometerse activamente para dar una nueva forma y transformar al movimiento ecuménico. No debemos considerar a la juventud como un mero apéndice o como una categoría separada cuando organizamos reuniones o nombramos los comités. La cuestión de la juventud no tiene que ver ni con cuotas ni con programas orientados especialmente a ellos. Quiero que los jóvenes estén realmente presentes y en forma activa en todas las categorías, en todas partes, en todas las áreas y en todos los niveles de toda la vida y testimonio de las iglesias y del movimiento ecuménico. 

c) La formación ecuménica de los jóvenes es de una importancia decisiva para el futuro del movimiento ecuménico. Tanto en el CMI como en otras esferas, vemos como declina la calidad y el número de personas interesadas en la vida ecuménica. La supervivencia del movimiento ecuménico está condicionada en gran medida por el compromiso activo y responsable de la juventud. Un ideal requiere idealistas que sueñen y luchen por su realización. Es un imperativo la preparación de una nueva generación ecuménica. Esto debe llegar a ser un objetivo fundamental para el movimiento ecuménico. El futuro pertenece a aquellos que tienen el ideal y el coraje para forjarlo. 

d) Si no damos poder a nuestros jóvenes, ellos encontrarán otros “espacios” fuera de las iglesias y del movimiento ecuménico para crear sus propias redes y buscar otros caminos para expresar sus preocupaciones, sus sueños y sus ideales. La octava Asamblea fue una Asamblea del Jubileo. Esta Asamblea debe ser una Asamblea de Juventud, no solamente porque hay una fuerte presencia joven, sino también porque su participación deberá impactarnos y sus perspectivas deberán ser un desafío para nosotros. Los jóvenes deben llegar a ser los pioneros del nuevo orden ecuménico y la vanguardia del nuevo futuro ecuménico. 

UN CAMINO DE FE Y ESPERANZA 

28. Comencé mi camino ecuménico siendo un joven delegado con esos sentimientos y compromiso. Me alegré enormemente cuando hace ya algunos años, un grupo de jóvenes de distintas partes de mundo, reunido en Antelias, Líbano, declaró que ser ecuménico “pertenece a la esencia misma del ser iglesia11”. Esto es lo que yo mismo aprendí de mi experiencia existencial en el movimiento ecuménico. 

Ser ecuménico significa comprometerse en una misión y diaconía comunes y luchar por la unidad visible de la iglesia. 

Ser ecuménico significa orar juntos, trabajar juntos, sufrir juntos, compartir juntos, dar testimonio juntos. 

Ser ecuménico significa percibir nuestra identidad esencial no en aquellos asuntos que nos distinguen a unos de otros, sino en nuestra fidelidad a los imperativos del Evangelio. 

Ser ecuménico significa afirmar nuestras diversidades y al mismo tiempo trascenderlas para descubrir nuestra identidad y unidad comunes en Cristo. 

Ser ecuménico significa ser una iglesia que se realiza constantemente como una realidad misionera en respuesta al llamamiento de Dios en un mundo en constante cambio. 

Ser ecuménico significa estar empeñado firmemente y comprometido responsablemente en un camino de fe y esperanza. 

29. En la primera Asamblea del CMI celebrada en Amsterdam (1948), dijimos “Nos proponemos estar juntos.” En Porto Alegre debemos decir “estaremos juntos” en este camino de fe y esperanza hacia el futuro de Dios. 

30. En 1991, cuando asumí mi tarea como Moderador, dije: “La mar está agitada por la tormenta, Dios nos llama a navegar en la barca ecuménica en una mar en tormenta con el poder del Espíritu Santo. El movimiento ecuménico es una barca que avanza. El simbolismo profundo de esta imagen siempre será un desafío para nosotros. Al navegar en esta mar tormentosa, la barca ecuménica ha hecho mucha agua. Algunos dirán incluso que está a punto de zozobrar. Creo profundamente que la barca ecuménica seguirá avanzando con fuerza y dirección gracias a nuestro coraje espiritual para buscar nuevas visiones, nuestra fe profunda para esperar un futuro nuevo y nuestro compromiso firme para con la causa ecuménica. 

31. El camino ecuménico es un peregrinaje de fe y esperanza. Desde 1970 estoy en este peregrinaje. ¡Qué poco tiempo para tan largo viaje! He tenido dos sueños durante este viaje de fe y esperanza: 

He soñado que pronto se haría realidad el reconocimiento mutuo del bautismo, el sello de nuestra identidad cristiana y el fundamento de nuestra unidad cristiana. Soñaba con que todas las iglesias del mundo celebrarían juntas en el mismo día la Resurrección de nuestro común Señor, como una expresión visible de la unidad cristiana. Soñaba con que se convocaría una Asamblea Ecuménica – o incluso un Concilio Ecuménico en este momento de la historia – en la que participarían todas las iglesias para celebrar su comunidad en Cristo y responder a los desafíos que confrontan a la iglesia y a la humanidad. Soñar es una dimensión esencial del “ser ecuménico.” Confío en que la nueva generación seguirá soñando, sostenida por una fe y esperanza renovadas y por una visión y compromiso nuevos. 

Quiero agradecer a todos aquellos que en este camino ecuménico han fortalecido mi fe, nutrido mi reflexión, apoyado mi acción y enriquecido mi diaconía. Tuve el privilegio de trabajar muy cerca de tres Secretarios Generales, el Pastor Dr. Emilio Castro, el pastor Dr. Konrad Raiser y el pastor Dr. Sam Kobia, y de cuatro vicemoderadores, la Obispa Dra. Nélida Ritchie, el Obispo Dr. Soritua Nababan, la Dra. Marion Best y la Jueza Sofia Adinyira, así como de tantos hermanos y hermanas en Cristo de distintas partes de la oikumene. Que sea Dios quien juzgue lo que he dado al movimiento ecuménico. Lo que recibí del CMI ha transformado mi vida y mi ministerio. Doy gracias a Dios por haberme permitido este privilegio de servirle a través del CMI. 

Un amigo ecuménico me preguntó hace poco, “¿Será esta Asamblea el epílogo de tu camino ecuménico?” Le contesté: “Al contrario, será el prólogo de mi nuevo camino ecuménico.” El ecumenismo ha llegado a ser una parte integral de mi propio ser. Con la riqueza de muchos años de experiencia llegaré a estar aún más comprometido. Con la ayuda de Dios, he de continuar este camino de fe y esperanza como uno más de los peregrinos devotos orando junto con vosotros y con muchos otros en todo el mundo: 

Dios, en tu gracia, transforma nuestras iglesias.

Dios, en tu gracia, transforma el movimiento ecuménico.

Dios, en tu gracia, transforma el mundo. 

ARAM I
CATOLICÓS DE CILICIA
Febrero de 2006


 

1 Aram I, In Search of Ecumenical Vision, Antelias, 2000, p.283.

2 Towards a Common Understanding and Vision of the World Council of Churches: A Policy Statement. Ginebra, 1997, pp.18-20.

3 Bautismo, Eucaristía y Ministerio, Documento de Fe y Constitución no. 111, Ginebra, 1982.

4 Confessing the One Faith: An Ecumenical Explication of the Apostolic Faith, Faith and Order Paper no. 153, Geneva, 1991.

5 The Nature and Mission of the Church: A Stage on the Way to a Common Statement. Faith and Order Paper no. 198, Geneva, 2005.

6 Towards a Common Understanding and Vision of the World Council of Churches: A Policy Statement. Geneva, World Council of Churches, 1997, pp.14-15.

7 Diane Kessler, ed., Together on the Way - Official Report of the Eighth Assembly of the World Council of Churches, Geneva, 1999, p.3.

8 El Comité Central del Consejo Mundial de Iglesias reunido en Toronto en 1950, aprobó un texto sobre “La Iglesia, las Iglesias y el Consejo Mundial de Iglesias: El significado eclesiológico del Consejo Mundial de Iglesias”. Véase: A Documentary History of the Faith and Order Movement 1927-1963, ed. Lukas Vischer, St. Louis, MO, Bethany Press, 1963, pp.167-176. En la literatura ecuménica este testo se conoce como la “Declaración de Toronto” y es un texto fundamental para cualquier entendimiento común del CMI. Está compuesto por dos partes: la primera consta de cinco declaraciones acerca de lo que no es el CMI; la segunda parte incluye ocho razones positivas que fundamentan la vida en el Consejo.

9 Comité Central del CMI, Actas de la 51ª. Reunión. Potsdam, República Federal de Alemania, 28 de enero al 16 de febrero de 2001. Ginebra, 2001, p.177.

10 “The Protection of Endangered Populations in Situations of Armed Violence: Toward an Ecumenical Ethical Approach,” in Central Committee Minutes, Fifty-First Meeting, Potsdam, pp.219-242.

11 “Vision from Youth Consultation on Reconfiguration of the Ecumenical Movement,” Consultation on the Reconfiguration of the Ecumenical Movement. Convened by the World Council of Churches, 17-21 November 2003, Antelias, Lebanon, Geneva, World Council of Churches, 2004, p.27.